El secundario para adultos que pidieron los barrios
Es una anexo de la Eempa 1.306. Abrió su primer año a fines de julio pasado. Las vecinas y vecinos lo celebran como un logro.
Es de noche, la casi única iluminación que se divisa en Avellaneda al 5.800 es la del edificio escolar donde funciona un secundario para jóvenes y adultos, que ya suma 60 inscriptos solo en el primer año. Nació del pedido de las vecinas y vecinos, se consolidó en las mesas barriales y es una realidad desde fines de julio pasado. En ese margen urbano, donde las líneas de colectivo ingresan de noche solo con custodia policial, docentes y estudiantes construyen otro horizonte.

Por ahora el secundario para adultos es un anexo de la Eempa 1.306 Roberto Fontanarrosa. Sus clases comenzaron para el primer año de la modalidad. La promesa oficial es que se irán sumando en forma progresiva los cursos restantes. El director a cargo, Carlos Cárdenas, dice que esta apertura es "un golazo" para la educación de adultos, y que todos los días reciben consultas para anotarse y seguir los estudios; y no sólo para arrancar.

Mate en mano, haciéndole frente al frío que corre por el pasillo que mira a un patio abierto, la referente de la vecinal de barrio Hume, Celeste Fernández, celebra la conquista y augura un buen futuro de oportunidades: "Trabajamos desde las mesas barriales para tener la Eempa. Es una puerta que se le abre a la gente para terminar el secundario". No tiene dudas que eso habilita además a un mejor situación educativa y por qué no laboral. "Para cualquier trabajo, lo básico que te exigen es el título secundario", argumenta.

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Las mujeres, mayoría. Dicen que quieren ser un ejemplo para sus hijas e hijos.


Opinan las alumnas

Ya en el salón de clases, son las mujeres las que toman la palabra. Laura Díaz (49) y Alicia Bertossi (53) valoran que este secundario haya surgido del pedido conjunto de los barrios Hume, Villa La Cariñosa, Puente Gallego, Tío Rolo, del Plata, Estación El Gaucho y Mangrullo (este último llamado igual que el ubicado sobre el Saladillo). Las alumnas y alumnos que hoy habitan el Anexo Nº 6.306 vienen de esas comunidades de la ciudad.

"Todos estamos medios aislados, por eso se pidió para esta zona la escuela", dice Laura sentada en los primeros bancos del salón. "Estamos cerca de nuestras casas, de nuestro barrio, porque aquí cuesta salir para el centro o hacia otros lugares donde hay Eempas", agrega Alicia valorando la posibilidad de aprender cerca de casa.

Ramona Fabio (55) y Lucila Méndez (32), otras alumnas de primero, explican que una de las razones de ese aislamiento es la falta de líneas de colectivo y de iluminación. La escuela donde funciona ahora el anexo es la Secundaria 497, de Ombú 3840. Está rodeada de fábricas, a pasos del campo de entrenamiento del Club de Rugby Duendes.

"A veces los colectivos no entran al barrio (Hume). Tenemos que caminar hasta Ovidio Lagos o Francia a tomarlos", cuentan de una realidad cotidiana que las atraviesa como ciudadanas y trabajadoras.

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El secundario para adultos está ubicado en Ombú 3840 (Avellaneda al 5800).


Cambiar la rutina

Desde que se abrió el secundario, la rutina diaria de Ramona cambió. Es empleada doméstica, trabaja por hora. "No tengo hijos chicos, pero igual entre el trabajo, la casa y mis perras... hay que organizarse para venir a la escuela y estudiar". Lo dice feliz de la decisión tomada.

También Carolina Zabala (39) se las ingenia para abrirse este tiempo de estudio en medio de muchas otras tareas: "Trabajo en casa de familia, tengo 5 chicos: de 22, 15, mellizos de 9 y una nena de tres años. Las más grandes me ayudan. Y yo trato de organizarme con el estudio".

¿Por qué terminar el secundario siendo adultos? Porque es un derecho, por mejores oportunidades laborales, porque es una revancha con la vida y también porque buscan ser ejemplos de sus hijos. Esta última es una de las razones que nombran en la charla las alumnas del anexo.

Cuando era adolescente Sandra Muñiz (51) empezó el secundario pero no pudo continuar. Es mamá de cuatro hijas e hijos, entiende que hacerlo ahora, de grande, conseguir este título, es también una motivación para ellos. "Una incentiva a los hijos a terminar el secundario, pero ellos te dicen «¿Y vos? no lo terminaste, si vos no lo hiciste, ¿por qué nosotros»", comenta dándole la razón a esas inquietudes.

Mónica Cardozo (50) también atribuye mucha importancia al ejemplo que las familias puedan ofrecer. "Estamos en un momento difícil, donde no encuentran incentivos para seguir estudiando. Esto es una ayuda también para ellos, al ver que nosotras con la edad que tenemos lo podemos hacer. A mí también me pasa que me reclaman «Vos qué me podés decir si no lo terminaste». Entonces ahora estoy acá", reflexiona Mónica.

A los 50, Norma Gaitán se trazó el proyecto de tener el título de secundario completo. Hace 22 años que trabaja como mucama, tiene una hija de 24, a la que siempre piensa en ofrecerle lo mejor que puede. Hoy es poder completar la escuela obligatoria.

Un ida y vuelta

Todo el primer año estrena carpetas, cuadernos y lapiceras. Las ganas por aprender mantiene al grupo expectante de la clase. En ese momento de la charla están con la profesora Cecilia Cerezo, quien les enseña ciencias naturales. "Es un desafío para mí y para ellos. Esto es siempre un ida y vuelta", define la docente sobre el sentido de encuentro e intercambio que tienen los aprendizajes, más en la enseñanza de adultos. Rescata que estén ahí, porque sabe que eso les dará mejores herramientas, por ejemplo, para proyectarse en el trabajo.

En la provincia de Santa Fe, según datos oficiales, poco más de 40 mil jóvenes y adultos (40.601) aprenden en una Eempa o en uno de sus anexos. De esa cantidad, 12.986 lo hacen en alguna de estas escuelas de Rosario. En barrio Hume se escucha decir que son siempre bienvenidas estas oportunidades de escuelas presenciales, también que faltan más en todos los barrios. El día que se inauguró este anexo estuvieron presentes el gobernador Miguel Lifschitz, la ministra de Educación Claudia Balagué y la intendenta municipal Mónica Fein.

Afuera del salón esperan el director Cárdenas, quien se reparte la semana de trabajo entre las dos escuelas a su cargo (la sede y el anexo); Mariela Ghiglione, la única auxiliar que se encarga de todo lo administrativo y operativo del secundario y Celeste Fernández, la vecinalista que se muestra satisfecha con lo conquistado (y que de paso ofrece otro mate para ayudar a pasar el frío). Adentro, la clase continúa con su programa para responder a las ganas de aprender de sus alumnas y alumnos, y demostrar que el barrio ya no es el mismo.