Educación

"La literatura infantil debe evitar decirle al lector cómo mirar el mundo"

La profesora Rocío Muñoz Vergara propone descentrar el concepto de normalidad en los textos para las infancias.

Sábado 11 de Julio de 2020

“La literatura está en mi vida desde que tengo memoria”, dijo en una oportunidad Rocío Muñoz Vergara, una joven sevillana, ciega, de 38 años que llegó al país hace poco más de una década. Muñoz Vergara es licenciada en filología hispánica, actriz, profesora de lengua y literatura, becaria del Conicet en la UNR, gestora cultural, escritora y docente. Autora de los poemarios Tacuarita, Lengua de serpiente y Palimpsesto, coordina talleres de creación literaria y clínicas personalizadas de escritura. Durante el 2018 dictó en la Facultad Libre el seminario “Las rutas de lo anómalo”, donde reflexionó sobre un tema poco abordado: el tratamiento de la discapacidad en la literatura infantil y juvenil a lo largo de la historia. En diálogo con La Capital, la escritora habla del tratamiento pasado y presente que las letras han realizado de la otredad diferente y postula que el desafío de la nueva literatura radica en descentrarse del concepto hegemónico de normalidad, e invita a repensar los términos “inclusión” y “adaptación. Respecto de la literatura en las escuelas, dice que el problema sigue siendo cómo trabajar en el aula “cuando ella supuestamente está hecha para enseñar cosas específicas y no para el desafío, mientras que el acercamiento a la literatura implica sentirse desafiado”.

—¿Cómo han abordado los cuentos infantiles clásicos el tema de las diferencias o discapacidades en sus historias?

—En las historias clásicas siempre aparece el error, la diferencia como anomalía, y se hace mucho hincapié en ella. Yo planteo que no existe literatura sin anomalía. La literatura siempre va en busca de lo raro, de lo diferente, de lo particular, de lo especial. Mucho más en la literatura clásica. Aquí el protagonista siempre es alguien que tienen una diferencia con el sistema, con la sociedad o con el mundo en el que está inserto, y precisamente eso es lo que genera el relato o la aventura. Cuando los rusos a principios del siglo XX se pusieron a estudiar que hacía que una cosa fuera literatura y no otra cosa —lo que ellos llamaron la literariedad— plantearon como idea fundamental que todo héroe parte siempre de una mutilación o una carencia, por ejemplo Hansel y Gretel que pierden a su madre. A veces esa diferencia tiene que ver con lo que consensuadamente se denomina discapacidad. El soldadito de plomo es un ejemplo, porque como no dio el plomo para todos él tiene una sola pierna, su situación es distinta a la de los demás soldados, que a diferencia de él no tienen una historia para contar.

"La literatura siempre va en busca de lo raro, de lo diferente, de lo particular, de lo especial. Mucho más en la literatura clásica"

—¿Cuál es la concepción de mundo que plantean estas historias?

—No creo que planteen una sola concepción del mundo. Supongo que lo que está en la base de todas estas historias es qué hacer para que te quieran, cómo ser lo suficientemente normal para no ser rechazado, y a la vez cómo ser lo suficientemente especial como para tener una identidad propia. Esa es la gran pregunta de la infancia y de la adolescencia, que a veces genera mucha angustia. En ese momento de la vida la identidad se está formando y esos cuentos ponen estas cuestiones en primer plano.

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—¿La descentralización de las diferencias o la discapacidad como tema fundamental de las tramas literarias implicaría una mayor inclusión?

—Claro. Creo que una mayor inclusión implicaría, para empezar, desterrar ese término, porque la inclusión es un ejercicio del poder. En la inclusión yo incluyo a un otro y doy por hecho que ese otro no está incluido, entonces encuentro una serie de herramientas para que sea lo suficientemente parecido a mí o lo suficientemente “normal” como para poder incluirlo. La cuestión tendría más que ver con no excluir y partir de la idea de que en este mundo que habitamos todo el mundo está incluido. El tema sería que las tramas no traten de mostrar cómo incluimos a alguien, porque ahí es cuando empiezan a operar todas las fábulas clásicas y la gente con determinadas discapacidades comienzan a convertirse en ejemplos de vida. Se ejemplifica cómo alguien supera la supuesta adversidad que supone la discapacidad y puede lograr una serie de cosas “a pesar de” o “gracias a”. Muchas veces me dijeron que como ciega “soy un ejemplo” y eso es triste. Por eso creo que la literatura debe dejar de dar cuenta de los ejemplos de vida de gente que “a pesar de” puede lograr ciertas cosas supuestamente destinadas a la gente “normal”. La cuestión es que la discapacidad deje de ser el centro de la existencia de determinado personaje en una historia. Y esto lo planteo con las diferencias en general, la idea es que lo fundamental de alguien no sea ser negro, trans o ciego. También hay que poner en crisis qué es una mayor o una menor diferencia, porque todo está lleno de diferencias. Hay que cuestionarse qué hace que ciertas diferencias resulten más escandalosas o mas normalizantes que otras.

