Educación

Manuel Belgrano, primer estadista educador y promotor de la escuela técnica

El autor destaca la figura del prócer y su propósito de articular la educación con el mundo del trabajo y la producción

Sábado 28 de Noviembre de 2020

La figura de Manuel Belgrano ha sido durante mucho tiempo acotada a la creación de la enseña nacional. Flaco favor se le ha hecho a su legado al destacarse de modo desproporcionado, cuando no exclusivo y excluyente, ese hecho anecdótico de su biografía. Lo cierto es que nuestro prócer es mucho más que el creador de la bandera: un preclaro hombre de Estado que tributó a un proyecto de nación desde campos tan diversos como el periodismo, el comercio, la industria, el derecho, la diplomacia, la estadística, la agricultura, el medio ambiente y la educación. El propósito de estas líneas es reseñar sus notables contribuciones en este último ámbito.

El propio Sarmiento señala a Belgrano como “el único propagador de escuelas durante la época de la Independencia”. En efecto, don Manuel emerge como el primer estadista educador de la sociedad criolla pre y post revolucionaria, y lo hace poniendo en diálogo los modernos aportes de la ciencia con la propuesta de instituciones educativas forjadoras de un nuevo orden social. Un verdadero pionero en comprender la importancia de las políticas públicas articuladas de índole educativa, económica y laboral para la procura del desarrollo integral y el bienestar general.

Su aporte se materializó en una prédica pedagógica de vanguardia, condensada fundamentalmente en sus Memorias del Consulado y artículos de prensa, en sus acciones de gobierno y también las iniciativas nacidas de su altruismo: fundación de la Escuela de Geometría y Dibujo, y la Academia de Náutica como funcionario colonial, proyección de planes de estudio, promoción de escuelas de primeras letras e institutos artísticos, inauguración de la Academia de Matemáticas en 1810, redacción del Reglamento de Escuelas de 1813, donación de su premio de 40 mil pesos proveniente de la Asamblea del año XIII por sus victorias militares para la creación de cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero.

En 1798 redactó el primer proyecto de enseñanza estatal, gratuita y obligatoria presentado en lo que luego sería nuestro país. Proponía que los cabildos afrontaran con fondos públicos la creación y mantenimiento de escuelas en todas las jurisdicciones, especialmente en la campaña. E inequívocamente determinaba que era “de justicia” retribuir de este modo los aportes impositivos que la población sufragaba.

En sus escritos, el prócer verifica lo que hay y proclama lo que debería haber, como buen ilustrado que es. Y así “encarna nuestra primera utopía educativa de un país libre en una tierra trabajada por propietarios libres”, en palabras del historiador de la educación Rafael Gagliano. Percibe el atraso de la sociedad colonial pre-moderna —caracterizada por el monopolio, el mercantilismo, la constricción educativa— y explica cómo remediarlo. Formar al pueblo en su condición de sujeto económico y cultural implicaba expandir el horizonte de lo posible. Por eso demanda con vehemencia la inclusión de pardos, mulatos y niñas en las escuelas. He ahí su ideal pedagógico inclusivo y fundacional. En su propia prosa, “el origen verdadero de la felicidad pública” radica en la educación.

Su sueño avanza en la emancipación de los pobres, ajenos al mundo de la lectura y la escritura. Belgrano enfatiza la necesidad de una red de escuelas gratuitas de primeras letras, financiadas con fondos públicos, que fueran fuentes de moralidad y piedad cristiana, y que respondieran al cometido esencial de alfabetizar a todos y todas, sin distinciones de procedencia social.

Ahora bien, una faceta notable de su prédica educativa en la que conviene detenerse se vincula con lo que hoy conocemos como educación técnico profesional, ese sector del sistema educativo que alude a una particular articulación de teoría y práctica, aula y taller, tecnología y prácticas profesionales; una modalidad en la que confluyen cuestiones diversas: la inclusión de las clases más desfavorecidas, la formación de la fuerza de trabajo, las representaciones sobre la industrialización y los sectores obreros, la democratización social. Así pues, si se permite la pertinencia de la siguiente digresión, la educación técnica tuvo un impulso notable en el marco del proyecto político-educativo del primer peronismo, procurándose la capacitación de mano de obra para el desarrollo económico basado en la industrialización y la democratización del sistema educativo articulada con la promoción social de sectores hasta entonces excluidos. Luego de ser abiertamente soslayada por el proyecto neoconservador del último cuarto del siglo pasado, fue la gestión de Néstor Kirchner, con la sanción de la ley de educación técnico profesional en 2005, la que le devolvió centralidad, desde lo político pedagógico y lo presupuestario.

Volviendo a Belgrano, con la creación de las escuelas de comercio, náutica, dibujo, matemáticas, agricultura, de labores para niñas —en palabras de Alberto Sileoni, “verdaderas escuelas técnicas de anticipación”—, don Manuel demuestra su propósito de emparentar, en fuerte contraste con el sentido común de aquel momento histórico, el trabajo manual y el saber intelectual. Argumenta sobre la urgencia de erigir escuelas orientadas a la formación profesional a fin de cubrir las carencias económicas que diagnosticaba, atento al sujeto educativo joven o adulto joven, en quien deposita la confianza del cambio, a la vez que confronta con las representaciones de la época que asimilaban el trabajo manual a una deshonra para quien lo practicara.

Su aporte es de avanzada en cuanto a la articulación entre formación, trabajo y producción. Ataca las prácticas serviles de la sociedad estamental y construye una nueva subjetivación del hombre de trabajo por medio del conocimiento aplicado en técnicas agrarias, fabriles, artesanales, artísticas y comerciales. Es pionero en postular la centralidad del trabajo manual pero con fundamento intelectual como organizador de la vida personal, social, productiva y cultural. En el marco de esta incipiente educación técnica, artesanal e industrial, el impulso pedagógico belgraniano integra las ciencias exactas y naturales con los idiomas modernos, y también con el dibujo. Efectivamente, el dibujo técnico, un espacio curricular aun hoy emblemático de la escuela técnica, es para el prócer la base trans-disciplinaria de la educación popular de los trabajadores.

Asociado a lo anterior, se verifica la asombrosa vigencia del pensamiento de Belgrano en su interpelación en torno a qué debe considerarse como riqueza y quiénes la producen. Comprende que esa riqueza ya no radica en la acumulación de metales preciosos, sino en el trabajo basado en la educación especializada. Pasarán décadas hasta que esta innovación se articule con procesos de modernización desde el Estado.

En fin, en este último tramo de 2020, declarado “Año del General Belgrano”, no está de más insistir en la ponderación de su extraordinaria figura de primer estadista educador con sentido inclusivo y lúcido promotor de la escuela técnica. Una modalidad de nuestro sistema sumamente valorada por quienes creemos que la educación pública debe servir a un modelo de desarrollo socio-productivo justo, soberano y al servicio del bienestar general.

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