Investigadores cuentan cómo nació su pasión por la ciencia
Son del Conicet. Recuerdan su niñez y cuentan quiénes fueron los que despertaron en ellos la curiosidad científica

Sábado 11 de Abril de 2020

El temor social ante la pandemia hizo que como nunca antes se pusiera atención a la comunidad científica. De repente —y en buena hora— los trabajadores de la ciencia se transformaron en protagonistas de los medios de comunicación y en palabra autorizada a la que se le pregunta casi todo, desde cómo evitar los riesgos de contagio hasta como sobrellevar anímicamente la situación de confinamiento.

Todos ellos, hoy trabajadores reconocidos socialmente, fueron niños curiosos con ansias de descubrir, o adolescentes críticos dispuestos a cuestionar lo establecido y a encontrar nuevas respuestas. Seguramente exista en sus memorias alguna maestra siempre dispuesta a fomentar esa curiosidad, algún familiar a la orden para acompañarlos en el descubrimiento, alguna profesora que celebrara ese espíritu crítico o alguna vivencia escolar que los estimulara a mirar con otros ojos la realidad.

El contexto de crisis sanitaria que hoy padece el mundo y la conmemoración ayer en la Argentina del Día del Investigador Científico en honor a Bernardo Houssay —cofundador del Consejo Nacional de Investigaciones en Ciencia y Tecnología (Conicet) y premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1947— conforman excusas impostergables para homenajear a todos esos niños, niñas, adolescentes y adultos con espíritu científico del país.

La Capital dialogó con José Giavedoni (doctor en ciencia política) y con Natalia Santucci (doctora en ciencias biológicas), ambos docentes universitarios e investigadores del Conicet. Cuentan su historia, el despertar de la curiosidad científica en la infancia y el diálogo de la ciencia con las necesidades del país. “Desde pequeño mis padres me estimularon la lectura y yo acepté ese estímulo”, sostiene Giavedoni. Mientras Santucci recuerda la anécdota familiar que de chica la llevó a decir: “Quiero ser médica, pero de las que hacen investigación”.

Estímulo lector

“Mi inclinación más decidida por las ciencias sociales comencé a tenerla promediando la secundaria. Provengo de una familia donde padre, madre y abuelo son abogados, por eso entiendo que esto tuvo alguna implicancia en mi elección”, cuenta José Giavedoni, licenciado y doctor en ciencia política e investigador adjunto del Conicet.

“Desde pequeño mis padres me estimularon la lectura y yo acepté ese estímulo”, dice Giavedoni sobre su infancia, en un hogar donde también se escuchaba mucha música, pasión que sigue practicando “sin concesiones”. Su mamá abandonó temprano la abogacía y comenzó a estudiar artes plásticas, lo que lo conecta al mundo de la Escuela Provincial de Artes Visuales Juan Mantovani, los museos, las exposiciones, la cuadros, la acuarela, el óleo y el acrílico, los grandes pintores del litoral y del mundo: “El mundo que me rodeaba —dice— se constituye como un fuerte soporte donde sostener la elección de las ciencias sociales”.

En el recuerdo familiar de su interés por las ciencias sociales también menciona a su tío, sociólogo de la UBA, con quién compartió varias temporadas en una casa en el delta del Tigre durante su adolescencia. Y que no duda que ese vínculo fue determinante en su elección futura.

De su etapa en la escuela secundaria, le resulta llamativo —o no tanto— que los recuerdos más vivos que guarda de sus docentes sean de los profesores de historia y ciencias sociales.

Comenzó a estudiar derecho en su Santa Fe natal y en tan solo dos años y medio logró meter once materias. Pese a ello, la carrera no terminó por seducirlo y tomó la difícil decisión de patear el tablero y viajar a Rosario a estudiar ciencia política en la UNR, facultad donde hoy dicta clases.

“Formo parte de una generación que encontró un Estado decidido a potenciar su sistema científico y tecnológico. Mi formación ha sido en escuela pública, universidad pública y obtuve mi título de doctor en ciencia política a partir de un programa de becas del Conicet”, apunta. Advierte además que “el desfinanciamiento que hubo en el sector en los últimos años supondrá mucho esfuerzo para recomponerlo y continuar en un proceso de fortalecimiento”. Y sobre las ciencias sociales, afirma: “Han ocupado un lugar importante en la tradición de pensamiento de nuestro país, siempre a los empujones frente a quienes pretenden desvalorizarlas. Las ciencias sociales tiene un impacto muy directo y concreto cuando pensamos, por ejemplo, en la sociología y la generación de estadísticas, la filosofía y su papel en los comité de ética con el que cuentan varias instituciones, la antropología y la generación de políticas hacia grupos sociales bien definidos o la ciencia política para la generación de propuestas en torno a sistemas electorales, generación de proyectos en políticas públicas. Las ciencias sociales son indispensables para pensar lo que somos como colectivo, lo que hemos sido y lo que hemos llegado a ser, como modo de pensar hacia dónde marchamos y hacia dónde querríamos marchar. De aquí la importancia decisiva que les reconozco y la necesidad de continuar apostando por ellas.