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—¿Cuáles son los puntos de conflicto de la literatura infantil y juvenil que se produce actualmente?

—Quizá una de las características de la contemporaneidad en general —no sólo en literatura infantil— sea que los personajes ya no están llamados a ser grandes héroes sino a ser héroes cotidianos, a tener una vinculación con las cosas más del mundo real. También me parece que en los últimos tiempos el feminismo pegó fuerte en la literatura y ha posibilitado hablar de manera más explícita de cosas que antes quedaban más silenciadas o que se trataban desde un punto de vista más metafórico, por ejemplo las disidencias o la dictadura. Respecto al abordaje de la discapacidad, todavía no se ha podido llegar a la meta de que la diferencia no sea el centro de la constitución de un personaje, pero sí se pudo conseguir que al menos ese personaje sea deseado y deseante, algo impensado en la literatura clásica, por ejemplo en los enanitos de Blancanieves. Pienso en la obra Caro dice de María Inés Falconi, que es una historia de amor adolescente. Aquí el centro de la trama sigue siendo que el chico está en silla de ruedas, pero ocurre que “a pesar de” esa discapacidad ella igual se enamora de él. Lo que sucede aquí es que al protagonista no le hace falta convertirse en príncipe como a la bestia de La bella y la bestia. No es necesario que él pueda llegar a caminar, no se precisa de la metamorfosis para que ella se enamore.

"La cuestión es que la discapacidad deje de ser el centro de la existencia de determinado personaje en una historia"

—¿Cuáles son los desafíos que tiene la nueva literatura infantil y juvenil?

—Creo que el desafío es no incurrir en clichés moralistas y evitar la pretensión de enseñar o decirle al lector cómo tendría que mirar el mundo. Hay que abandonar la idea de que la literatura implica dejar algún mensaje. El desafío sigue siendo ese, aunque cambien las temáticas, no llegar a un texto para aprender otra cosa que sea más importante que el texto. Eso es lo que vendría a ser un mensaje, algo que se desprende de otra cosa y que se considera como lo importante. Esa pretención pone a la literatura en un mal lugar, porque la transforma en un simple vehículo para que cierta enseñanza se transmita. Nadie puede amar la literatura bajo esa concepción. Si a alguien se lo inicia en la lectura bajo esta idea no va a poder amar la literatura ni engancharse con ella. La lectura en sí conduce a infinidad de pensamientos, de caminos y vericuetos, a muchas reflexiones y posibilidades de imaginar mundos más allá del que se conoce, y a muchas posibilidades para hacer con el mundo que se conoce. Pero si me dicen que algo tiene una dirección unívoca, que el sentido de ese algo ya está dado y que ni siquiera lo construyo yo, entonces ¿qué me dejan como lector? Simplemente estoy siendo un recipiente. Sobre esta cuestión han escrito mucho María Teresa Andruetto, Laura Devetach y casi todos los grandes autores contemporáneos que han advertido sobre los peligros de la didáctica. El problema sigue siendo cómo trabajo la literatura en el aula cuando ella supuestamente está hecha para enseñar una serie de cosas específicas y no para el desafío, y el acercamiento a la literatura implica sentirse desafiado. En una lectura hay algo que tengo que desencriptar que está oculto, y para lo que tengo que poner en juego todo lo que soy, ese desafío me compromete enteramente, porque entro al texto con todo mi bagaje, con todas las herramientas y todas las experiencias de la vida. Pero además, si hablamos de mensajes también hay que decir que se trata de interpretaciones. Por ejemplo, ¿cuál es el mensaje que deja un cuento clásico como Caperucita roja? ¿que no debés hablar con extraños y si lo haces debés atenerte a las consecuencias? O es todo lo contrario y el cuento es una denuncia. Ese cuento como tantos otros tienen interpretaciones arriba y muchas veces se entiende como mensaje una interpretación que le ha convenido a un grupo de gente, por ejemplo los varones a lo largo de mucho tiempo.

"Hay que abandonar la idea de que la literatura implica dejar algún mensaje. El desafío sigue siendo no llegar al texto para aprender otra cosa"

—¿Otro desafío puede ser la creación de obras “adaptadas”, como en braille o audio?

—Creo que habría que adaptar la idea de adaptación, porque adaptar implica que hay algo que es la versión original hecha para la gente normal. La palabra adaptación implica el concepto de normalidad. Es como pensar que un libro en tinta es el libro y un libro en braille es la adaptación ¿A quién se le ocurrió que un libro en braille fuera menos libro que en tinta? Simplemente es una forma distinta de libro, menos habitual, mas caro de hacer, que implica menos lectores. Todo eso es cierto, pero esas características no lo hacen una adaptación sino un libro menos habitual. Sí creo que es un desafío, porque visibiliza y pone en primer plano que hay muchas maneras de relacionarse con las cosas y formas distintas de relacionarse con un libro. También esto nos permite preguntarnos qué es leer. No tengo una respuesta sobre que cosa sería leer, pero prefiero no tenerla a creer que es solo pasar los ojos por arriba de un texto.

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