Mi anécdota

Nada es imposible para quien se lo propone

Dicen que todos tenemos un maestro o maestra que recordamos con admiración, y mi caso no es la excepción.

Sábado 21 de Octubre de 2017

Siempre elogiaron mi buena memoria; y si me preguntan por la escuela primaria, me acuerdo de mi querida "Pedro Goyena" a la perfección. Cada vez que nos juntamos quienes algún día fuimos compañeros de clases, y hoy somos amigos de la vida, es imposible no pasarse horas hablando sobre todos esos años que compartimos.

Dicen que todos tenemos un maestro o maestra que recordamos con admiración, y mi caso no es la excepción. La seño Sandra, la cual tuve muchos años, era tan alta que un amigo le preguntó el primer día de clases si la podía llamar "Jirafita", cosa a la que obviamente dijo que no. Siempre de guardapolvo violeta con una especie de rojo a cuadritos y una galletita cerealita en la mano, apareció en nuestras vidas cuando recién pasábamos los ocho años.

Repito, todos recordamos a un docente de la primaria por algo. Ya sea por bueno, malo o gritón. Pero yo la recuerdo por dos cosas. La primera es que a partir de una tarea de lengua me dijo que podría ser buen escritor o periodista, lo que inconcientemente hizo que deje de querer ser bombero y pasara a interesarme mucho más por la escritura y lectura. La segunda es por un consejo que nos dio y quedó dando vueltas en mi cabeza hasta el día de hoy: "Para ser bueno en algo no sólo alcanza con desearlo, hay que esforzarse para lograrlo". Esas dos cosas marcaron el ritmo de mi vida.

A la seño Sandra nunca se lo pude agradecer, porque una enfermedad adelantó demasiado su partida. Mi último recuerdo de ella es en una parada de colectivo muchos años después, justo en el primer año de Comunicación Social. Me dijo que nuestro grupo había marcado su vida como docente. Era más joven y todavía no entendía que ella había hecho lo mismo conmigo. Ahí tampoco le agradecí y debí haberlo hecho. Porque en cada momento difícil de mi vida escolar, donde llegué a pensar que no podía hacer algo o serlo, sonaba (y aún hoy suena) una voz dentro de mi cabeza, que sin meditarlo, siempre termina siendo la de ella, y me recuerda que nada es imposible para el que se lo propone.


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