Educación

Otro pupitre vacío: nos falta un niño argentino

Facundo vive en el recuerdo de su abuelita, de sus compañeros de escuela y en la necesidad de justicia

Sábado 17 de Marzo de 2018

Otro pupitre vació. La maestra leyó en voz alta la lista de asistencia y hubo un profundo silencio en ese aula al nombrar a Facundo Ferreira. Falta (nos falta) un niño argentino. ¿Por qué no vino hoy a clase Facundo? No es por haragán ni porque había descuidado la tarea que le encomendó su maestra de ciencias sociales. Facundo fue asesinado de un tiro en la nuca por la policía tucumana. Ese acto tiene una denominación y es la de "gatillo fácil". Adjetiva la violencia policial. Aunque, como suele suceder, casi de inmediato la "versión oficial" responsabiliza a la víctima. Quienes estamos cerca de las y los jóvenes de sectores populares sabemos cómo a la víctima con frecuencia la transforman en victimaria.

La apariencia de pobre está asociada prejuiciosamente a ser violento. La sociedad sospecha de la infancia y la juventud atravesadas por las condiciones materiales y simbólicas de la miseria. Se construye una mirada negativa. La pobreza suele ser un estigma. Las niñas, los niños y los jóvenes pobres suelen estar más próximos a la muerte porque sus vidas tienen menos valor en una sociedad tan desigual y deshumanizada.

Mencionemos que el valor social que se asigna a los individuos y grupos está en íntima relación con la estructura de las posiciones y oportunidades sociales. En las sociedades de mercado los niños pobres suelen ser vistos como inferiores y de menor cuantía social. No todos cotizamos igual en sociedades tan divididas por muros económicos y afectivos. Difícilmente logramos ponernos en el lugar o en los zapatos del otro (casualmente, los niños pobres suelen ir descalzos o con zapatillas rotas a la escuela) si éste no pertenece a mi círculo de identificaciones.

En casos como los de Facundo, que no constituye una excepción sino una regla, siento que cerramos nuestros corazones. La muerte del otro, aquella que es producto de múltiples factores sociales, es percibida como natural, ajena o directamente no es percibida. Esta indolencia ante la muerte del otro cosificado puede observarse a través de los mecanismos con que funcionan gran parte de los medios de comunicación que, al mismo tiempo que visibilizan el horror, lo naturalizan. Así, nos muestran una y otra vez imágenes de Facundo de 12 años muerto, yaciendo en la calle con sangre a su alrededor, una y otra vez, hasta anestesiarnos. La muerte del niño se va diluyendo ya que, tras la reiteración de los hechos, nos vamos insensibilizando. Ese niño que yace muerto en la vía pública se va despersonalizando. Por eso me enternecí, y esta vez las redes sociales han jugado un papel subjetivante al ver la foto con la imagen de Facundo sonriente junto a su abuelita.

Olvidamos que detrás de ese niño hay un hogar, hay compañeros de su escuela, hay vecinos del barrio que lo vieron nacer. Detrás suyo hay una historia y había un por-venir que quedó mutilado. Facundo tenía una vida y se la arrebataron. A veces la muerte encuentra a los jóvenes desprevenidos. La muerte joven es evitable. No es una muerte evolutiva. Los niños no se deberían morir si las generaciones adultas los reconociéramos y los cuidáramos.

Se cierran escuelas, se abren cárceles

Aquí me interesa enfatizar el hecho que, si un joven comete un delito, existen formas de castigarlo en la sociedad. Hasta el punto tal que, lamentablemente, se cierran escuelas y se abren cada vez más cárceles. Pero lo que no podemos aceptar, bajo ninguna circunstancia y a pesar de nuestras diferencias, es que se asesine a los niños. Ese necesita ser nuestro límite como comunidad que somos. No podemos aniquilar a las generaciones que nos continúan.

En las investigaciones que estamos desarrollando actualmente con mis equipos intentamos caracterizar las experiencias emotivas de las y los estudiantes escolarizados. ¿Qué sienten? ¿Cómo viven su experiencia social? ¿A qué temen? Descubrimos que hay un miedo particular que han expresado las y los estudiantes entrevistados que es el "miedo a que me maten". Así se lamentaba un estudiante de escuela secundaria de zonas populares: "Este año hay 30, 40 pibes que los mataron, un montón". Y sus compañeros completaban con estos testimonios de las violencias que sufre la juventud: "A muchas pibas las mataron los novios"; ""Son todos contra todos en este barrio. Hay bronca en el barrio, hay mucha rivalidad y se agarran a los tiros en lugares públicos"; "Y los mataron por femicidio, o los mataron por la droga, o los mató la policía".

Varios jóvenes parecen no poder siquiera fantasear un sentido a sus existencias o a su futuro por el acecho de la muerte joven. A mi entender, este miedo tiene historia. Se puede reconstruir la historia de la juventud como una historia de la violencia contra ella: accidentes en la vía pública, matanzas en protestas estudiantiles, conflictividad barrial, "gatillo fácil".

Afortunadamente, la escuela, bajo ciertas condiciones institucionales y micropolíticas, les permite a las infancias y juventudes de nuestro país autoafirmarse como "alguien" en esta vida. Posibilita habilitar sueños y un por-venir.

A partir de hoy Facundo vive en el recuerdo de su abuelita, de sus vecinos, de sus compañeros de escuela. Y un pupitre volvió a quedar vacío. Solo nos queda ese recuerdo y la necesidad de justicia.

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