Educación

Infancia y adolescencia, los cuerpos dóciles de los niños

Las infancias de nuestros días: ¿sujetos de derechos u objetos fáciles de manipular por el mercado?

Sábado 23 de Diciembre de 2017

"Mi hija está medicada hace dos años". "En mi aula hay tres chicos medicados y yo no se bien por qué ni qué hacer". "Nos dijeron que es un chico TGD". Estos y otros enunciados similares forman parte de las consultas clínicas y de los decires institucionales de nuestros días. Dan cuenta de modos actuales de la construcción social de la infancia, en los que la vieja estrategia de psicopatologización toma nueva fuerza, suplementada cada vez más por la medicalización temprana.

Ante el avance de estas modalidades de intervención sobre la niñez, que va ganando lugar tanto en prácticas privadas como públicas —presente por ejemplo en la firma reciente de un convenio entre la Municipalidad de Rosario y una organización que promueve la realización de diagnósticos tempranos del autismo, en base a cuestionarios, para la "capacitación" de los profesionales de efectores municipales— desde la cátedra de Intervenciones en Niñez y Adolescencia, asignatura correspondiente al 6to. año de la carrera de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), compartimos una serie de reflexiones que brinden herramientas para permitir cuestionar la naturalización de estas modalidades.

La literatura y la ciencia se han ocupado de diseñar a lo largo de la historia diferentes figuras de lo infantil. La infancia fue tomada como objeto por el discurso religioso, pedagógico y jurídico, entre otros. Así encontramos en los textos alusiones a los niños y niñas como: querubines, diablillos, salvajes, indomables, alumnos, menores.

Leandro de Lajonquière (1), psicoanalista argentino, aporta la idea del niño como un ser marcado por la diferencia. Cada generación atribuye a sus pequeños características que los hacen diferentes a sus predecesores. Así es frecuente escuchar que los niños de hoy son más inteligentes o rápidos de lo que hemos sido nosotros mismos, inaugurándose una dialéctica entre lo extranjero y lo familiar. Pero nos advierte de ciertas formas de pensar al niño que tornan imposible el diálogo intergeneracional y la familiarización; esto es pensarlos y mirarlos, como extraterrestres o salvajes. Esas otras miradas y decires configuran intervenciones: familiares, profesionales y políticas diversificadas.

El niño "salvaje" o "de otro mundo" presente en el imaginario actual, aquel con el que no es posible "conectarnos" porque "nos supera", "nos agota", "exponen nuestras impotencias", producen mecanismos de expulsión; ya que "no hay educación posible si el pequeño-ser está marcado a fuego por la salvajería o la extraterritorialidad".

Estrategias del mercado

Sabemos que el mercado necesita el despliegue constante de nuevas estrategias para captar masivamente a la población y que, con la ilusión de ofrecer las soluciones a sus problemas, absorbe a los sujetos como una máquina centrífuga que los deja girando en torno al centro, en tanto consumidores, pero que inexorablemente los expulsa cuando las posibilidades de consumir decaen. Así aparecen a la vista de todos, pero especialmente ante quienes trabajamos por la salud de las personas, los efectos multiformes de esas operaciones expulsivas, que los psicólogos solemos llamar "desubjetivación". Sin entrar en tecnicismos, desubjetivar implica no ver y tratar al otro como sujeto de derecho (desde una mirada política, universalizante), sino como objeto dócil, fácilmente manipulable por la publicidad entre otros potentes estimuladores del consumo. Tampoco se puede imaginar a ese otro, semejante, como alguien con necesidades, deseos y potencialidades singulares en función del recorrido particular que haya ido tomando su vida, inmerso en una sociedad determinada por tiempos y espacios comunes, que ofrecen el suelo donde se dibujan los senderos particulares que cada cual desde su singularidad construye y recorre. Ese doble juego entre lo social y lo singular que ocupó a la psicología desde el inicio de sus desarrollos teóricos está absolutamente vigente en estos momentos históricos, aunque la tendencia al borramiento de la singularidad se plasma en acciones cotidianas y los sujetos quedan/quedamos mudos e inmóviles ante tanto avasallamiento.

Cuando se trata de los niños y niñas la violencia es aún más descarnada y cruel, y cuando desde la política, con una pretendida "consideración especial" hacia la niñez, se promueve la utilización de tests que permiten a cualquiera hacer diagnósticos "fácil y rápido", las acciones urgen.

Pasamos del "sentimiento hacia la niñez" que se construyó a partir de la modernidad, al "los niños venden" que hizo que se los utilizara para las estrategias de sensibilización y promoción de todo tipo de productos, y más recientemente podríamos decir también "los niños compran", ya que a ellos van dirigidas innumerables campañas publicitarias.

Diagnósticos y etiquetas

Los diagnósticos que los clasifican agrupándolos bajo etiquetas que borran su singularidad y los igualan mediante una serie de síntomas que cualquiera (padres, maestros, profesionales, etc.) pueden detectar, los coloca bajo la sombra de la sospecha de que "algo" puede no andar bien. Estos diagnósticos, lejos de construirse en una estrategia clínica que dé lugar al despliegue de la subjetividad de cada niño, suelen definirse a partir de cuestionarios aplicados de manera masiva, no siempre por personal idóneo, justificados por el interés de detecciones tempranas. Tal aplicación masiva, tiene como efecto ¿secundario? el naturalizar supuestos cuadros psicopatológicos e instalar una mirada vigilante y alerta en las interacciones entre adultos y niños.

La pregunta es entonces, por los adultos, porque también sabemos que sin adultos que signifiquen a esos otros como semejantes no hay niños.

Entonces los adultos comenzamos a mirar con otros ojos, y seguramente dejamos de escuchar, con lo cual inexorablemente el camino estará certificado, habrá desencuentro y no diálogo, repetición y no reelaboración, certezas y no preguntas. En fin, seguiremos dócilmente (pero con sufrimiento) a la masa...

De Lajonquière es enfático cuando sostiene que "la renuncia de los adultos al acto de educar es una forma de infanticidio". (2)

Respetar el tiempo de los niños y niñas significa permitir que sigan imaginando, como El Principito, un elefante tragado por una boa, antes que un sombrero, en la figura curvilínea.

El trabajo principal que hacen los niños y las niñas, y hacen al ser niño o niña, es el juego, actividad que inexorablemente va de la mano de la creatividad y la imaginación.

En representación de la Cátedra

Intervenciones (Psicología UNR) Ana Bloj, María Crisalle y Ana Maschio. (1 y2)De Lajonquière, Leandro. Figuras de lo infantil. Nueva Visión. Bs. As. 2011 pp.227

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