Educación

La lectura y un lugar

Leer es contagioso y es necesario. No lee aquel que nunca vio a otros leyendo, tampoco cree que sea necesario leer.

Sábado 02 de Junio de 2018

No digo que sea sencillo hacer que todos se sientan invitados a la lectura. No digo que sea lo mejor para la humanidad tratar de contagiar el gusto por la pose silenciosa y al mismo vertiginosa de una persona aislada con un objeto de papel en la mano. Pero digo que si de todas las aventuras que pueden ser vividas en el tiempo de una sola vida, uno pudiera elegir cuáles vivir, si una o infinitas, yo elegiría siempre los infinitos viajes que otorga la lectura, y siempre recomendaría esa opción a cada persona que cada vez que mire a su alrededor tenga una pregunta para hacerse.

   Leer es contagioso y es necesario. No lee aquel que nunca vio a otros leyendo, tampoco cree que sea necesario leer. Pero también, leer es una acción que no se limita a los libros. No puede decirse que un futbolista que rara vez encare un libro no sepa leer: lee el juego, lee la actitud del rival, lee las posibilidades de sus compañeros. No puede decirse que un político no lea, a pesar de que pocas veces aparezca en las fotos sosteniendo un libro, sin embargo lee su contexto político y lee su situación. No puede decirse que los chicos de las escuelas no lean: leen el mundo que palpitan, leen la tecnología que los alcanza, leen a su grupo de amigos y sus actitudes, leen la realidad de sus familias. Listo, hasta acá las obviedades.

   Quisiera escribir un libro sobre las bibliotecas de las escuelas, sería una especie de homenaje a la biblioteca de la escuela a la que fui yo. Había que desacralizar el espacio, y entender que uno podía acceder ahí sin problemas porque ese lugar estaba para uno y no para otra cosa. Me encontré habitando el espacio en los recreos, no todos pero muchos. Tuve un problema, esto es personal, me fui quedando atrapado de unas lecturas de unas antologías de cuento. Había varias, algunas tenían cuentos de Borges, Bioy, gente que no era posible retener. Ahora mismo no podría recordar cómo eran las tapas, pero sí puedo recordar en qué lugar de la biblioteca tuve ese encuentro. Es muy probable que esa biblioteca no exista en la misma sala que yo la dejé, hace más de 20 años, y es muy probable que esos libros no existan más. Y es muy probable que esos libros, si estuvieran en mi poder, no tendrían el mismo valor que en ese momento. Sin embargo, conservo en mi memoria un instante que se abre como un portal, el recuerdo de un cierto goce por lo que estaba leyendo que marcó una necesidad que se transformó en una fuerza que hizo que yo fuera lo que soy ahora y no otra cosa que quizás se esperaba de mí. Las vivencias nos modifican, nos condicionan y a mí me marcó ese momento en una biblioteca de mi escuela.

   Después de eso, quería leer todo lo que se cruzara. O quizás no tanto, pero ya existía la inclinación. ¿Puede decirse que fue bueno? No lo sé, pero fue lo que pasó: había entonces y sigue habiendo algo del orden del misterio en cada renglón de letras ordenadas, en cada papel impreso, y donde hay un misterio allí va mi atención.

   Más allá de eso, hablo desde mi experiencia, ayudó a todo esto el hecho de que existiera una biblioteca y que los libros estuvieran a disposición, y que uno pudiera servirse, o dejarse llevar por la curiosidad en el afectado orden desordenado de una biblioteca. Y ayudó el hecho de que haya personas que presten atención al mágico momento en que un niño se encuentra con los libros.

   ¿Qué libros debería haber en las bibliotecas de las escuelas? Yo me lo imagino así: una habitación grande (los libros ocupan mucho espacio, y los lectores deben tener lugar también) a la que apenas uno ingresa se encuentra a la derecha con libros de literatura. No debe haber distinción entre literatura local, nacional y universal, tiene que estar todo junto. En todo caso, si no vamos a ordenar alfabéticamente por apellido de autor (uno siempre tiende al caos, pero estamos hablando de un espacio común), deberían tener cierta relevancia, es decir, usar los anaqueles más accesibles (el tercero y el cuarto) para los libros ineludibles, 60 % literatura fantástica y 40 % para el realismo. En los anaqueles más bajos se pueden poner libros de poesía, pero a las escuelas no suelen llegar en cantidad, porque circulan por otros medios. Quizás los poetas, que gustan de hacer circular sus libros entre colegas, donen también ejemplares a las bibliotecas de las escuelas. No lejos de eso, los libros de historia, sobre todo la historia antigua. A la izquierda del ingreso pondría libros con imágenes: ilustraciones, fotografías, libros grandes y pesados. Hay más libros que poner en la biblioteca, los libros de ciencias y los libros de filosofía. Esos no estaban en la biblioteca de mi escuela, o quizás sí y no llegué a descubrirlos. Eso pasa con los libros y las bibliotecas de las escuelas, si no va uno a descubrirlos, quizás no vaya nadie. Es un espacio que tiene que estar constantemente invitando, porque no se puede perder. Es un espacio que tiene que estar todo el tiempo haciendo propaganda de todas las cosas buenas que contiene, porque todo el mundo sabe que todo lo que hay ahí es bueno, pero no siempre despierta ese interés.

   Una biblioteca, en una escuela o donde sea, siempre es buena, en muchos sentidos: ahí reside todo lo que necesitamos saber, todo lo que no está ahí es un mito: la universidad de la calle no existe, la calle cambió el empedrado por el asfalto y los que se las sabían todas andan mendigando el cumplimiento de sus predicciones de pacotilla.

   Una biblioteca es buena también porque es el lugar en el que empiezan siempre las revoluciones, porque es el lugar en el que se conserva todo lo que en algún momento puede ser incendiado.


(*) Coeditor de la Colección Rosario se lee, una antología de autores locales para escuelas secundarias (Editorial Casagrande).

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