Educación

"Los progresos en el desarrollo del bebé se logran con amor"

Para la especialista Andrea Fernández, la clave está en el afecto, el juego y la palabra. El papel de las familias

Sábado 04 de Noviembre de 2017

"Los progresos en el desarrollo se logran con amor. Cuando un bebé aprende a caminar no lo hace porque tiene la voluntad de hacerlo sino porque hay alguien que es la mamá o el papá que lo incentiva. Pero cuando este esfuerzo resulta fallido en algún aspecto o no alcanza, la estimuladora ayuda y acompaña", destaca Andrea Fernández, especialista en estimulación temprana y psicomotricista. Habla así del valor que cumple su profesión cuando un niño o una niña es prematuro o presenta alguna señal de alarma y dificultad.

   Durante una charla con La Capital, valora el saber y la mirada atentas de padres y madres; también de la tendencia generalizada de culpabilizar a la madre o la familia cuando el neurodesarrollo del niño o niña no es el esperado. "Las familias siempre tratan de hacer lo mejor, no son culpables de..., en todo caso hay responsabilidades compartidas o un llamado de atención a tiempo", reflexiona Fernández respecto algunas cuestiones vinculadas con la estimulación que generan posiciones encontradas, como el uso de la tecnología a temprana edad o las dificultades durante los primeros años escolares que derivan en los renombrados trastornos del aprendizaje.

   — ¿Cuándo un niño o una niña requiere de estimulación y qué aspectos de su desarrollo involucra?

   —La estimulación temprana acompaña a la mamá, el papá o a quien cumpla esta función con el objetivo de alojar al bebé que nació prematuro, tiene un síndrome o presenta alguna dificultad en el orden de lo subjetivo, fisiológico o anatómico. Es un momento inesperado para las familias que implica otro proceso evolutivo y de desarrollo diferente al resto de los niños, y que no es el que aparecía en el imaginario, incluso desde antes del embarazo. Evaluamos lo cognitivo en la sonrisa social, la mirada y la voluntad de agarrar los objetos, y lo subjetivo a través de los primeros juegos, aquellos que hace con la boca y la lengua.

   —¿Hasta qué edad se trabaja en la estimulación?

   —Es relativo, pero en general hasta los dos años; luego se traslada el acompañamiento hacia la psicomotricidad o la fonoaudiología en el caso de chicos con Síndrome de Down. Es importante que la familia trabaje con un terapeuta único, y si hay dudas se consulte a otra especialista pero en este aspecto hay procederes muy dispares entre los profesionales. En el consultorio, se le muestran a la mamá algunas prácticas que la mayoría de las veces los chicos logran luego por amor: levantarán su cabeza para mirar a la madre porque alguien les habla con amor y no porque tengan que fortalecer los dorsales.

   —¿Se tiende a culpabilizar a la madre cuando un pequeño no logra el desarrollo esperado y presenta alguna dificultad durante los primeros años de vida?

   —Es preciso ser cuidadosos respecto de la figura parental. Es cierto que estamos viendo dificultades en la función materna o paterna, muchas veces ellos mismos se culpan de algo que no sabían y sienten que no detectaron un problema a tiempo. Cada uno escribe su propia historia respecto de la maternidad o paternidad, y si estamos frente a un niño al que no le pasaron ciertas cosas, vamos a hacer que acontezcan, pero no sabremos por qué no pasaron. Algunos padres y madres reconocen que le hablaban muy poco al hijo o hija cuando era bebé justificando que era tranquilito y que además no entendía, pero no hay que culparlos por eso. El pediatra y psicoanalista (Donald) Winnicott dice que una mamá tiene que ser lo suficientemente buena y lo suficientemente loca como para suponer que una personita de dos meses entiende lo que le dicen y entonces hablarle. Por eso les recomiendo a las madres que hablen más con sus bebés y que puedan anticiparles lo que pasará aunque tenga un año o meses; contarles, por ejemplo, el día que irán a conocer el jardín o se vayan de vacaciones. Quizás no tengan muy claro dónde irán pero se darán cuenta que algo distinto está ocurriendo. Es fundamental recuperar la palabra cotidiana, esto que hacían las abuelas cuando simplemente decían "qué rico lo que vas a comer".

