Educación

La maestra que invita a "amar en defensa propia"

Alejandra Palavecino es maestra en la Escuela 1.209 de Cabín 9. Habla del oficio de enseñar en tiempos difíciles.

Sábado 08 de Septiembre de 2018

Alejandra Palavecino da clases de matemática y ciencias sociales en 4º grado en la Escuela Nº 1.209 Provincia de Chaco, de Cabín 9. Es una maestra más entre quienes todos los días se reparten entre enseñar y cuidar, entre abrir libros a nuevos mundos y buscar zapatillas, entre escribir en el pizarrón y marchar en reclamo de mejores salarios. Sus alumnas y alumnos la llaman "la seño de matemática que también lee", porque se abraza a la literatura en cada una de sus clases. Habla del oficio de enseñar en tiempos difíciles, para lo cual ofrece como remedio comprometerse y no permanecer ajenos a lo que pasa. Lo dice de manera muy bella, llamando a Mario Benedetti a la charla: "Cuando los odios andan sueltos hay que amar en defensa propia".

Es martes por la mañana y los medios hablan del asesinato de un nene de 13 años en la localidad chaqueña de Roque Sáenz Peña. Se llamaba Ismael. En el Cordón industrial los obreros paran en defensa de sus puestos de trabajo. El gremio docente se solidariza con la protesta.

Es martes por mañana, no hay luz en el barrio de Pérez y tampoco en la escuela. Un grupo de cuarto trabaja en el salón con sus maestras. Alejandra lee en la biblioteca a otro puñado de chicas y chicos. Una de las nenas del salón interrumpe su tarea para contar que en la escuela pasan "cosas lindas y malas". Las malas son "cuando falta el gas y hace frío". Las buenas que "por suerte la seño trae una pava eléctrica y nos prepara el mate cocido".

"Cuando no hay luz tenemos libertad para organizarnos con nuestras compañeras y hacer el mate cocido; porque vos les ves las caritas esperando la leche y no podés seguir como si nada. Mi pertenencia es con la escuela y con el barrio. No me da lo mismo lo que pasa acá", dice esta maestra de 4º grado marcando el rumbo de su enseñanza.

Alejandra tiene tres hijos de 23, 21 y 16. Estudió y se recibió "de grande", a los 30 años y ya suma 14 en la docencia. Se define como una afortunada por lo que eligió estudiar y hacer. Y asegura que siempre, siempre conserva "la alegría de ser maestra". "Estamos atravesados por otras cosas que nos afectan pero trato de conservar esa alegría y contagiarla en los chicos. Nadie quiere venir a un lugar donde no la pasa bien".

Disfruta de la docencia porque la entiende como "un encuentro con el otro", donde la construcción de saberes es pensada como algo colectivo. Que puede ocurrir en el salón de clases, en el patio, en la radio escolar o en la calle. Y porque está convencida de la leyenda que transcribe un pin colgado en su guardapolvo: "Mientras existan maestros de pie no habrá pueblos de rodilla".

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Trabajo diario

El trabajo diario no termina en las horas que pasa en la escuela ni se limita a sus materias. Siempre tiene la preocupación de cómo hacer de la escuela un lugar para todos. "Esta escuela por sí misma es inclusiva, nosotras no marcamos las diferencias ni ponemos en evidencia las dificultades".

Para Alejandra su oficio no transcurre en una dimensión lejana de la realidad. "Si hay algo que caracteriza a los maestros es que siempre estamos pensando en el otro, no nos es indiferente lo que pasa", valora del magisterio.

En Cabín 9 los cortes de luz son moneda corriente, eso significa desde menos asistencia de chicas y chicos a la escuela hasta no poder usar una computadora para una actividad. También lo es la falta de agua. Las familias deben trasladarse hasta el tanque general, cargar los bidones y llevar el agua a sus hogares. "Me resisto a naturalizar estas situaciones. Entonces no puedo no hablarlas en clase", expresa Alejandra.

