Sábado 23 de Noviembre de 2019
En América Latina las niñas y los niños oscilan como un péndulo entre la criminalización y la pobreza. La declaración que impacta, por la contundencia y la desesperanza, es de Luis Pedernera, el presidente del Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El uruguayo, que es además el primer latinoamericano en ocupar ese cargo, observa con preocupación el panorama al cumplirse 30 años de la Convención de los Derechos del Niño. Una de las grandes fallas en nuestros países, dice, es que “la infancia sigue siendo una categoría política que está descalificada dentro de las políticas públicas” y eso explica, por ejemplo en la Argentina, que la mitad de las chicas y los chicos vivan en situación de pobreza.
Comprometido desde años con las infancias, Pedernera sostiene que es vital escuchar a los más pequeños y generar acciones rápidas y concretas para convertirlos en actores políticos de sus propias demandas ¿Cuántos de los artículos de ese tratado internacional, que se aprobó en 1989, se cumplen de manera efectiva? ¿Cuál es la respuesta del Estado cuando hay derechos que no aún hoy no están garantizados?
—¿Qué lugar ocupa la niñez en las agendas políticas de nuestro continente?
—En América Latina, aún en las últimas décadas que fueron de crecimiento económico, la infancia siguió siendo la porción más pobre de la población. Aún mejorando los indicadores de pobreza, la pobreza siguió estando concentrada en los niños. Y lo otro, que es una cuestión ineludible de las políticas públicas, es hacer de la infancia la responsable de todas las cuestiones de la inseguridad. Es un movimiento entre: son los más pobres, pero a su vez, son los más criminalizados. Ese es el panorama que tiene la infancia. Yo creo que un gran problema es que no les hemos dado la posibilidad de convertirse en actores políticos de sus propias demandas. De los derechos del niño seguimos hablando los adultos. Si lo comparamos con el movimiento feminista, sería ridículo e imperdonable que los varones seamos las voces autorizadas cuando se habla de los derechos de las mujeres. Y con los niños sí pasa eso. De sus derechos seguimos hablando los adultos. En esa situación, hay una cuestión de usar a los niños cuando son chiquitos para la foto, se los usa mucho en ese sentido y, en otros aspectos, se los descuida. Y fundamentalmente en esto de poder escuchar sus propuestas, sus demandas, que no significa hacer todo lo que dicen los niños, pero sí significa poner en juego la opinión de los niños en un esquema de relaciones sociales en el que hasta ahora su voz no aparece. Aparece cuando cada 20 de noviembre celebramos los aniversarios de la Convención, los ponemos a hacer como que ellos dicen y nosotros los escuchamos. No, el tema tiene que ser un proceso que comience en la familia, que continúe en la escuela y en las diferentes instancias de la vida, para poder tener una mirada desde su propia experiencia sobre lo que ellos consideran importante.
—¿Qué lugar tienen las chicas y los chicos en las plataformas electorales, cuando los candidatos están en campaña?
—La infancia sigue siendo una categoría descalificada para la política pública. En los países que están en procesos electorales, si uno mira la parte que se le dedica a la infancia, sigue siendo una parte muy deprimida de los documentos de las propuestas programáticas de los partidos. Por lo menos así lo he visto yo en mi país, que está en un proceso electoral. Sigue siendo así pero a su vez, hay una política muy fragmentada de las políticas de infancia. Muy focalizada. La primera infancia es la que más atención tiene pero los adolescentes, que son los más olvidados de nuestras políticas públicas, siguen siendo un agujero negro y deben ser atendidos rápidamente a partir de pensar en términos de derechos todas las políticas públicas. Hay que repensar la fragmentación y las institucionalidades que tienen que ser cambiadas. Lo que se ha hecho acá es cambiar la etiqueta pero eso no cambia la realidad. La realidad cambia cuando uno tiene un enfoque holístico sobre la cuestión de la infancia y en ese enfoque cada cosa tiene su lugar: la familia, la escuela, el sistema de salud, la seguridad social. Entonces, las políticas que fragmentan hacen perder de vista esa posibilidad de pensar holísticamente. Sabiendo que una buena vivienda para los adultos es también un derecho satisfecho para los niños, que pueden crecer en un entorno seguro, cuidados del frío, de la lluvia, que pueden acceder a un sistema de salud digno, que pueden ser beneficiarios de la seguridad social y de un sistema educativo de calidad; todo eso tiene que formar parte de la política con mayúscula y no como en las propuestas de los partidos políticos, que aparecen cuando se vincula a la infancia con un problema. No, tenemos que pensar las cuestiones de la infancia a partir de sus derechos, que deben ser garantizados a partir de políticas públicas universales y focalizar, en todo caso, cuando existe un problema. Pero esa perspectiva es la que no aparece en muchos de los planteos de la agenda política y electoral.
