#YoEscribo / chicas y chicos que escriben

La escritura, puerta para abrir mundos y liberarse

Entre febrero y diciembre, 45 chicas y chicos de entre 6 y 19 años pasaron por la sección Yo Escribo, donde hablaron de su pasión por contar historias mediante poemas, cuentos, novelas, canciones o historietas.

Sábado 28 de Diciembre de 2019

Durante cada semana de este año, la contratapa del suplemento Educación del diario La Capital fue de las chicas y los chicos. Sus inquietudes, sus sueños y formas de expresión fueron las protagonistas de la sección Yo Escribo. La consigna: convocar a niñas, niños y adolescentes que tengan un vínculo particular con la escritura, para compartir sus voces y deseos, siempre a través de sus relatos. Así, cada sábado, una nena o un pibe y sus producciones fueron nota. Aparecieron entonces quienes se animan a los cuentos, se inclinan por la novela o encuentran en la poesía el mejor camino para liberar lo que sienten. También dijeron presente quienes escriben canciones de rap. Y no faltaron las y los dibujantes, que en las ilustraciones o historietas sienten el pulso necesario para contar sus historias. En total fueron 45 las y los protagonistas del Yo Escribo de La Capital, 45 historias escuchadas y difundidas en la edición impresa y digital del Decano; y también en sus redes sociales, donde un video de un minuto buscó condensar cada testimonio.

Las novelas, cuentos y textos cortos fueron las expresiones que más aparecieron en las elecciones de los niños y adolescentes invitados. Hay escritos sobre magia, ciencia ficción, fantasías y aventuras. El periodismo y la no ficción —sobre todo para revistas o blogs escolares— también fueron mencionados. Como las chicas que escriben reseñas de libros para un blog, la joven que hizo una impecable crónica sobre una protesta en su escuela o el muchacho que eligió contar la historia heroica de un ex combatiente de Malvinas.

Los libros, las series y películas son las fuentes de inspiración para la mayoría de las chicas y chicos convocados cada semana. En el primer grupo, una nena contó que luego de leer los policiales de Agatha Christie se lanzó con sus propios cuentos en ese registro. O Las Crónicas de Narnia y Alicia en el país de las Maravillas, que la inspiraron a empezar una novela sobre “puertas secretas que llevan a otros mundos”. También formaron parte del Yo Escribo las historias de una detective adolescente que resuelve crímenes de animales, los cuentos para imaginar otros mundos posibles y una novela biográfica basada en sueños de una chica.

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El género de la poesía fue el que más adeptos sumó entre las y los adolescentes que participaron de este espacio. Lo eligen para hablar de situaciones cotidianas, feminismo, sueños, dilemas filosóficos o sentimientos profundos. Y no se quedaron atrás los cómics o la expresión artística a través de los dibujos. Para pensar “mundos imaginarios”, contar “situaciones exageradas de la vida cotidiana”, peleas entre superhéroes, hacer caricaturas o simplemente para acompañar los textos y hacer más amena la lectura. Una estética inspirada en los cuentos infantiles publicados por las editoriales.

A lo largo del año del Yo Escribo, también ganó lugar el rap y el freestyle, una movida que prefieren los pibes y pibas de los barrios, y las escuelas de la ciudad. Un fenómeno creciente que conjuga la música con las rimas y la improvisación. Y un ejercicio que les permite hablar de bullying, problemas sociales y hasta historias familiares y barriales. En esas historias, está la de una adolescente que empezó a transitar este género sin tener “un tema fuerte”, hasta que ingresó a un colegio donde trabajan el tema del bullying y el ciberacoso, se involucró en estas problemáticas y entendió que allí estaba su inspiración: escribir letras para concientizar, pero también para animar a los chicos “a que no se queden callados, porque al hacerlo no solo se hacen mal a ellos, sino que no dan la posibilidad a que otro los ayude. Y siempre hay una salida”. Una estudiante de su misma escuela también hace rap sobre el bullying porque confía en que la música “es algo importante para hablar de este tema”. Otro joven sintió de chico los cuestionamientos de quienes descreían de su potencial. “Me criticaban, me hablaban mal, me decían que no iba a llegar a nada. Y de ahí salió mi primera canción”, contó este año, antes de recitar a cámara los primeros versos de ese tema. Un cuarto adolescente reveló que escribe “rap consciente” que lo saca a un “mundo libre”. Otro lo hace para dejar algo de él en ese papel donde escribe las letras. O “para desahogarse”, como confió un joven que además es profe de freestyle para niños en un taller que funciona en un centro cultural de la zona sur. En casi todos los casos, fue el patio de la escuela o alguna actividad escolar el sitio que les permitió cantar e improvisar sus rimas por primera vez ante el público, ya sea por el impulso de un docente de música, una profesora o un directivo que confió en ellos.

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La música también fue citada como motivadora en varias de las producciones o como banda sonora que acompaña el proceso de escritura. Una adolescente relató que encontró en el disco Artaud del Flaco Spinetta su fuente de inspiración para escribir poemas.

Otra que narra sus novelas escuchando música de Queen. O la joven amante del tango cuyo sueño es, algún día, escribir una canción.