Los proyectos de trabajo con la comunidad tienen valor para cualquier escuela y realidad. En la de Cabín 9 son sustanciales. "No nos da lo mismo que los chicos reciban todas o algunas vacunas. Tienen que saber qué se les está sacando, quitando, porque en la medida que lo conocen pueden notar la carencia y reclamar", pone como ejemplo un hecho de reciente actualidad.

También en el salón de clases la matemática parte de la vida de todos los días, con problemas reales y no de calcular —ilustra— en "situaciones problemáticas de chicos que viajan de vacaciones como sugieren los manuales".

Cerquita de los libros

El salón de Alejandra está pegado a la biblioteca. Ella pidió trabajar ahí, cerquita de los libros. La lectura es su recurso de encantamiento. Desde el primer día de clases les lee en voz alta. Y les propone imitarla. "No les pregunto «¿les gustaría que leamos?». Lo hago. Y a esa lectura por placer, sin que haya una tarea después, es a la que invito".

La escuela —recibe unos mil alumnas y alumnos— no tiene bibliotecaria. Pero igual se las arreglan para que los libros circulen. Hay una confianza establecida en devolverlos si los llevan a la casa. "No es una biblioteca para hacer silencio, sí para cuidar", apunta sentada sobre unos almohadones desparramados por el piso y rodeada de libros infantiles, quien por estos días está releyendo por gusto personal Rayuela de Cortázar.

Hace largo tiempo, cuando tenía a su cargo séptimo grado y alumnos adolescentes que permanecían por las tardes frente a la plaza de la escuela y eran "mal vistos porque —se los acusaba— no hacían nada", los convocó a romper con ese estigma. Idearon un proyecto de lectura para los primeros grados y empezaron a reemplazar el banco de la plaza por el aula. A contraturno iban a leerles a los más pequeños. "Fue maravilloso, porque además de leer significó sentirse útiles", rescata de aquella experiencia.

Alejandra leyó desde muy pequeña, su maestra de los primeros grados nunca lo supo ni la escuchó hacerlo. Era buena alumna, pero callada y tímida. Esa práctica lectora se la había transmitido su mamá quien llamaba "a leer lo que sea por las noches". "Que mi maestra no supiera que yo sabía leer y muy bien me marcó mucho. Yo me moría de ganas de decírselo, no podía porque me daba vergüenza", se acuerda. En cuarto grado tuvo su revancha cuando otra docente en una evaluación la calificó de excelente, llenándole la hoja con felicitaciones escritas con birome verde. "No sé —confía— si la prueba estaba para diez pero nunca me voy a olvidar de eso; ahí sentí que mi escolaridad era otra".

Ahora, ya como maestra, el abrazo, la aprobación, la escucha y no dejar en evidencia a sus alumnas y alumnos en lo que no pueden son sus herramientas para alentarlos a aprender.

Ale Palavecino

Una trabajadora más

Alejandra se define como una "trabajadora de la educación", que se capacita y especializa para ejercer mejor su tarea: "Soy una trabajadora como son los padres de mis alumnos, como es el pueblo trabajador. Por eso me siento vulnerada cuando los derechos de los trabajadores no son respetados. Todos nos necesitamos".

—¿Qué te preocupa hoy de la educación?

—Cuando los odios andan sueltos tenemos que amar en defensa propia, no queda otra... Me preocupa que nos sigan vulnerando los derechos que ya teníamos conseguidos y logrados. Me pone mal escuchar a una mamá que me dice "no te mando al nene porque no tiene zapatillas". No quiero que ella pase por esa situación de vergüenza, debería tener para su hijo. Me preocupa que estén esperando la hora del desayuno. Más porque lo viví años anteriores, cuando a lo mejor iban cuatro chicos al comedor porque les gustaba la comida y no porque no tuvieran para comer en su casa, y ahora van todos los de mi grupo. Y esa comida del mediodía es quizás la última hasta la mañana que vuelven a venir a la escuela. Me preocupa que había mamás que tenían su trabajo y ahora no. Este es un barrio de gente trabajadora. Y hay padres que piensan que ante tantas dificultades y falta de trabajo los chicos no tienen que ir más a la escuela. Al contrario: más que nunca la escuela es necesaria.

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