Educación

Cuidar la experiencia del jugar en la temprana infancia

El juego posibilita a los pequeños apropiarse lúdicamente del entorno, comprenderlo y construir sentidos.

Sábado 20 de Julio de 2019

Asistimos a una sociedad en la que la vida cotidiana de los niños y las niñas de las grandes ciudades (de sectores socioeconómicos medios y altos) suele estar regida por el aceleramiento, con tiempos ocupados en múltiples actividades extra-escolares y escaso espacio para jugar con otros, con un mundo mediado a través de las pantallas que los capturan, configurando un modo diferente de ser y estar en el mundo. En este contexto las infancias cuentan con una disminución de experiencias lúdicas (Pavía, 2006), con un grado de libertad menor para jugar (Sarlé, 2015), o con un jugar dominado y regulado (Calmels, 2018).

Frente a este estado de situación sobrevienen dos alternativas, una ligada a aceptarla como una realidad dada expresada en la idea de que "es la que nos toca y hay que aceptarla, los niños ya casi no juegan". La otra, a la cual adhiero, que entiende que la realidad es una construcción social y, en consecuencia, quienes somos parte de ella podemos contribuir a su transformación desde una posición reflexiva, crítica y comprometida con un futuro diferente. De allí la importancia de estas líneas, como un pequeño aporte desde la idea de que hay que cuidar la experiencia del jugar en la temprana infancia para que la construcción de lo infantil tenga lugar.

El juego no es innato ni natural, es resultado de un aprendizaje social realizado en el seno de relaciones interindividuales y, por lo tanto, es producto de una cultura. Huizinga (1968) presenta al juego como un fenómeno cultural y resalta su condición de actividad cuya función humana y social resulta tan importante como la reflexión y el trabajo. Lo define por su carácter libre y su adecuación a un tiempo y espacio; por la presencia de reglas, la posibilidad de crear, la ficcionalidad y el respeto por la iniciativa de los jugadores.

El jugar en tanto actividad voluntaria abre un mundo nuevo imaginario, donde se pueden utilizar diferentes caminos para llegar a un mismo sitio, probando alternativas sin temor al error o al fracaso, ya que el jugar se desarrolla en un espacio protegido. Es un nutriente de la imaginación y con la fórmula verbal: "Dale que…", aparece la comparación como el umbral de la metáfora. El jugar posibilita a los pequeños apropiarse lúdicamente del entorno, comprenderlo, y construir sentidos. Jugar es di-vertirse, dar otra versión desdoblándose de la realidad lo que habilita a imaginar otras nuevas y diferentes, siendo por ello emancipatorio (Kac, 2015).

Tiempos de la infancia

Esteban Levin (2006), plantea que la infancia es un período de tránsito, que dura poco, pero es un período muy fértil de desarrollo, crecimiento, estructuración y formación en muy diversos aspectos. Es una temporalidad en la que el sujeto ejerce la imaginación creadora de lo infantil. Ejerce la libertad ficcional, la apasionada y ardiente curiosidad, la creatividad imaginariamente simbólica, donde el jugar tiene un rol clave por ser lo infantil de la infancia. En ese jugar se produce la operación simbólica de la sustitución, donde el niño se pone con el cuerpo en escena, anticipa un personaje, lo transforma construyendo un saber-hacer infantil, un jugar con el representar que crea nuevas significaciones.

El jugar con emoción y afectación compartido con otro, que mira-juega con amoroso interés, posibilita que la experiencia tenga lugar en un mundo cuya virtualidad establece relaciones de superficie, entendiendo a la experiencia como el modo de habitar el mundo de un ser que existe, de un ser que no tiene otro ser, otra esencia, que su propia existencia: corporal, finita, encarnada, en el tiempo y en el espacio, con otros. El jugar, en tanto práctica significante (Rodulfo, 1999), provoca una ruptura del orden simbólico y da ocasión para que el ser del sujeto se dé en existencia (Kac, 2009).

Si lo que predomina no es el jugar, sino los juegos virtuales/digitales, el niño se reitera en lo mismo en lugar de repetirse en la aventura de la diferencia, y construye una memoria presente y reiterada en lo uniforme, pensando y sintiendo en imágenes. Crea así un presente irreal que cuestiona de tal modo la realidad, que llega a confundirse con ella. Como consecuencia, queda excluido en su mundo, en ese lenguaje digital —virtual, que en algunos casos, llega a fragmentarlos y a alienarlos. En los videojuegos los niños tienen la impresión de ser libres, de hacer lo que quieren con el aparato, cuando en realidad toda la trayectoria y secuencia del juego está predeterminada matemáticamente desde el principio hasta el final. Solo pueden recorrerlo en un espacio transitorio, sin cuerpo y efímero, donde las opciones están planificadas y se reproducen estereotipadamente de modo predecible y aunque goce con las imágenes digitales, ese goce lo excluye del lazo con los otros (Lewin, 2006).

El jugar es cosa seria (Baraldi, 2001) ya que posibilita hacer experiencia y los adultos tenemos una gran responsabilidad, desde el lugar de los Otros significativos (padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tías, adultos cuidadores, docentes) dispuestos a jugar y a sostener el juego de los niños y niñas, siendo promotores del desarrollo de la capacidad lúdica.

De nanas y avioncitos

Las bases del jugar se gestan en los primeros años de vida con la presencia, constancia y en cercanía del adulto con plasticidad actitudinal, introduciendo acciones lúdicas en la vida del niño, al decir de Calmes (2018), a través de los juegos de crianza o corporales. Sobre la base de éstos, que posibilitan tomar y poner el cuerpo como objeto y motor del jugar, devendrán otras posibilidades lúdicas. Durante las actividades de crianza, como lo son la alimentación, el sueño y la higiene, el adulto despliega actividades fundantes de la capacidad lúdica: meciendo a la hora de dormir, haciendo el avioncito con el cuerpo del bebé, jugando a aparecer y desaparecer con la sabanita; cantando nanas y otras tales como "La linda manito", "Tortitas de manteca", haciendo que la cuchara sea un avioncito durante la alimentación, entre muchos otros más. Cuando ya dominan la marcha los adultos van introduciendo nuevos juegos: que te agarro y te cacho, el lobo, las escondidas, construir y derribar torres juntos, haciendo que comemos, que hablamos por teléfono. También leyendo y disfrutando cuentos con ellos, apreciando juntos una obra de arte descubriendo a qué se parece, ya que arte y juego tienen una misma naturaleza (Gadamer, 1991) donde el pensamiento simbólico se convierten pensamiento estético. El adulto propone y el niño dispone en la interpretación de los objetos y los espacios ofrecidos (del como si, del dale que, del érase una vez...).

El jugar nos conforma, nos da la forma humana y nos vincula con la creatividad y la autoría. Como adultos responsables demos permiso para el jugar y un espacio-tiempo en el cual el pasado se active y el futuro se haga presente. En un mundo donde la noción de rentabilidad parece no admitir la noción del "tiempo perdido" (Maud Mannoni, 1982) rompamos con ello. Desafiemos al tiempo y permitamos a los niños ser niños. Ofrezcamos espacios protegidos donde el jugar tenga lugar, humanicemos las infancias y salvaguardemos la experiencia del jugar para que la construcción de lo infantil tenga lugar desde una disponibilidad tejida con "tiempo perdido".

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