Educación

La universidad como eco de lo popular

El saber intelectual, técnico y científico y su aporte frente a los grandes debates sociales de la Argentina

Sábado 11 de Mayo de 2019

Me contaba hace días una docente universitaria que habían llamado desde un canal de TV a la Facultad de Ciencias Sociales de su universidad para pedir un docente dispuesto a hablar sobre los problemas actuales de falta de trabajo, cierre de empresas, etcétera. Me dijo que había casi diez que habían rechazado la opción, hasta que alguien la aceptara.

Todo un síntoma. En la academia es fácil hablar de ideología y de lo popular, pues en las Facultades de ciencias sociales, ello resulta convergente con los intereses de los docentes: los alumnos suelen aplaudir esas muestras de aparente enfrentamiento a los poderes establecidos. Pero ello suele carecer de consecuencias hacia lo propiamente político. Muchos universitarios temen hablar fuera de la universidad, y más aún hacerlo en los medios, pues allí desaparecen las coberturas que hay dentro de la institución. Se queda expuesto ante poderes fácticos fuertes y no fáciles de controlar, en cuanto a las consecuencias de lo que se diga. De tal manera, queda claro que el espacio mullido del “adentro” de la universidad, protege de las duras realidades que se sostienen en la política y la economía en general.

Esto ha sido teorizado por el francés Bourdieu —sociólogo ya fallecido— que insistió en cómo existen diferentes “campos”, y ellos tienen lógicas de funcionamiento distintas entre sí. El de los científicos e investigadores opera por vía del prestigio entre los pares, que poco se incrementa —e incluso a veces se demerita— por las actuaciones fuera, en el espacio de lo social o lo político. Personalmente he dedicado a la cuestión todo un libro, llamado La selva académica, en tanto es un fenómeno poco visible desde fuera de la universidad.

Por cierto, esta cerrazón al “afuera” es lo mayoritario pero no lo unánime. Hay científicos —y no sólo de las llamadas ciencias sociales— que se interesan genuinamente por lo social, y están dispuestos a trabajar por ello. Por cierto que la ciencia misma, a largo plazo, tiene efectos propios sobre lo social. Pero en tiempos difíciles como los actuales, con aumento del hambre, la desocupación y la exclusión, se puede desde la universidad proveer recursos más urgentes.

"Muchos universitarios temen hablar fuera de la universidad, y más aún hacerlo en los medios, pues allí desaparecen las coberturas que hay dentro de la institución"

Sin dudas que disputar el espacio de la opinión pública es el primero y principal entre estos designios. La ciencia social debe desplazar a charlatanes mediáticos, opinadores súbitos y periodistas de lo urgente, para poner palabra razonada a los grandes temas sociales. La llamada “inseguridad” no puede quedar librada a la opinión vulgar, según la cual todo se arregla con más bala y pura policía. La insistencia respecto a que la política es el espacio del mal social, debe ser refutada mostrando que —por el contrario— es el espacio del cambio social posible, el del protagonismo de la población y, en todo caso, el que está sujeto a más visibilidad y alternancia (compáreselo con el mundo empresarial o el judicial, por ejemplo). La inflación no debiera ser considerada sin exigir referencia correlativa a los salarios, para así hablar de poder adquisitivo. El odio al de abajo, expresado en el rechazo a la AUH, debiera ser tamizado por el análisis de lo que son las construcciones sociales y mediáticas del prejuicio y la distinción (lo que distingue a unos como supuestamente superiores a otros).

Otro punto decisivo es el de discutir las condiciones del mundo mediático, y cómo éste puede hallarse fuertemente centralizado y —sobre todo— banalizado por la espectacularidad del predominio contemporáneo de la imagen. Hay obligación de atacar al predominio de la post-verdad, de las fake news y de la manipulación generalizada de las conciencias (la que con la reiteración y velocidad de las emisiones se consigue en alta medida), y exigir veracidad, reflexión y argumento, todo lo cual está desplazado fuera del universo de comprensión mayoritario en el presente, lo cual favorece al neoliberalismo en boga.

Igual con el demérito hacia el Estado (un lugar común muy difundido), como si los ciudadanos nada le debiéramos a su presencia e inserción. O con la idea clasista de que los únicos subsidiados son los de abajo, como si la educación gratuita para los estudiantes, o el transporte a precio económico (hasta hace unos años se subsidiaba gran parte del costo, hoy todavía alguna parte menor) no fueran repertorio de las clases medias, e incluso de algún sector de las acomodadas.

"Es fácil refugiarse en la seguridad de las aulas, mientras afuera truena el dolor social ante la falta de trabajo que el modelo vigente ofrece"

En fin, la universidad debe poner, por vía de sus docentes e investigadores, palabra en la discusión pública. Esto es decisivo, y se hace mucho menos de lo necesario, según ya indicamos.

Pero no es lo único. La universidad debe reforzar sus programas de incorporación y permanencia para estudiantes de sectores populares, los cuales han venido disminuyendo estos últimos tres años. Igual para los programas de becas, que principalmente deben orientarse hacia aquellos que tienen estricta necesidad de las mismas, por sobre los que disponen mejor situación económica.

Esto, en lo que hace a la configuración del estudiantado por alguna fracción de los sectores populares. Pero en lo que va hacia fuera de la universidad, los programas de relación con los institutos terciarios y los colegios de educación media (para reforzar a los primeros, para hacer transiciones menos duras con los últimos) son también imprescindibles.

Y ya trascendiendo el espacio educativo, se requiere programas de colaboración con pymes, uniones vecinales, clubes, organizaciones libres del pueblo en general. El saber intelectual, técnico y científico de las universidades tiene mucho que ofrecer para la pequeña producción agrícola, o para las industrias de menor escala, por un lado; por otro, para dar asesoría en cuestiones de aplicación del derecho, de gestión y organización de organizaciones sociales, de formas de autoabastecimiento y autoorganización, de ayuda para los amplios segmentos sociales que sufren por la crisis y no encuentran salida a sus problemas.

Este último espacio implicaría una monumental modificación de las prácticas universitarias, que pocas autoridades y pocos docentes están hoy en decisión de asumir. Pero no deja de ser la obligación de la hora: es fácil refugiarse en la seguridad de las aulas, mientras afuera truena el dolor social ante la falta de trabajo que el modelo vigente ofrece.

El diseño de salidas y alternativas para todo esto, es otra función de la universidad. Qué hacer con la deuda externa, cómo reestructurar la producción, el empleo y la industria, no son sólo problemas políticos: hay una dimensión técnica a la que las universidades pueden y deben contribuir, si queremos un futuro plausible para nuestro país.

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