Sábado 06 de Mayo de 2017
Comezaba marzo de 1991. Como todos los días hábiles, me levanté a las 5.30 de la mañana para ir desde Conesa, mi pueblo, hasta la escuela Normal de San Nicolás, donde cursaba el secundario. Con mi hermana nos tomábamos el Tirsa de las 6 y viajábamos 35 kilómetros para ir a estudiar con una alegría casi inexplicable. Llegábamos en plena noche y caminábamos cinco cuadras hasta esa puerta gigante de madera que ya estaba abierta. Eramos las primeras en entrar. Pero ese año no fue como cualquier otro. Ese año me marcaría la vida hasta el momento de hoy, donde me encuentro escribiendo estas líneas. 1991 estuvo marcado a fuego para los nicoleños. Fue el año que comenzaron los despidos masivos en Somisa. Muchos padres de nuestros compañeros se quedaron sin trabajo. Y el ánimo en general en la zona era de confusión y mucha tristeza. Pero en medio de tanto desconcierto y malestar, para mí también fue el año que marcó mi camino: tuvimos a Cristina Garabaglia en Lengua y Literatura. Con ella descubrí el infinito mundo del lenguaje visual. Parece paradójico, en la materia surcada por las palabras yo descubrí la comunicación visual. Fue como un paréntesis en ese contexto lamentable. Gracias a "la Garabaglia" yo descubrí mi vocación: el diseño, y ahí hallaría algo que ya forma parte de mi ser, la fotografía. De vez en cuando me acuerdo de ella, porque fue algo muy profundo lo que sus clases dejaron en mí. Me brindó un lenguaje donde puedo expresarme, desde el cual puedo sentirme a gusto y exteriorizar mis ideas. Ella me mostró una nueva posibilidad entre muchas. Ella me mostró la posibilidad que yo necesitaba para desarrollarme. Y desde entonces mi vida está atravesada por la comunicación visual. En la fotografía encontré el lenguaje ideal donde poder reflejarme y reconocerme. Muchas veces las palabras me son ajenas, pero las imágenes son mi lugar, mi hogar. Como lo fue el Normal en los duros años 90. Como lo fue ese salón con techos altísimos donde una mañana entró una profesora delgada, apoyó con firmeza su portafolio sobre el escritorio de madera y con sus rulos negros, despeinados, comenzó a hablarnos del infinito mundo de los lenguajes.