Cada cuatrimestre, cuando inicia el cursado de metodología de la investigación, suelo romper el hielo contándoles a los y las estudiantes que eligen cursar conmigo por qué es necesario que el programa de la carrera de medicina incluya una materia como ésa, que es sabido que resulta aburrida para el futuro médico o médica. Las más de las veces la devolución es una gran apatía. Sin embargo, a medida que el cuatrimestre avanza, aparece la grata sorpresa de alguna o alguno que se entrega a escuchar en primera persona el relato de qué es la Ciencia (así con mayúsculas, como toda institución) y cómo se construye conocimiento científico, según la mirada de una investigadora.
¿Qué les digo que es la ciencia para mí? Una maravillosa forma de interpretar el mundo que nos rodea, que, además, construye civilización y, por ende, cultura. Aún cuando la desconozcamos y reneguemos por completo de ella, si levantamos la vista y miramos a nuestro alrededor, cada una de las cosas sobre las que posemos la mirada guarda conocimiento científico en su interior. Incluso los entes que no tienen materialidad alguna, como los fenómenos sociales, son interpretados a la luz de las teorías que construimos. Porque, en palabras de Sheila Jasanoff, los conocimientos científicos están socialmente coproducidos. Y todos y todas somos parte de esa coproducción.
Cuando terminé quinto año de la secundaria tuve el privilegio de poder estudiar una carrera universitaria, y elegí la licenciatura en biotecnología. Era la “carrera del futuro” según la mirada adulta, que ponía el acento en el trabajo en un mundo incierto en todo sentido. Pero ese universo me esperaba más allá, y yo estaba convencida de que quería ser investigadora científica. No fui una estudiante brillante aunque igual me fascinaba materia a materia. Sufrí más de una decepción, pero no de la ciencia, sino de quienes la hacen. Cuando tuve el título en mano ratifiqué mi deseo de trabajar como investigadora. No voy a mentir: me encontré con un ambiente que puede resultar hostil, en el que la egolatría y la meritocracia son parte de su columna vertebral, y descubrí que el esfuerzo por mantenerse a flote es cotidiano y, también, agotador. Pero la ciencia me seguía resultando linda, me enamoraba. Será porque lo bello lo es más cuando se comparte que disfruto tanto de dar clases.
Hacer ciencia hoy es emprender un camino de luces y sombras. Luces, cuando obtenemos resultados promisorios, cuando conseguimos fondos para nuestra investigación, cuando acordamos con las agendas propuestas por los gobiernos y podemos avanzar, y aportar a la construcción de un lugar mejor. Sombras, cuando los datos no cierran, cuando los subsidios se devalúan y son insuficientes, cuando caemos en desgracia ente la mirada del resto de la sociedad y se nos dificulta explicar el valor de nuestro trabajo. No porque no lo tenga, sino porque en países como el nuestro hay otras urgencias que atender, y la ciencia pasa a ser entendida como un lujo que no nos podemos dar. Entonces la pregunta de si debemos, podemos y queremos seguir sosteniendo un sistema de ciencia y técnica (Cy) en Argentina se hace ineludible.
Cada vez que atravesamos una crisis económica la mira para el ajuste se pone también en la ciencia y la comunidad científica: se recortan presupuestos, se reduce la planta de personal al no permitir nuevos ingresos, o se nos manda lisa y llanamente a “lavar los platos”. Sin ir más lejos, hace pocos días, ante el resultado de las Paso, con la notoriedad que ganó el candidato a presidente Javier Milei tras haber obtenido más de un 30% de los votos, otra vez la existencia y continuidad del sistema de CyT fue puesto en cuestión. Como en un circo romano, investigadoras e investigadores fuimos tirados al león, y sus votantes celebraron. Pero no es Milei y su personaje lo que importa acá, sino el aplauso de quienes en verdad lo que quieren es pan.
Podría decirle entonces a ese votante, y con justa razón, que la ciencia hace grande a un país, y que la soberanía científica es un valor a defender. Que el conocimiento es poder, que la ciencia es cultura y muchas frases por el estilo, con las que acuerdo, pero que se sienten vacías para quien es ajeno al sistema de CyT. Podría también asumir la típica actitud de invalidar al otro u otra hablando de su desconocimiento, su ignorancia. Pero no, no acuerdo con esas posiciones. Creo, en cambio, que nos debemos dar el debate, y que es imperioso construir agendas de ciencia, innovación y desarrollo que consideren las voces de otros actores de la sociedad civil valiosos, como los movimientos sociales, y los diversos colectivos y asambleas, que son quienes en verdad conocen los territorios donde se aplican las políticas sociales y de desarrollo productivo, escudadas en la experticia de los hombres y mujeres de la ciencia.
Vivimos en “sociedades del conocimiento” cuya matriz productiva está íntimamente ligada a la tecnología y al desarrollo científico. No contar con un sistema estatal de CyT nos pone en clara desventaja ante el resto del mundo desarrollado en tanto nos obliga a pagar por las tecnologías necesarias para el crecimiento del país, así como nos deja sin recursos para encontrar soluciones a problemas locales, que no constituyen un mercado de interés. La única forma de construir un consenso en torno a la necesidad de un capital científico es legitimándolo socialmente. Tenemos el derecho a acceder a una educación basada en la ciencia y a hacer uso de las innovaciones que mejoran nuestra vida. Y también tenemos el derecho y la obligación de analizar si todo desarrollo tecnológico nos lleva a mejor puerto, siendo esa una decisión que nos compete a todos y todas, a la sociedad en su conjunto.
Atravesamos una crisis de representatividad profunda, que desacredita no sólo a quien gobierna sino también al Estado, sus instituciones y sus trabajadores y trabajadoras. Ante la amenaza del autoritarismo y la prepotencia, la respuesta tiene que ser más y mejor democracia. Es vital entonces abrir el debate, y que nuestra voz experta habilite otras expresiones. La democratización de la ciencia es un camino tan interesante por recorrer. Nos abre a nuevas oportunidades, nos sacude y desacartona, nos acerca al resto de la sociedad y, además, nos permite compartir y contagiar el amor por la ciencia.
(*) Doctora en ciencias biológicas e investigadora del Conicet.