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Médica que investiga

Natalia Santucci recuerda que de muy niña cuando jugaba siempre asumía la pediatría como futura profesión. Pero en una charla su papá le contó que la hermana de una compañera de trabajo se había recibido de médica pero había decidido no dedicarse a atender pacientes sino a la investigación. Ahí se le prendió la lamparita. A partir de ahí, cada vez que le preguntaban que quería ser de grande decía: “Médica, pero de las que hacen investigación”.

Licenciada en biotecnología y doctora en ciencias biológicas e investigadora de Conicet, Santucci bucea en sus recuerdos y dice que matemática era su materia preferida en la primaria. “Creo que la biología, como universo a descubrir, me la mostró mi papá en las múltiples caminatas que compartíamos. El me enseñó biología, botánica, zoología, química y algo de astronomía. Pero por sobre todas las cosas me transmitió un amor muy grande por conocer el mundo que nos rodea, en sus múltiples aspectos y formas”, afirma.

Recién de adolescente, Santucci optó por las ciencias biológicas. Y ya en las clases de química en el Normal 1 de la mano de la profesora Araceli se enamoró de la disciplina. “Entender la composición de todo nuestro universo material, sea este visible o no a simple vista, me fascinó”, cuenta. Con química orgánica voló aún más lejos y supo que lo suyo no era la medicina sino la biología molecular. Lo más parecido a ello que en encontró en la UNR era la licenciatura en biotecnología de la Facultad de Bioquímicas y desde el año 1997 anda “por la zona”. Actualmente es docente en la Facultad de Medicina y también trabaja en el Instituto de Inmunología Clínica y Experimental (Idicer-Conicet-UNR), que depende de ambas facultades. “El lugar donde me enamoré profundamente de la biología fue la universidad”, confiesa.

Para mirar el mundo   

La biotecnóloga de la UNR también dedica tiempo a la divulgación de la ciencia en las escuelas. Siente que conocer nos hace crecer como humanidad y que la infancia y la adolescencia es el mejor momento para enseñar a preguntarse y a buscar respuestas: “Los niños y niñas tienen la curiosidad a flor de piel, el mundo se les revela permanentemente y ellos van construyendo una imagen de él en función de lo que van aprehendiendo”.

Para Santucci, la ciencia “es una forma de mirar y pararnos ante el mundo”, con un método para intentar abordar y conocer aquello que nos rodea, que garantiza la verosimilitud de los conocimientos que produce. “Conocer nos hace libres, nos permite elegir, nos permite incidir sobre aquello que deseamos cambiar. Ofrecer herramientas para conocer ese universo y hacer mis conocimientos accesibles a otros, hace que todos y todas seamos un poco mejores después de que nos acercamos e intercambiamos nuestros saberes”, agrega.

“Cuando yo era niña la investigación científica se percibía como una disciplina de elite, sólo accedían quienes eran extraordinariamente inteligentes y lo suficientemente altruistas como para dedicarse a ella. Y la verdad es que ese era un imaginario social construido a base de pura meritocracia. Hoy en día la mayoría de los investigadores asumimos que investigar es trabajar. Como un trabajo más, aunque con el plus de que es un trabajo al que accedes después de haberte formado mucho, porque tuviste la oportunidad de hacerlo”, reflexiona la investigadora. Esta nueva concepción de la tarea de investigar dice que llevó a que muchos puedan ingresar a la carrera de investigadores y trabajar para el Estado. Entiende que, de alguna manera, la investigación “se ha popularizado, en la acepción más hermosa del término”. En una suerte de “apertura” que ha tenido el sistema, que ha generado un aumento en número y calidad de la producción científica nacional. Y al igual que Giavedoni, afirma que pese a que la gestión nacional anterior desfinanció la ciencia, pudieron resistir: “Hoy ante la pandemia del Covid-19, rápidamente nos pusimos en movimiento para comenzar a producir conocimientos y aportar soluciones a este nuevo problema, lo cual demuestra que estamos en buen estado de salud pese a todo. Esperemos que ahora quede en claro lo necesario de un sistema científico puesto a disposición de los problemas de su pueblo. Ser soberanos en ciencia y tecnología nos permite crecer como nación”.