Educación

El sentido ético y pedagógico de la inclusión educativa

Fragmento del libro "Escuela inclusiva", una recopilación de textos sobre la atención a la diversidad en las aulas

Sábado 19 de Octubre de 2019

La escuela, como se sabe, es una institución moderna surgida para llevar adelante la tarea de formar a las nuevas generaciones, permitiéndole a niños, niñas y jóvenes su plena y legítima incorporación a la sociedad. En este sentido, la escuela representa un orgullo para el mundo occidental, implicando su existencia y continuidad una convergencia mayor en la sociedad de intereses políticos, culturales y económicos.

Actualmente, los procesos de democratización del mundo —de la mano de una nueva oleada de derechos humanos—, expresados en una creciente insatisfacción ante el paradigma social dominante por parte del grueso de la población, han llevado a relevar el sentido de vivir juntos y, específicamente, por la necesidad de incluir a todos y todas en los beneficios y promesas de la modernidad. En este contexto, la escuela está fuertemente interpelada a constituirse en un espacio educativo en y para la inclusión, ya no sólo en términos de las denominadas necesidades educativas especiales sino más bien en relación con desplegar procesos inclusivos que legitimen la presencia en la escuela de distintas minorías y formas de ser y de hacer asentadas en los márgenes de la sociedad. Este desafío —se ha sostenido— supone transformar la mentalidad de las personas, pero también las políticas educativas y, en particular, la cultura escolar.

En este contexto, cambiar la mentalidad de las personas que "no creen en la inclusión" parece aún una tarea pendiente y altamente compleja. Recordemos que la inclusión (escolar) es hoy en día —para los profesores— lo que fue la convivencia en el 2000 y lo que fue la formación ciudadana a comienzos de los años noventa, es decir, un problema y un misterio, una política educativa caída del cielo a las escuelas, con el consiguiente desánimo de parte de los educadores ya agobiados por las exigencias de un pesado currículo oficial. Lo anterior puede ser ilustrado con estas frases:

—"¿Y ahora qué se les ocurrió que hagamos?", dice un colega.

—"Yo no creo en esta cosa", dice otro.

—"Esto es lo mismo de siempre, pero con otro nombre", dice un tercero.

—"Colegas, es nuestra responsabilidad educativa… si no lo hacemos nosotros, ¿quién?", agrega una profesora cuyo hijo tiene discapacidad motora.

¿Qué tienen en común todas estas expresiones del profesorado frente a la inclusión? Probablemente, que no hemos podido otorgarle sentido pedagógico profundo al desafío de la inclusión, representando una más de las exigencias que la escuela va aglutinando, una al lado de la otra, pero sin razón de ser. En este contexto, vale la pena despejar algunas dudas pedagógicas sobre lo que significa —o no— decir "yo no creo en la inclusión".

Primero, recordemos que la educación es un proceso social de doble naturaleza. Por un lado, una dimensión valórica (el sentido de educar) y, por otro, una dimensión instrumental (los contenidos y medios empleados para educar). En el plano instrumental lo que importa es la eficiencia en el logro de los aprendizajes (rendimiento, resultados en pruebas estandarizadas), mientras que lo valórico se refiere a aquellos elementos de la cultura que dan significado a la vida humana (como la democracia y la moral). De este modo, cuando hablamos de convivencia estamos preguntándonos por la necesidad de aprender a vivir juntos. Lo mismo ocurre cuando la educación releva la formación ciudadana en cuanto necesidad de mejorar las competencias democráticas y reflexivas de los educandos. Así también, cuando hablamos de inclusión se hace referencia a la opción de la escuela por acoger, comprender y valorar a todos y todas las personas, para aprender también a vivir juntos con las diferencias y distintas capacidades de unos y de otros. Todo esto orientado por una racionalidad ética y de búsqueda de justicia social.

En este marco, ¿qué tipo de educación estamos dispuestos a ofrecer a niños, niñas y jóvenes de nuestros países en la articulación de racionalidades instrumental y valórica? Es decir, ¿cuánto de rendimiento y cuánto de valores queremos en el aula? Debe entenderse, en consecuencia, que "no creer en la inclusión" puede ser interpretado como la opción consciente de ubicarse del lado de quienes declaran irrelevante la dimensión valórica de lo educativo.

