educación

Cumbre en el Uritorco

Un texto con el paisaje de barrio Acindar y las aventuras de un grupo de chicos jugando en bicicleta.

Sábado 14 de Noviembre de 2020

Hasta los once o doce nuestro mundo no se extendía más allá del bulevar Oroño, la avenida Circunvalación y las vías del ferrocarril Rosario-Buenos Aires. Dentro de esos márgenes pasábamos nuestros días, jugando a la pelota en el campito de Don Lorenzo o en Don Bosco, cazando pajaritos con la gomera en las quintas de Volunterio, jugando a las bolitas debajo de algún árbol o juntando figuritas y etiquetas de cigarrillos.

La diversión más sofisticada que teníamos era correr carreras con kartings de madera que construíamos con los requechos de una carpintería del barrio y rulemanes viejos. Andrés, el hijo del ferretero, conseguía latas de distintos colores y pinceles para pintarlos como las Ferraris, los Lotus y los McLaren de Fórmula Uno que veíamos por la tele.

Al hacerlos andar hacían un ruido infernal. Las viejas de la cuadra salían enojadísimas a la hora de la siesta porque no lograban dormir. Entonces nos metían adentro hasta las cuatro y media.

Pero el mejor juguete, el que todos queríamos tener, era la bici. Nueva o usada, heredada de un hermano, de un primo, o comprada de segunda mano, la bicicleta era el regalo que todos esperábamos recibir en Navidad o Reyes cuando teníamos cinco o seis años.

Aprender a andar sin rueditas y dejar el guardapolvo a cuadritos eran nuestros ritos de paso de la primera infancia a una niñez más autónoma. Pocas cosas en la vida son tan excitantes como esos primeros metros recorridos sin ayuda, quizá aprender a escribir nuestro nombre, tal vez dar nuestro primer beso y seguro un gol de Ñubel en el último minuto del clásico. Fuera de eso no mucho más.

En bici íbamos y veníamos a donde fuera. A la escuela, a lo de un amigo, a hacer mandados, a la esquina, a la otra esquina, a dar la vuelta a la manzana. Podíamos pasar días y días dando vueltas y vueltas y vueltas... Como Bicicleta andaba (mos) el mundo, apresurado (s)...

Y andar en bici no representaba, a fines de los 70 y principios de los 80 peligro alguno... salvo que fueras obrero, participaras del sindicato, estudiaras en la universidad, tuvieras alguna participación política..., pero de eso nosotros supimos algunos años después, cuando las bicicletas pintadas de Traverso aparecieron para hacer notar las ausencias...

En carnaval le atábamos bombuchas infladas con aire a las horquillas. El roce de los rayos las hacía sonar y, cuando éramos muchos, la gente se daba vuelta asustada por el ruido.

Uno de los últimos días del verano del 84 nos enteramos que había una especie de pista con subidas y bajadas detrás del barrio Acindar. “Podemos ir a saltar con las bicis como en las carreras de motocross”, dijo uno y todos nos entusiasmamos. Hubiéramos salido disparados, pero algunos teníamos que pedir permiso para cruzar avenidas. Al otro día, quedamos en juntarnos en la esquina de mi casa a las cuatro.

Cuando llegamos había unos pibes serpenteando el circuito de tierra, esquivando charcos y saltando pozos. Se paraban en la bici y pedaleaban con fuerza para subir las ondulaciones y se dejaban llevar por la velocidad en las pendientes. En total había siete saltos y desde el más alto se podía ver la vía onda y un campo sembrado. Acostumbrados a la llanura, para nosotros, subir a la loma más alta era como hacer cumbre en el Uritorco.

La primera vuelta la hicimos con cuidado, despacio y, por falta de velocidad, terminamos subiendo los saltos más altos a pie.

En la segunda nos animamos y empezamos a tomar vuelo. Subíamos apretando el pedaleo y bajábamos sintiendo el viento en la cara. Procurábamos que ese impulso nos sirviera para llegar, con el envión y algunas pedaleadas fuertes, a la cima de la siguiente subida.

Así continuamos un rato hasta que, uno de nosotros, aceleró un poco más, apretó fuerte con sus manos el manubrio y logró despegarse del piso. Al verlo todos empezamos a imitarlo y, al ir tomando confianza, fuimos saltando cada vez más hasta que, en un rapto de valentía, hice despegar mi bici como si tuviese alas. Por un instante supe, o creí saber, como se siente un campeón del mundo, pero al segundo siguiente estaba desparramado en el suelo, lleno de tierra y raspones, con el manubrio en mis manos, y el resto de la bici como a cinco metros y con seis pibitos alrededor cangándoseme de risa.

Con toda la vergüenza del universo, mientras los otros seguían rondando el circuito, levanté los pedazos de mi verde rodado y con más bronca que dolor, caminando me fui a lo de Dutto.

El tipo al verme llegar, gomín entre los labios, sin dejar de inflar una cámara recién remendada, le gritó al pibe que lo ayudaba con una mueca burlona: “Otro que viene de la pista de Acindar”.

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