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El grupo de los cinco

Una historia escolar que habla de los caminos que abren las y los docentes, publicada en el libro "De guardapolvos y campanas".

Sábado 10 de Octubre de 2020

Son cinco. Tienen doce y trece años. Están en la escuela. Son alumnos. La irrupción de la adolescencia trajo aparejados, además del estirón y el incipiente bigote, el crecimiento de las gorritas en sus cabezas y de los percing en sus narices. ¿Cuál fue el momento exacto en que se zafaron del guardapolvo y de la remera de la escuela? ¿Qué pasó en sus casas, por qué no los vieron? Ahora están aquí, así.

No faltan nunca: para sacarnos de quicio, para desafiarnos, para obligarnos a verlos. Nos producen dolores de cabeza, de panza, de cuerpo, de alma, de teoría que se hace trizas contra una práctica que ya no sabe más qué hacer. Están aquí y así se despiden de la primaria que los vio crecer.

Son cinco. ¿Una bandita? Son cinco para ir y venir desafiando las leyes. Vagan por los pasillos en los recreos, miran de reojo, esperan alguna ocasión. Siempre hay algún desprevenido que deja algo de valor en el salón: celulares, relojes, cartucheras, masitas. Vagan adentro, vagan afuera. ¿Ensayan adentro lo que será la vida de afuera? ¿Están aquí para anoticiarnos de la irrupción de ese mundo tenebroso que no nos animamos siquiera a mirar?

La ley

El peso de la ley. En algún punto la ley tiene que valer. Aunque sea esa ley tan mínima, tan chiquita y defensiva que reza que “en 3a escuela no”. Basta de comprender y justificar. Tengo que enfrentar esta situación. No puede ser, tendré que salir a chocar contra el sálvese quien pueda y esta ley de la selva que impera cuando los vínculos se disgregan. A poner las cosas en su lugar. (Primer aprendizae forzoso luego de muchos años: para educar hay que chocar).

Desquiciada vago por los pasillos de la escuela, tratando de ver por qué resquicio se metió la barbarie de la desintegración.

Silvia

Silvia es maestra de primer grado. El año pasado fue la maestra del grupo de los cinco.

Muchas facturas nos pasaron los pibes por haber cambiado de grado a quien consideraban “su maestra”. Pero la necesidad institucional de poner a los más pequeños en manos expertas pudo más: treinta niños de seis tenían que aprender a leer y a escribir, a contar, a sumar, a restar.

El día que faltó el celular de Nico, sin pensarlo demasiado la fui a buscar: “Ayudame, a vos te van a escuchar”. Se encerró en el grado, los dejé solos, me fui.

Qué pasó allí adentro no lo sé. Tampoco me quiero enterar. (Segundo aprendizaje: no querer saberlo todo, ni decirlo todo, ni escucharlo todo).

La cosa es que el celular apareció. Con el correr de los días también aparecieron los mouse que habían desaparecido de la sala de computación.

La re - habilitación

Los cinco van a ayudarla. Le cuentan cuentos a los de primero. Les ayudan a pegar las fotocopias, a indicarles dónde tienen que escribir, a reconocer el sonido de las letras. Van en las horas del recreo. O piden permiso en las horas de clase con la promesa de ponerse al día. Hacen sus trabajos para poder llegar rápido a la clase de primero.

¿Qué hizo Silvia con ellos? No sé. Intuyo que con su arte de maestra los anudó por un rato en la institución escolar. Habilitó un lugar, un espacio donde poder ser responsable frente a los más chicos.

Intuyo, pero no sé más que esto que les cuento.

¿Final feliz para los cinco?

Ya se darán cuenta que por una cuestión de edad no soy Heidi, pero tampoco la abuela de Caperucita.

¿Cuánto durará la rehabilitación? Seguro que será efímera como todas las cosas buenas. En unos meses los cinco dejarán la primaria.

¿Me cruzaré de vereda cuando ya no nos reconozcamos?

La escuela no puede cuando está sola y peleando en el medio de la nada. Sólo por un rato, una mujer maestra los habilitó a ser ayudantes en la cátedra de primero.

La escuela sola no repara, no remedia, no arregla. Pero qué lindo es ver a los cinco de séptimo con los de primero. Pero qué lindo es verla a Silvia, mi compañera creciendo, desarrollando ese arte secreto.

En cuanto a mí? No se me cura el vicio de andar desquiciada buscando por qué resquicio se mete la desintegración en la escuela. Pueden verme vagando por el patio en los recreos, cuidando niños, repartiendo sogas para saltar, sogas para no atarnos pero sí para anudarnos y agarrarnos fuerte, fuerte. Como la abuela de Caperucita, que intuye la llegada de un lobo muy feroz devorador de subjetividades de niños adolescentes, custodio un patio donde se pueda jugar sin miedo. Para que la ley de la selva no gane la batalla en este territorio. En este, mi territorio, en el que elegí: la escuela.

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