   —Podemos decir entonces que la familia es el mejor estímulo para un niño o niña

   —Claro... y no hay que suponer que el saber lo tiene el profesional, porque no es así. Los saberes se descubren y ponen en juego en la función materna o paterna. Encuentro familias que sienten temor al límite. Hay cosas que no se pueden aceptar ni a los seis meses ni a los dos años como que un chico muerda a la mamá, o dejarle ciertas decisiones al chico como la teta a libre demanda o el colecho cuando ya son más grandecitos, hay decisiones que deben tomar los adultos. Lo mismo sucede con otros hábitos en el hogar como pasar mucho tiempo frente al televisor o con la tablet, y que las familias a veces consideran un logro cognitivo porque el niño dice los colores gracias a un dibujito que vio infinidad de veces, pero por otro lado no sabe jugar o no hizo amigos.

    —¿Qué lugar ocupa hoy la tecnología?

   —Durante la primera infancia no hace falta estimular a los niños con la tecnología, no digo de excluirlos del contacto con las pantallas pero la palabra de Peppa Pig no suple al lenguaje materno a la hora de irse a dormir. Todo esto de las pantallas, y los juguetes con sonidos y luces puede resultar demasiado estímulo que un bebé no alcanza a procesar. Se han perdido algunas prácticas tradicionales como incentivarlo a mover la manito y cantar, o esa costumbre de hablarles de un modo distinto, más exagerado, cadencioso, instalado culturalmente, y que es parte de ser mamá o papá.

   —Aparecen con frecuencia trastornos del aprendizaje en la escuela, ¿pueden tener vinculación con la primera estimulación del niño?

   —Hay que despejar esa idea que circula en la escuela de tener chicos con algún trastorno como TGD (Trastorno General del Desarrollo), incluso las familias son las que dicen "Mi hijo es ADD" (Trastorno por Déficit de Atención), pero el síndrome o diagnóstico no puede tapar al niño. Ahora para todo hay una sigla como el TOD (Trastorno Oposicionista Desafiante), que enseguida deriva en determinada cantidad de sesiones y a veces la medicación. Al consultorio llega un niño o una niña con un nombre y una historia, con una familia y que además tiene una dificultad. Según la psicoanalista Gisela Untoiglich, en la infancia los diagnósticos se escriben con lápiz, porque es lo que veo y está pasando hoy. En este encuentro con el paciente pasan muchas cosas, que hay que observar y a veces con un camino incierto.

   —¿Qué papel tienen las maestras respecto de la estimulación durante los primeros años?

   —En el jardín público de sala de cuatro no se puede hablar de estimulación, pero es fundamental la mirada en el maternal cuando un bebé tiene ocho meses y no se sienta todavía. Siempre hay que tener en cuenta la mirada del docente cuando observa el andar raro de un niño o su forma de comer, y quizás no pueda decir más que eso, otras veces en cambio, se anima a una hipótesis o un diagnóstico y envía al niño a un especialista. Es fundamental que las intervenciones sean pedagógicas, sobre todo en el maternal, donde hay palabras y contacto. Siempre se piensa la psicomotricidad como el espacio del niño pequeño pero encontramos chicos en el nivel primario que estiran la mano y no saben hasta dónde llega, y tumban las cosas porque no existe borde o límite, y generalmente también tienen dificultad en el juego. Hay cuestiones que pueden observarse desde pequeños, tampoco hay que ser exagerados y obsesionarse ante alguna señal, recurrir a la genetista y hacer los estudios. Con tanta información que circula en internet, apenas notan que camina en punta de pies o aletea un poquito, piensan que tienen un pibe autista y consultan llorando al neurólogo. Aunque vengan con el resultado bajo el brazo, el trabajo en el consultorio siempre será constituirlo como sujeto de deseo o lenguaje.

   —¿Continúa siendo el juego la base del desarrollo de las habilidades?

   —Los progresos en el desarrollo se logran con amor, cuando aprenden a caminar no lo hacen porque tienen la voluntad de hacerlo sino porque hay alguien que es la mamá o el papá que los incentiva a hacerlo. La clave es el amor y la maternidad es un tiempo de intento permanente para que crezca y sea feliz, pero cuando este esfuerzo es fallido en algún aspecto, la estimuladora ayuda. Pero el saber siempre lo tiene la madre o el padre. Desde la estimulación se acompaña pero siempre sostenido por la familia. Los chicos crecen y son felices a pesar de las madres y las maestras (bromea).

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