Mi anécdota

Mi momento, entre la escuela y la danza

El sonido a la resina rompiéndose con la punta de las zapatillas; son los principales recuerdos.

Sábado 09 de Diciembre de 2017

El sonido a la resina rompiéndose con la punta de las zapatillas, el un, dos, tres, cua... y el olor a desinflamatorio; son los principales recuerdos que tengo de cuando entré al Idam por primera vez. A los 4 años no tenía libertad de elección. Si mi hermana mayor realizaba danzas, iríamos las dos a la misma actividad. Gracias a esa práctica decisión de mi mamá, conocí a mis compañeras de salidas, risas, tristezas adolescentes y hoy compañeras de crianza y de vida: las chicas de danza.

En ese mismo año, 1986, entré a jardín de infantes. Fiel a sus prácticas y acertadas decisiones, mis viejos me mandaron a donde iban mis hermanos mayores, al Normal Nº 1. Una hora eterna, para mis abuelos, separaban mi salida con la de ellos. Fue cuando me convertí en la dueña indiscutible de la hamaca de la plaza Sarmiento.

Mis dulces 15 años vinieron recargados, me eligieron para al ballet estable del Instituto y comenzó la maratón de mi vida. Salía 12.50 de la escuela y a las 13 tenía clase con la Señora (con mayúscula) Marta, a quien todos los días debía darle explicaciones de mi llegada tarde.

"Mis dulces 15 años vinieron recargados, me eligieron para el ballet estable del Instituto y comenzó la maratón de mi vida"

Lo que ella no sabía, es que esa tardanza estaba atravesada por el mejor sándwich que comí en mi vida. Su escaso costo (3 pesos en esos días), no se correspondía con el valor y la excusa que proporcionaba ese recreo para mí. El sonido de los autos, transportes escolares, colectivos y chicos entrando y saliendo de la escuela, eran el escenario de mi tranquilidad, mis 10 minutos, mi momento. A través del comer, "el cuerpo evade sus límites, traga, engulle, desgarra el mundo, lo hace entrar en sí, se enriquece y crece a sus expensas", dicen Mariano García y Mariana Dimópulos en su compilación "Escritos sobre la mesa. Literatura y Comida". Nunca más volví a comer jamón y queso en dos panes con esa sazón.

El nexo entre mi educación artística y mi educación escolar estuvieron marcados por esos minutos de sentarme en mi hamaca a comer mi sándwich.


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