Educación

En claves de sol y corcheas

La música no es una sola, no la interpreta un único elegido, ni tampoco hay un repertorio sagrado.

Sábado 14 de Julio de 2018

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Miguel Hernández,

Nanas de la cebolla.

Los mejores restaurantes de cualquier ciudad, los mejores chefs del mundo no necesariamente desplazaron la comida casera, ni la mano de la abuela, de mamá o papá para cocinar algo cuyo sabor es irrepetible.

Pero con la música sí ocurrió una hiperespecialización que dejó a todos, salvo a los profesionales, sentados en una butaca o relegados a cantar bajo la ducha.

Nada reemplaza la voz de una madre o un padre cantando una canción mientras acuna, pero todos están convencidos de que "no hay que cantar desafinando". La música, más que la danza, la literatura o la plástica, quedó reservada al club de los dotados o iniciados.

Este libro nació cuando, al recorrer primero la Argentina y luego México, me encontré con que faltaban profes de música y faltaban instrumentos. Sobraban ganas de hacer música, pero faltaba permiso.

Por no ser el mejor jugador de la selección en el mundial no vamos a privarnos del placer de un picadito con amigos, todas las semanas. Este libro, como un Robin Hood de claves de sol y corcheas, quiere devolver el gusto por la música, en un sentido amplio, de manera que enriquezca el ambiente en el que crecen nuestros niños.

Cuando afirmamos que cualquiera puede hacer un juego musical, siempre que lo haga con entusiasmo y en la mejor versión que pueda, desplazamos el lugar de autoridad. Sí hay, por supuesto, grandes artesanos, maestros, oficio y más oficio; eso es amor, entusiasmo, convertidos en horas y horas de práctica, irreemplazables. Pero la música no está en un altar y tampoco tiene un único camino de llegada, sino muchos, tantos como personas quieran disfrutar de ella. La música no es una sola, no la interpreta un único elegido, ni tampoco hay un repertorio sagrado.

Hagan música casera, compañeros, como hacen pastelitos y se esmeran en que les salgan inigualables, claro. (...) Si en ese camino descubren que quieren pasar más y más horas sancando un tema difícil en la guitarra o tocando la batería, ya profesionalmente, no se detengan.

(...)

Cantar enfrente de otros y leer en voz alta nos dejan en la misma orfandad que cuando damos nuestros primeros pasos. Nuestra voz tiembla, igual que cuando nuestros pasos inseguros no nos sostenían. No se detengan. Oigan su propia voz, primero tímida con un nudo en la garganta, quizás, tropezando entre sílabas, y luego ganando en confianza. Esa confianza en ustedes los acompañará a otras situaciones, así como los primeros pasos se dan para aprender a caminar y los que siguen, para ir hacia algo. No dejen de leer para sus amigos, sus seres queridos, avergonzados por "no leer bien"; nade cambiaría la voz del amigo, o de la madre o el abuelo, por la de un lector profesional.

No dejen de inventar historias para sus hijos porque no son escritores, canten con sus alumnos, lean en voz alta, hagan rondas, juegos de palmas y lleven la música de su infancia hasta la infancia de ellos. Y si los niños se quejan alegando que esa música es antigua, ustedes defiéndanla argumentando que la de ellos es nueva y nunca fue a la Luna y puede ser peligrosa. Se reirán, aprenderán entusiasmo y querrán ser como ustedes; tercos y apasionados.

Entre nosotros y la lectura, entre nosotros y la música o los juegos, nada debe interponerse. La naturaleza, con sabia sabiduría, dispuso que el gusto y el entusiasmo enciendan sus luces cuando encontramos un camino que nos libera o nos proyecta. Aunque no tengamos palabras para explicar por qué, como en el amor y en la pareja, "lo sabemos". De modo que no volvamos extraño el alboroto del entusiasmo. No pidamos a nuestros queridos niños que siempre se sienten, que se controlen, que primero hay un paso y luego otro paso. No, no siempre es así, pero lo más importante: amiguémoslos con la alegría y el entusiasmo, como una guía en sus vidas, no los van a traicionar. Como escribí en un poema: "Lo que nos gusta es otro de nuestros sentidos"): no es que por tener ojos somos esclavos de nuestra mirada, pero nos los cerramos para avanzar. No es que por tener "gusto" y "entusiasmo" seremos esclavos de caprichos y hedonismo, pero tampoco de ejemplos de tenerlos como una guía de nuestra vitalidad.