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El saludable contagio

Hace algunos años, en una entrevista con La Capital, el escritor Juan Sasturain dijo que el gusto por la lectura “se produce por desborde, por emulación, por saludable contagio: es algo que otro tiene y disfruta y le gusta hacer, que yo también quiero tener, saber cómo es”. De acuerdo con los testimonios de varios chicos y chicas, algo así también podría pensarse a la hora de hablar de la escritura. Una chica que participó del Yo Escribo contó que su abuela le escribió un libro de cuentos y que cree que de allí sacó su “pasión” para escribir. Y otro nene que cuando era más chico su papá le narraba cuentos hasta que un día decidió a empezar a escribir sus propias historias, que hoy le lee a su hermanito cuando van en auto.

Para estos nenes y nenas los libros son también una oportunidad para ejercitar la reescritura. La participante más chica del Yo Escribo tiene seis años, compartió que le gusta escribir sus propias versiones de los cuentos que les leen en casa o en la escuela. Lo mismo hace con ciertas canciones. Otro nene hizo una divertida versión de los clásicos infantiles, donde Caperucita Roja es alumna de la Escuela Nuestra Señora de Itatí de barrio Las Flores y los enanos de Blancanieves no quieren ir a clases porque son “re terribles”. Un ejercicio parecido hizo otro nene de 11 años, que escribió “La paloma Cenicienta”, inspirado en el clásico infantil: “Tengo varios libros en mi casa y suele haber distintas versiones del mismo cuento. Entonces yo lo escribo como a mí me gusta”.

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“¿Por qué escribís o qué sentís al hacerlo?”. La pregunta fue una de las que contestaron quienes se sumaron a la iniciativa de La Capital. Entre las respuestas hubo de todo: desde quienes lo hacen “para abrirse”, “despejarse”, “generar conciencia”, “para que la gente se ría”, para “explicar la realidad”, “expandir la imaginación”, “hacer real lo que está en la mente”, “como una forma sencilla de presentarse” o “para conocerse a uno mismo”. Una adolescente confió que inventa personajes “para ver la vida desde los ojos de otras personas”. Y otra chica, que lo hace como “una forma de catarsis”. Pero también, porque al hacerlo “siente como cierta liberación, una incógnita que se revela, algo que ha estado escondido y se presenta, se desnuda”.

No fueron pocos los que presentaron sus producciones en concursos, pudiendo así publicar sus textos en recopilaciones hechas por las escuelas o por editoriales. También están quienes escriben cosas “muy personales” sobre sus sueños, tristezas y alegrías y prefieren, por el momento, guardárselos para sí mismos. De todas formas, son varios —sobre todo quienes hacen dibujos e historietas— los que suben sus producciones a sus cuentas de Instagram, la red social preferida por la adolescencia.

Las respuestas sobre el soporte elegido para la escritura también fueron variadas. Algunos prefieren el celular, lo que más tienen a mano. Otros la computadora de escritorio en la soledad y tranquilidad de una habitación. Pero el formato papel no pierde terreno, sobre todos en los más chicos. También eligen “el papel” para llevar en la mochila un registro de lo que hacen, como el joven historietista que escribe en una agenda la estructura o “esqueleto” de sus historias y en la otra los fragmentos de esos relatos a construir. O la chica que en un colorido cuaderno lleva “de todo”, desde reseñas hasta poesías. Aunque más allá del soporte, lo importante —como dijo una joven— es lo que se tiene para decir: “A veces en papel, otras en el celu o en la computadora. Donde haya para escribir escribo”.

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>> 45 nombres y una tarea colectiva

En total fueron 45 los que este año pasaron por la sección Yo Escribo de La Capital. Ellos son —en orden de aparición— Lara Forno, Santino Militello, Luisina Ruíz Díaz, Valentina Terrazzino, Sol Hirch, Lara Falcón, Diosnel Sotelo, Juan Manuel Hirch, Analía González, Bautista Parra, Violeta Belli, Ian Mirassou, Selena Tiesqui, Juan Manuel Ortenzi, Candela Robles, Marlén Acosta, Alejo Zoloaga, Dolores Wacker, Catalina Palmero Korman, Alexis Vall (Ribha), Victoria Palmero Korman, Daian Fabio, Clara Pietrapertosa, Delfina Granados, Santino Resta, María Victoria Avila, Maialen Gabilondo, Valentina Ravaioli, Diego Zárate, Bianca Gerez, Luisiana Balbuena, Maitena Cejas, Sofía Benítez, María Lucía Machado, Felicitas Eiguren, Tiago Marquardt, Sarai Osuna, Fesuel, Fiorella Bogado Segovia, Giuliano Calello, Emanuel Street, Teo Degaetano, Victoria Escobedo, Charo Centeno y Magalí Aquino.

La tarea fue colectiva y de la producción de las entrevistas y los videos participaron los reporteros gráficos de La Capital Angel Amaya, Virginia Benedetto, Marcelo Bustamante, Francisco Guillén, Celina Mutti Lovera, Héctor Rio, Silvina Salinas, Sebastián Suárez Meccia y Leonardo Vincenti; además de los periodistas Marcela Isaías y Matías Loja.

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