Educación

El impacto de la pobreza en los aprendizajes

Reflexiones en torno a las demandas educativas y sociales. La misión de educar en contextos marginales.

Sábado 13 de Octubre de 2018

Soy pedagoga social, docente y trabajo en los niveles primario, secundario y en ONGs. Desde 1984 hasta 2017 participé en barrio Ludueña en un trabajo socioeducativo e intersectorial desde el comedor escolar Betania, cuyo referente era el padre Edgardo Montaldo. Actualmente, al igual que en otros tiempos que creí superados, en las escuelas y espacios de educación no formal por donde transito observo una multiplicación de cuerpos estallando en síntomas. Niñas y niños que llegan a las aulas sin haber desayunado, almorzado o que refieren como alimentos una taza de mate cocido o fideos.

   Al mismo tiempo, muchas y muchos compañeros me cuentan de adultos que no asisten a los Centros de Alfabetización y Educación Básica para Adultos (Caeba) porque no tienen para la tarjeta de colectivo. En reiteradas oportunidades me dicen que observan... hambre.

   Según los especialistas, si dentro de los primeros años de vida el cuerpo no recibe los nutrientes necesarios el cerebro no puede desarrollarse correctamente. Ese daño es irreversible. El hambre afecta también la capacidad de memoria y concentración, produce estados de depresión, ansiedad y agresividad. Como educadoras y educadores, reclamamos el derecho básico a la alimentación equilibrada. Porque el tiempo de la infancia es hoy.

   El Movimiento Nacional Chicos del Pueblo, una experiencia en la que participamos desde barrio Ludueña en el 2017, reitera: "El hambre es un crimen que aniquila el prodigio de la vida. Debe ser detenido. Sí o sí. Porque en nuestro país no faltan riquezas, ni alimentos... Faltan en cambio la voluntad política, la imaginación institucional, la comprensión cultural y las ganas de construir una sociedad de semejantes".

   Quisiera detenerme en esta frase: "La comprensión cultural y la construcción de una sociedad de semejantes". Por un lado, pareciera que hay valores, tales como la igualdad, que están en cuestión en nuestro país (no nos bancamos tanta equidad, tantos "derechos otorgados inmerecidamente"). Y, por otro, se elogia "la viveza" de hacer dinero fácil mediante la timba financiera (lebacs, leliqs, dólares). Sin embargo, paradójicamente, los mensajes que transmitimos en nuestras escuelas son los del valor del trabajo, el esfuerzo, el sacrificio, la formación y la vida en dignidad.

   Recuerdo que por los años previos al 2001, en el comedor Betania llegaron a asistir más de 800 niñas y niños, en un comedor que funcionaba con tres turnos, con 50 mujeres denominadas "madres colaboradoras", y en donde recibían lo que probablemente fuese su único alimento del día, en una combinación de comedor escolar y comunitario.

   El padre Montaldo siempre decía que el desafío de ese espacio era "mucho más que dar de comer". Se constituyeron grupos de ayuda mutua entre mujeres ante la violencia de género, se formaron equipos de trabajo y reflexión sobre alimentos y reuniones con equipos de salud. Indudablemente el mayor suplemento nutricional eran los lazos. El arte, incluido como medicina. El rechazar la meritocracia, sentirnos parte "del hormiguero" transformando el espacio y nuestras vidas en el compartir.

   Nutrirnos implica acceder al universo simbólico. Constituye la posibilidad de poder expresarnos con todo nuestro cuerpo, con todo nuestro ser, expresar opiniones involucrando la propia lengua para abrir nuevos espacios, para apropiarnos de sueños que todas y todos compartimos (vivienda, viajar, vacacionar, acceder a bienes deseados), problematizar el uso del lenguaje, poder reflexionar sobre el patriarcado, hablar de la igualdad y la convivencia, apropiándonos de las palabras y sus sentidos.

   La precarización económica no se reduce sólo al hambre, pero al llegar a este extremo toca bordes críticos en términos de la dignidad humana. Alimento, transporte, útiles, hasta las fotocopias parecen de difícil acceso.

   En educación, la posibilidad de revisar nuestras miradas en términos de inclusión, de equidad y de derechos humanos es fundamental. La posibilidad de alojar al otro es vital; la empatía, imprescindible.

   Cuando las políticas públicas precarizan la vida de las personas, la vulneración de derechos y el desentendimiento de las graves problemáticas sociales nos llevan a que la labor educativa sea un trabajo en un campo minado. Minado por la pobreza, las violencias, la desprotección, las inequidades de género, la naturalización del patriarcado, la represión y la pérdida sistemática de derechos. Cada día son más las familias que pierden el trabajo, que dejan de acceder a una obra social o prepaga (niñas, niños y jóvenes que pierden la posibilidad de continuar con sus tratamientos, así como de contar con acompañantes terapéuticos, integradoras, etcétera). Situaciones en las que, aún teniendo obra social, deben ir a los espacios públicos porque no pueden pagar los adicionales.

   Resulta casi una obviedad decir que padecemos los efectos de un sistema sin rostro humano; un sistema que toma decisiones políticas y se desentiende de las consecuencias que implican. Sabemos que dichas decisiones se aplican en pos de saquear los recursos de todas y todos y, sobre todo, en beneficio de unos pocos.

   Quienes tuvimos el privilegio de acceder a las proteínas para poder pensar, tal vez tengamos que revisar urgentemente nuestra capacidad de pensamiento crítico y creativo. Replantearnos las posibilidades de tejer redes y alianzas para detener esta maquinaria de generar excluidos, en pos de proteger la vida, la salud y la dignidad de tantas personas que están en caída libre hacia las mayores desprotecciones y desesperaciones; para incorporar herramientas de reflexión, creatividad y pensamiento, comprometiéndonos en la construcción de otra sociedad posible.

   La educación está convocada para ocupar un lugar estratégico en este desafío. Necesitamos comprometernos en transformar nuestra sociedad en "un mundo donde quepan todos los mundos".

(*) Pedagoga social

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