Y los juegos son buenos mediadores en el oficio de la vitalidad y la alegría. Hay juegos que todos podemos hacer al mismo tiempo, otros exigen turnos, y si no se respetan el juego se arruina. Siempre reconocemos a un jugador que no juega de verdad: es aburrido jugar con él, las trampas arruinan la intensidad del juego.

Cuando un niño pequeño se presenta, es como si dijera: "Aquí estoy, ya llegué"; con los juegos lo que les respondemos es: "¡Llegaste a un buen lugar!¡Estamos felices de recibirte bienvenido!". Eso es traducido en un lenguaje emocional infantil, lo que pasa en los recreos y durante un buen momento de juego.

(...)

Finalmente, quizás ustedes también hayan observado que nuestra época apunta aun individualismo como nunca antes se dio: podemos comunicarnos con quien queramos sin levantar la vista hacia quienes nos rodean, podemos hacer nuestra playlist de videos y canciones, y ser "nosotros mismos". Todo parece alentar a que uno sea singular, único . Sin embargo, junto con es mensaje convive un impecable discurso normalizador. A tal edad, tales habilidades, tales comportamientos, y si no, el gabinete psicopedagógico recomendará un tratamiento para disfuncionalidades que antes eran..."es inquieto", y ahora son un síntoma y un trastorno disfuncional de la atención.

Es una época con tantas singularidades como etiquetas. Hay tanto discurso a favor de la diversidad y la inclusión como miedo a ser diferente, y fracasar. El fracaso se esconde detrás de más y más señales que monitorean nuestro día a día, y de muy cerca.

Como soy un sobreviviente a un desarrollo tardío, habiendo elegido una profesión completamente insólita en mi pueblo, como siempre hice el chiste de que me tocó nacer a 100 km de la largada, y luego fui premiado con un éxito no temprano, quiero decir que, si este libro pudiera acompañar a un maestro que mañana tiene que dar una clase y está perdido porque el grupo es terrible, o acompañar a un niño que se siente un queso con la flauta que le pusieron en las manos y no sabe que es un gran bailarín —todavía no lo sabe—, me gustaría decirles a uno y a otro, como viejo compañero de demoras, de presentar currículos, de escribir cartas pidiendo oportunidades, como un especialista en salas de espera, quisiera decirles: paciencia y confianza.

Miguel Hernández, otra vez, tiene un poema de amor:

Satélite de ti, no hago otra

cosa si no es una labor de recordarte.

Es tan hermosa esa imagen, y la uso para la infancia que hace orbitar a lo largo de toda la vida. Yo, por ejemplo, que no podía ser un héroe físico porque era muy malo para los deportes, logré ser uno con la risa, por hacer reír a mi madre o a mi padre, mecánico. Un cowboy de la risa, hagan de cuenta.

Del humor no nos podemos alejar, al menos sin riesgo de alejarnos de la ética; y de un elegante equilibrio entre logros, ilusiones logradas y otras que seguirán siendo ilusiones.

Fui entendiendo que trabajar con los chicos es ocuparse del hombre en cualquier edad, entre hilos inalcanzables pero que lo sostienen: la ilusión (llámenla los logros), las aspiraciones y la infancia. Este libro, lleno de juegos y actividades, lo hice para que el niño que fui sea el payaso que le gustaba ser, para el que no se quedaba quieto en su banco porque terminaba antes (y que no pase nada), para el deportista que no se destacaba (pero que espera que lo inviten a participar, de todos modos). Que ese niño que fui, y mueve mis dedos en el teclado, encuentro entre ustedes un buen grupo de amigos, de maestros, llenos de paciencia, confianza y entusiasmo.

Del prólogo del libro "Una que sepamos todos. Taller de juegos, música y lectura (para el aula, la casa, el campamento o el club), de Siglo XXI Editores.

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