Educación

La infancia es una responsabilidad de todos

En la Argentina la deuda con la niñez es alta y, por lo tanto, debe ser una prioridad impostergable de familias y gobiernos.

Sábado 07 de Marzo de 2020

Qué es una niña o qué es un niño son preguntas infrecuentes, en apariencia obvias, que no nos formulamos porque consideramos saber la respuesta. Sin embargo, es necesario ahondar en la historia de las infancias —no de una en singular, sino de muchas, en plural— para comprender cómo han cambiado las formas de ser niño y niña a lo largo de la historia, en el siglo pasado en particular hasta las últimas décadas.

Para ello, es menester entender los problemas que afectaron a las infancias a lo largo de la historia y cruzarlos con sistemas de dominación como el patriarcado, el capitalismo, la división de clases, el racismo y el territorio.

Esta propuesta de la socióloga, docente e investigadora en Europa y América Latina, Marta Martínez Muñoz, ayuda a romper la idea de una sola infancia, eurocentrista, urbana, estereotipada, adultocéntrica; y contribuye a la vez a comenzar a esbozar una respuesta más próxima a las infancias genuinas y sus complejas realidades actuales.

El desarrollo económico y social desigual de las naciones desde la Revolución Industrial, la invisibilización del niño como sujeto social, el reconocimiento como objeto a proteger y posteriormente como sujeto de derecho, grafica las conquistas progresivas de derechos que tuvo la niñez como colectivo social en los últimos tres siglos.

No obstante los avances, cuyo punto más alto fue la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño en 1989, persisten los incumplimientos. No es lo mismo para un niño o niña nacer y vivir en un barrio pudiente de una metrópoli o una capital latinoamericana, que en una zona rural, o en los bordes de esas ciudades, sin acceso a bienes y servicios esenciales. El lugar de nacimiento, la condición social y el entorno cultural influirá en cómo ese niño vivirá su infancia, su adolescencia y qué oportunidades y recursos dispondrá en su camino a la adultez.

Esta perspectiva binaria sobre la niñez nos presenta, por un lado, a los niños, que son quienes tienen sus derechos garantizados, a los que les festejamos el día. Y por otro lado están los “menores”, una expresión peyorativa judicial-policial de tono punitivo, empleada para señalar a las niñas y los niños invisibles, los que constituyen una amenaza por transgredir o romper el sistema de representaciones de aquella niñez única.

Es la infancia pobre, rural, aborigen, migrante, invisible. Es la que incomoda, la que es explotada, estigmatizada, la que está en conflicto con la ley penal como consecuencia de tener antes tantos derechos vulnerados. Es la de los bordes.

Cuando existe un problema con los chicos y chicas, no hay que buscar las causas en esas infancias sino en los adultos, tanto en su entorno protector como en el sistema de protección y promoción de derechos. Esto es, desde la familia hasta los gobiernos, puesto que las niñas y los niños son responsabilidad de todos.

En la Argentina, que cuenta con una población de 13 millones de chicos y chicas de 0 a 18 años, la deuda con la infancia es alta y, por tanto, debe ser una prioridad impostergable. Las muertes de nueve niños wichis en Salta, que expone vulneraciones extremas de derechos como a la vida digna y a derechos básicos como la alimentación, el agua y la salud; la sostenida tasa de abuso sexual contra niñas y niños, el incremento del suicidio en adolescentes; y otros fenómenos como la crianza con violencia, la malnutrición, la explotación sexual, el embarazo adolescente, la falta de acceso a servicios de salud, educación, justicia, y a una vivienda digna, comprueban cómo sistemáticamente son vulnerados los derechos de los niños y las niñas en nuestro país.

La más grave es la pobreza como fenómeno estructural y multidimensional. Está infantilizada y en crecimiento desde 2001. Hoy el 45,5 por ciento de los niños entre 0 y 5 años son pobres, es decir, no tiene sus necesidades básicas cubiertas, mientras que esta situación afecta al 26 por ciento de los adultos. Y la primera infancia, el período donde un niño desarrolla habilidades cognitivas, socioemocionales y motoras que serán determinantes para el resto de su vida, espera, como todas las niñeces, atención inmediata y a la par, una política pública integral de infancia que no sea cortoplacista ni mediática, sino que trascienda a los gobiernos con estrategias sostenibles y de la largo alcance.

La Convención, que tiene rango constitucional en nuestro país, establece la corresponsabilidad de todos los actores sociales para garantizar el bienestar integral de la niñez. E impone al Estado responsabilidad en la promoción y protección de derechos así como en la reparación de esas vulneraciones.

En tal sentido, la nueva defensora de niñas, niños y adolescentes, Marisa Graham, después de 14 años de mora, será clave para proteger los derechos de los chicos y chicas, visibilizar sus problemáticas y defenderlos ante el Estado y los déficits de políticas públicas.

La condición social y el entorno cultural influirá en cómo ese niño vivirá su infancia y que oportunidades dispondrá en su camino a la adultez

Los niños, niñas y adolescentes son personas completas, competentes, capaces de discernir y participar en la vida cívica de acuerdo a su desarrollo madurativo. Los chicos son sujetos de acción colectiva y el no reconocimiento histórico de sus capacidades pone en evidencia una persistente mirada adultocentrista en quienes han tomado decisiones públicas en las últimas décadas.

La infancia, que no quiere promesas de futuro, es para siempre porque es la etapa en la que se asientan las bases del desarrollo de las personas en salud, seguridad educación, sexualidad, aptitudes, emociones, resiliencia y comprensión de los derechos.

No invertir en niñez compromete el desarrollo óptimo del capital más importante de una nación que son las personas, e implica condicionar el crecimiento social y económico presente y futuro, no de un sector sino del conjunto de la sociedad, puesto que la priorización de generación de entornos de calidad, estimulantes para la primera infancia, tienen una alta tasa de retorno en el futuro.

Es imprescindible avanzar hacia una mejor inversión pública en infancia y adolescencia, que sea adecuada, eficiente, inclusiva y equitativa, para garantizar los derechos de los niños, niñas y adolescentes como principio esencial de construcción de una sociedad sostenible. Lo contrario será hipotecar el futuro, no de los niños, sino de la sociedad toda.

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