—¿Cuál es la explicación de que eso suceda así?
— Los Estados que tienen respuestas interesantes o atienden la cuestión de la infancia de manera integral, lo hacen porque son políticas que trascienden los gobiernos. Son políticas afirmadas, incuestionables y forman parte del Estado de bienestar. Nosotros lo que tenemos en nuestros países generalmente es una agenda muy puntual que cambia cada vez que cambia el gobierno. Una clave es poder tener la capacidad de pensar en términos de largo plazos las cuestiones de infancia. Eso es lo que va a permitir avanzar. Si uno sigue pensando una institucionalidad o un plan estrella —que generalmente los gobiernos vienen con el plan estrellla— bueno, ese plan será muy bueno pero hay un montón de cuestiones de infancia que quedan siempre relegadas porque todavía la política en palabras mayores no tiene una comprensión global de lo que involucra pensar en términos de los derechos para todos los niños. De lo que yo he visto, los países que han podido trascender esa lógica, son los países que tienen sistemas en donde los problemas son de otra magnitud, no se discute pobreza, porque eso ya está resuelto. Son países desarrollados pero que comenzaron a hacer esto en la postguerra, es decir, cuando eran países destruidos. Ahí los problemas de la infancia son otros, pero hay una agenda que ya no tiene que ver con la pobreza.
–Qué sucede con las infancias en contextos económicos de crisis como el que estamos atravesando en Argentina?
– Es triste el panorama. Nosotros desde el Comité decimos que la variable de ajuste no sea la infancia y luego conocimos los datos de Unicef que indicaban que el 48 % de los niños están en situación de pobreza. El camino elegido no ha sido priorizar a los niños. Es triste porque más allá de este relato, lo están viviendo hoy niños que no pueden acceder a un plato de comida o a satisfacer sus necesidades básicas, por su condición. Es eso lo que se debe atender. Tiene que haber políticas superadoras. La variable de ajuste no pueden ser los niños.
–¿Qué mecanismos tiene el Comité para transformar a las chicas y a los chicos en actores sociales, para escuchar sus voces?
–El Comité recibe a niños nucleados en torno a organizaciones. Recibimos cartas, canciones, videos, dibujos y eso influye mucho en el Comité. Cuando los niños van a Ginebra (Suiza) tenemos una reunión con ellos, a veces tenemos comunicaciones vía internet cuando hay oficinas que facilitan eso y lo que estamos haciendo es trabajar conjuntamente. El año pasado nos dedicamos a trabajar en un debate general el tema de los niños defensores de derechos humanos. Es la primera vez que el Comité llama así a los niños que trabajan por sus derechos. Esa reunión tuvo una preparación de un año. Participaron niños de todas las regiones del mundo y a Ginebra fueron 60 niños, entre ellos dos de Argentina. Se sentaron en las sillas y moderaron paneles, fueron presentadores, a la par de los adultos. Esa experiencia fue muy removedora. Esa es la línea que el Comité ha adoptado, escuchar y trabajar con ellos. Tenemos protocolos de trabajo con ellos, respetar lo que dicen y cuidar ese proceso. En eso estamos porque consideramos que su presencia y su voz, son fundamentales.
–¿Cuál es la importancia de escucharlos?
– Mientras los adultos planteamos cuestiones de macroeconomía y todo eso, los niños plantean cuestiones más concretas, el derecho al juego es un ejemplo claro. Pero además, lo plantean con una honestidad de lo que viven, mientras que los adultos hemos perdido esa capacidad. Entonces mientras la cabeza de los adultos van por cuestiones tipo macro, la de los niños es de una experiencia muy concreta pero que tiene mucho impacto en lo macro y es en eso en donde nosotros perdimos la perspectiva. Por ejemplo, en el derecho al juego, nosotros dejamos de jugar entonces ¿quiénes son mejores para indicarnos que las políticas culturales y de recreación no toman los derechos del niño? Ellos nos dicen que las plazas están rotas, que son inseguras, que las luces no funcionan. Y después las experiencias. Ha sido conmovedor escuchar los casos de violencia institucional, de cómo esas violencias impactan en la seguridad de esos niños. O los relatos de los niños de España, que nos escribieron diciéndonos lo que sentían cada vez que eran desalojados porque la crisis económica afectó las hipotecas de sus casas. Contaban lo que pasaba ahí con la policía y el miedo de quedarse en la calle. Todas esas cosas las tomamos para hablar con los Estados, porque se trata de políticas de vivienda, los niños no pueden quedar en la calle, el Estado tiene que tener una respuesta para eso. Así es como trabajamos y por eso es central la opinión de los niños.