En segundo lugar, aceptemos que cuando la escuela privilegia esta opción valórica (de vivir juntos, de vivir en democracia y de incluir unos a otros), estamos interpelados a hacernos cargo de promover y crear en la escuela un clima armonioso, nutritivo y seguro para sus miembros. Esto es, en sí mismo, virtuoso y deseable, pudiendo constituirse en un indicador de calidad que debemos valorar y evaluar. Adicionalmente, hoy sabemos que este entorno positivo (inclusivo, democrático y convivencial) constituye una variable pedagógica que potencia los aprendizajes de los educandos, es decir, mejora explícitamente el rendimiento escolar. De este modo, quien dice "yo no creo en la inclusión" está renunciando a priori a este clima escolar positivo y también, de paso, a mejorar la calidad y la efectividad de los aprendizajes de los estudiantes.

En tercer lugar, es necesario señalar que la inclusión, entendida como vivir juntos unos y otros, con las diferencias y capacidades que todos tenemos, supera la noción básica de "atender a la diversidad de personas que no aprenden" (eso que llaman "necesidades educativas especiales"). Hoy, la opción ética de incluir implica sobre todo empatizar y acoger a quienes provienen de otras culturas (inmigrantes, mapuches), a quienes manifiestan orientaciones sexuales nuevas (superando la heterosexualidad) o a quienes sencillamente ven el mundo de forma distinta. Es decir, la inclusión requerida supone una noción de diversidad más amplia: no patologizadora, ni normalizadora ni impositiva. Así, hemos de entender que quienes "no creen en la inclusión" están viendo sólo una parte del problema, esa parte que exige la experticia y apoyo de la educación especial. Sin embargo, como hemos dicho, la inclusión es mucho más que eso, por lo que se transforma en tarea de toda la escuela, de todos los profesores. Es una exigencia ética de la profesión pedagógica de carácter transversal. Que la atención a la diversidad se reduzca a unos momentos y a unos profesionales dentro de la escuela, no cambia nada ni transforma la sociedad presente.

En último lugar, parece necesario aclarar que la inclusión como opción pedagógica ética y transversal no ocurre sólo en el territorio del aula sino también fuera de ella. Y ocurre también fuera de la escuela: en la familia, en el barrio, en la sociedad como un todo. Dentro del aula, los profesores apelamos a nuestras competencias didácticas (e innovadoras) para incluir. Dentro de la escuela, apelamos a nuestras competencias curriculares (e innovadoras) para incluir. Pero fuera de la escuela, ¿qué podemos hacer para promover más y mejor inclusión? En este contexto, parafraseando a Paulo Freire, podemos sostener que la "inclusión es un acto ético y político". Ético, como hemos dicho, pues la inclusión apela a valores, al sentido de vivir juntos. Político, porque los pedagogos estamos llamados a vivir la experiencia cotidiana de estar con los otros, en la empatía, la reciprocidad y el diálogo. Lo político es aquí: ¿qué estamos dispuestos —de verdad— a hacer por los otros? Decir, en suma, "no creo en la inclusión" puede significar "no me interesa el otro", "no quiero hacer nada por el otro", "no creo en el otro", todo lo opuesto a una práctica educativa concebida en sentido humanizador y liberador, como dijo el mismo Freire: "La educación es un acto de amor". Lo político es también, como propone Henry Giroux, la responsabilidad intelectual y pública de los pedagogos de operar y participar en la sociedad en el marco de la discusión y la praxis política que deriva de su rol social, especialmente a propósito de la generación de discursos, propuestas y políticas sociales orientadas por la inclusión y la justicia social. Lejos, muy lejos del mentado "yo no creo en la inclusión".

(*) El autor de "Escuela inclusiva" (Homo Sapiens Ediciones) dará una charla con entrada libre y gratuita el viernes 25 de octubre a las 18.30 en el Centro Educativo Latinoamericano, Pellegrini 1352. El pedagogo chileno estará además el sábado 26 de octubre en el teatro El Círculo para participar del congreso "Educar para transformar, un desafío constante".

librobazancampos

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