Sábado 21 de Agosto de 2021
Revincular es un verbo, una acción que venimos escuchando desde los Ministerios de Educación, y que venimos diciendo las y los educadores. Pero ¿qué significa revincular, en un contexto tan complejo como el que estamos aun atravesando? En un año escolar nuevamente diferente en el que las y los docentes nos hemos tenido que reinventar de mil nuevas maneras para transitar las diferentes formas de hacer escuela que tuvimos, la pregunta por la revinculación emocional y escolar se hace imprescindible.
¿Por qué? En el regreso presencial a las aulas se van visibilizando dificultades que afectan a las infancias y adolescencias, y los adultos y especialmente los docentes tenemos que ser capaces de ver y acompañar. Esto no diluye la alegría del encuentro, los mil y un inventos de formas de jugar y manifestar afecto que niñas, niños y adolescentes han ido inventando respetando los protocolos. Su resiliencia, su adaptabilidad a estos tiempos. Pero no todo, evidentemente, es alegría. La escuela como espacio de lo público aloja hoy casi todas las historias vividas y sufridas en lo que viene durando esta pandemia. Pérdidas dolorosas de todo tipo, miedos, inseguridades, están presentes también, cada día en el decir, en el hacer, en el sentir.
Las y los adolescentes hablan del miedo a la soledad, miedo a no tener amigos, a que esto siga igual. Los dolores se hacen presentes también en forma de angustia, fobias, regresiones tanto en las infancias como en las adolescencias. Algunos/as han perdido habilidades sociales, no saben cómo acercarse a los otros, como si se hubieran olvidado. Han perdido autonomía, con una escuela en casa en la que el espacio que les era propio de la escuela, muchas veces les fue ocupado también por la familia. La reconstrucción de vínculos con sus pares, en presencia, a muchos/as se les hace cuesta arriba.
En lo pedagógico también hay dificultades. En diálogo con ellos. Otros/as no quieren entrar en la escuela. Tienen miedo. Manifiestan no acordarse cómo estudiar para una prueba, “de memoria”, dicen. También plantean que necesitan tiempo para reacomodarse, para hilar lo enseñado y asimilar mejor lo aprendido. La pantalla ocultaba sus inseguridades y angustias. La presencialidad las deja al descubierto.
Los y las escucho habitualmente como parte de mi trabajo y pienso que las políticas de cuidado de las que se hablan hoy en tantos vivos, charlas y conversatorios, deben hacer de la amorosidad la constante en la escuela. Esta se debe manifestar en diálogo, que se haga escucha de las necesidades de las chicas y los chicos. Escuchar, ofrecer, esperar. Y cuidado con psicopatologizar las dificultades. No sea cuestión que la pandemia, los distanciamientos, la escuela en casa, recaigan en sus consecuencias sociales y emocionales en los/las propios chicos/as que teniendo que hacerse cargo en lo individual, hagan de los consultorios psicológicos y psicopedagógicos, un desfiladero. Cuidado con ese 70 por ciento de contenidos que se supone, tendrán que ser aprobados. ¿70% de qué contenidos, en medio de tantos cambios? Burbujas, aislamientos, nuevamente burbujas, cambios de horarios permanentes, para quienes tienen la suerte —sí, la suerte— de tener escuelas que no fueron robadas en este año y medio, para quienes tienen la suerte de haber tenido conectividad, dispositivos, para quienes pudieron contar con ayuda para aprender en casa. Y aun así, pensar que hay un punto y aparte en esta nueva presencialidad, es igualmente someterlos a una presión más, que se suma al mundo incierto, inseguro, que estuvieron viviendo.
Necesitamos colectivamente tiempo para reacomodarnos, reconocernos después de esta experiencia que nos cambió la vida, reencontrarnos aún con nosotros mismos (maestras/maestros), en nuestras posibilidades, y actuales limitaciones. Darnos, darles la mano para ayudarlos a caminar. Reaprender.
No podemos volver como si nada hubiera pasado. Como si nada nos siguiera pasando. Contraponer a los tiempos apurados de correr con el programa —ahora que ya estamos en la escuela— y correr con pruebas (la rápida inercia de volver a viejos conocidos) ahora que estamos en presencialidad, tiempos no apurados de jugar (amada María Elena Walsh), de dialogar, de encontrarnos, de disfrutar del aprender, hilando lo que no terminaron de entender, con serenidad y calma.
Paremos la pelota. Hay un mundo que todavía se cae a pedazos. Es urgente que nos preguntemos por lo que ofrecemos en las escuelas, por su sentido. Y que caminemos enlazados/as, revinculando escolar y emocionalmente, construyendo un presente que nos sostenga y no deje desescolarizado/a, a ninguno/a.