Lecturas para la cuarentena

La señorita Solinger

Una nena, su abuela y una visita a la señorita Solinger, protagonistas de un cuento para leer en familia.

Sábado 16 de Mayo de 2020

La señorita Solinger me hizo dibujar. Me dio una hoja y unos lápices de colores bastante duros que sacó de un vaso que tiene arriba del escritorio, pero no tenía goma de borrar. A mí me gusta tener lugar para hacer dibujos grandes así que me tiré de panza en la alfombra. Hice unas personas viajando en auto, por el campo. No me acuerdo bien porque al dibujo se lo quedó ella. Mientras yo estaba dibujando la señorita Solinger me miraba. Cuando terminé dijo ¿qué estás haciendo en el auto? No soy yo, le dije, es otra nena. ¿Cómo se llama? No sé, no la conozco, dije y le pedí otra hoja. Me la dio y en ese momento escuché un trueno que resonó en la ventana. Entonces dibujé la lluvia. Llené la hoja de lluvia y le dije me cansé. Entonces la señorita Solinger dijo bueno, descansemos y yo me senté enfrente de ella. Me apoyé en el respaldo de la silla mirando primero el techo y después la ventana. Se había largado a llover de verdad. Ella sacó una carpeta grande de un cajón del escritorio. A mí me dio curiosidad y le pedí que la abriera. Adentro había láminas con dibujos negros y blancos que no se entendían. No me gustaron. Sacó una lámina pero antes de que me preguntara algo le dije que estaba bien, que otro día las mirábamos. Yo quería que se abra la ventana y se le vuelen todas las láminas. Me preguntó qué me gustaría hacer y le dije que no sabía, pero que no tenía ganas de hablar. Ella no dijo nada, guardó la carpeta y sacó una caja. La puso arriba del escritorio. La caja tenía en la tapa un dibujo de una familia de conejos. Un montón de conejos en un bosque. Era un rompecabezas. Ella desparramó las piezas arriba del escritorio y me miró sonriendo. Yo le dije bueno, está bien, lo voy a armar.

El rompecabezas era difícil porque tenía muchas piezas chiquitas, de cartón. Le pregunté a la señorita Solinger si era el único que había. Ella me dijo que no tenía otro. Mi abuela se había quedado afuera, en la sala de espera. Yo pensé que seguro ya habría llegado un nene que viene con la madre; ella tiene un cuello largo y un peinado alto, con un moño atrás. l tiene cara de gato. Se sientan en la sala de espera y el nene entra cuando yo salgo. Nos cruzamos, pero él no me saluda. Los conejos tienen cantidades de hijos. Comen hinojo. Los del rompecabezas comían zanahorias; yo nunca veo conejos comiendo zanahorias. La señorita Solinger tiene un cuaderno donde escribe algunas cosas que yo le digo. Ella estaba anotando cuando a mí me agarró hambre. A la salida, con mi abuela íbamos a ir a una confitería que se llama La Perfección. Yo quería comer sándwiches de miga y después comprarme una revista o un libro de cuentos en la librería que está enfrente. Empujé las piezas del rompecabezas. La señorita Solinger cerró el cuaderno, se cruzó de brazos y se quedó callada. Yo también me crucé de brazos. Ella hizo una sonrisa. Le dije que me quería ir. Ella dijo ya terminamos por hoy, se levantó y abrió la puerta.

Mi abuela estaba esperándome. También estaban el nene y la madre que se levantó de la silla y se acomodó el moño. La señorita Solinger me dio un beso y dijo que nos veíamos la próxima semana. Mi abuela me abrochó el tapado, saludó y bajó por la escalera. Yo me quedé mirando cómo entraba el nene cara de gato. Antes de que la señorita Solinger cerrara la puerta, él me miró de reojo. Yo le saqué la lengua y bajé la escalera a los saltos.

En la calle lloviznaba. Mi abuela abrió el paraguas. Nos subimos al auto; cuando lo puso en marcha me preguntó qué había hecho con la señorita Solinger. Un rompecabezas, le dije, y apurate por favor abuela que tengo hambre. Ella se rio. En la ciudad hay cantidades de autos y también semáforos en las esquinas. En la confitería había muchas personas y olor a café. La gente cerraba los paraguas y entraba. Se quedaban parados mirando para todos lados como buscando a alguien y después se sentaban. Yo encontré una mesa al lado de la ventana. Vino el mozo y mi abuela pidió sándwiches para las dos. Se veía la calle donde los autos pasaban salpicando agua y enfrente la librería que tenía las vidrieras llenas de libros. Estornudé dos veces seguidas. Mi abuela se apuró a meter la mano en el bolsillo de mi tapado para sacar el pañuelo. Entonces encontró unas piezas del rompecabezas. Qué es esto dijo mientras me sonaba la nariz; después puso los cartoncitos arriba de la mesa.

—Mirame —dijo— debe ser de la señorita Solinger.

Yo me encogí de hombros.

—Pero qué costumbre ¿Por qué te guardás cosas en los bolsillos? Las cosas se piden, las personas hablan. Cuando salgamos vamos a ir a devolverlas.

Mi abuela estaba enojada, seguía retándome y yo miraba por la ventana. Era la nochecita, la gente pasaba apurada y habían prendido todas las luces de la librería. Total, qué me importa: cara de gato tampoco debe haber podido armar el rompecabezas.

(*) Cuento incluido en “Mapamundi” (Paisanita Editora)

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