Sábado 13 de Junio de 2020
—Abuelo, ¿existen los monstruos?
—Claro que existen.
—¿Y dónde están?
—En todos lados.
—¿Acá cerca?
—Sí, a veces están tan cerca que uno no se da cuenta.
—¿Cómo?
—Están adentro de uno.
—¡No!
—Sí. A veces uno no se da cuenta de que el monstruo vive hace mucho tiempo adentro. Y uno apenas se conforma con obedecerle.
—¡Qué miedo!
—Y... sí. No es para menos... Pero no le digas nada de esto a tu mamá. Que después me reta.
—No le voy a decir nada a mi mamá.
—Bueno.
—¿Qué hacen los monstruos, Abuelo?
—De todo hacen. Sobre todo mostrar los dientes.
—¿Cómo los perros?
—Sí, como los perros o los gatos.
—¿Cuando se enojan?
—No solamente. Viven mostrando los dientes. Muchos dientes...
—Los perros y los gatos tienen muchos dientes.
—Es verdad. Pero los monstruos tienen más.
—¿Tantos?
—Nunca se sabe cuándo terminarán de mostrarlos.
—¡Terrorífico!
—Nadie sabe cuántos dientes tienen los monstruos en realidad.
—¿Tienen varias filas? ¿Cómo los tiburones?
—Claro. No dejan de asomarles filas nuevas. Uno cree que tienen dos y después nota que tienen tres. O parece que tienen tres y les aparece una cuarta fila de dientes.
—Ay, mi Dios.
—¡Y qué dientes, además! Todos filosos. Como colmillos.
—Ay, ay, abuelo. Qué miedo me da.
—A mí también. Es que no mastican los monstruos. Muerden...
—¡Como los vampiros!
—Claro. Y tragan. Y si no les gusta lo mordido lo escupen. Son, a su manera, bastante delicados.
—¿Podemos ver alguno?
—Mirá, en general, se dejan ver por una sola persona. Salvo que sean monstruos de mentira, como en las películas.
—¡Claro!
—Pero yo te estaba hablando de los monstruos de verdad.
—¿Y qué hago si me encuentro con alguno?
—Y, lo primero que vas a hacer es asustarte. Después depende de vos. Depende de la reacción de cada persona.
—¿Y vos, qué haces?
—En general, le hago caso. Ahora no tanto.
—¿Por qué?
—Porque ahora, cuando noto que está muy cerca, me pongo a hacer cosas en el gallinero.
—¿Qué cosas? ¿Darle de comer a las gallinas?
—No, cosas más divertidas. O atrevidas.
—¿Cómo qué?
—Como adornar el nogal con chapitas o alambres o hacer pirámides con los neumáticos usados del tractor.
—¡Con razón!
—A veces hago caminitos con los clavos oxidados y las arandelas.
—Ah, ¿y ahí qué pasa con el monstruo?
—El monstruo me mira medio altanero, creyendo que le estoy haciendo caso, como siempre.
—Ah...
—Entonces se hecha a dormir una siesta, a la sombra, mientras le zumban las moscas alrededor.
—¿Y vos qué hacés?
—Aprovecho para verlo a mis anchas. Para entenderle un poco las mañas.
—¿Tiene muchas?
—No te imaginás. Yo ya tengo ochenta años y no termino de sacarle los trucos.
—¿Tiene trucos?
—Muchísimos. Es una fábrica de engaños un monstruo. Te hace creer en cosas.
—¿En qué cosas?
—En muchas cosas, de todo tipo. Cosas que por lógica o experiencia uno ya no debería creer y sin embargo...
—Uno sigue creyendo...
—Uno sigue y sigue. Queriendo una cosa y la otra. Es insaciable un monstruo.
—¡Ya veo!
—Pero de eso me doy cuento cuando lo puedo espiar. Mientras juego.
—Claro. Porque después el monstruo se despierta.
—Eso. Eso. Y ahí uno vuelve a caer...
—¡Como un chorlito!