Cuarentena

Cómo viven la cuarentena los pibes y las pibas de los barrios

Jóvenes con militancia en territorio hablan de la participación popular frente al hambre y de la agenda de las infancias.

Sábado 30 de Mayo de 2020

La emergencia sanitaria detonó urgencias en los barrios más vulnerables. El hambre y la falta de trabajo es horizonte cotidiano en los sectores postergados y cómo dar respuesta a esas demandas la pelea diaria. Pero también la solidaridad es hija de estos tiempos. Así lo demuestran quienes, cada día, arman ollas populares en las esquinas, clubes y comedores. Pero ¿cómo viven la cuarentena los pibes y pibas de los barrios? ¿Cuáles son sus batallas diarias? ¿Cuál es la agenda de las infancias más humildes? Jóvenes con militancia en territorio en Rosario y el Gran Rosario cuentan las estrategias de supervivencia y los lazos solidarios que se tejen a diario para hacer frente a la pandemia y sus consecuencias económicas y sociales. “Reinventando formas de llevar adelante sus vidas”, como sostiene uno de los referentes barriales.

   “Lo que estamos viendo es que los pibes y pibas de los barrios populares de Rosario y el Gran Rosario son de los más afectados por esta pandemia, porque son justamente quienes generalmente tienen trabajos informales, y con la cuarentena no pueden generar esos ingresos que eran cotidianos”, cuenta Facundo Peralta, referente de la organización popular Causa, con trabajo territorial en Villa Banana, en el oeste rosarino.

   Frente a este escenario, Peralta cuenta que los y las jóvenes de las barriadas han generado estrategias para salir para capear un presente atravesado por privaciones e incertidumbres, e “inventado” trabajos para paliar las necesidades básicas. A modo de ejemplo, da cuenta de pibes que van al mercado de productores a comprar pimientos para venderlos luego casa por casa. Por supuesto con guantes y tapabocas. También están los otros que en pleno otoño salen con un escobillón, tocan el timbre de los vecinos y ofrecen el servicio de barrer las veredas cubiertas de hojas. “Así van buscando la moneda diaria, están inventando formas de subsistencia porque las que tenían antes obviamente están obstruidas por el aislamiento social”, reflexiona.

Los jóvenes son los más afectados por la pandemia, porque tienen trabajos informales y con la cuarentena no pueden generar esos ingresos

   Mariano Romero es responsable de la zona sur del Movimiento Evita de Rosario y desarrolla su tarea militante en 23 espacios barriales. “Básicamente laburamos en los asentamientos y acá es prácticamente nula la cantidad de personas que tienen trabajo formal, la gran mayoría vive de changas o está en negro, y hay familias enteras que salvo por el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) no tienen ningún ingreso”, cuenta el militante del Evita.

   En efecto, el IFE llegó para asistir a trabajadores afectados por la suspensión de sus actividades, entre ellos desocupados, trabajadores informales y trabajadoras de casas particulares. Tal como señala Natalia Zuazo en una nota publicada el sábado pasado en La Capital, uno de los principales impactos del IFE fue su alcance a los jóvenes, al punto que el 24,8 por ciento del ingreso se destinó a personas de 18 a 25 años.

   “Además —dice Romero— hay otro agravante, porque no es lo mismo hacer una cuarentena en una casa o un edificio del centro que hacerla en una casilla donde las personas generalmente van a dormir, porque es un lugar muy chico. Entonces lo que se trata de hacer es que no salgan del barrio, porque es casi imposible vivir la cuarentena dentro de cada casa”. Otras preocupaciones que emergen con fuerza en estos contextos son las situaciones de violencia de género o doméstica. “Por el hecho de convivir mucho más tiempo, en un espacio muy reducido y con un montón de frustraciones, cualquier problemática anterior recrudece”, destaca.

   Romero menciona que otra de las problemáticas que brota en estos escenarios es la de chicos en crisis por consumo problemático de sustancias. Explica que los espacios de tratamiento específico no están pudiendo funcionar al cien por ciento, pero que además el consumo problemático en territorio no es el mismo que el que se da en otros estratos sociales: “En muchas ocasiones es un combo explosivo de otras vulnerabilidades, y cuando las otras vulneraciones se incrementan, el consumo es una vía de escape. Entonces aumenta el consumo, el nivel de violencia y aumenta también la ruptura de lazos sociales con los vecinos y dentro del grupo familiar”.

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Integrantes del Movimiento Evita, en tareas de asistencia en barrio Tablada. Afirman que una de las preocupaciones de los jóvenes es la falta de trabajo.

Integrantes del Movimiento Evita, en tareas de asistencia en barrio Tablada. Afirman que una de las preocupaciones de los jóvenes es la falta de trabajo.

El hambre

   Erica Pereyra participa desde 2002 en el Bodegón Cultural Casa de Pocho, el hogar donde vivía Pocho Lepratti, militante social asesinado por la represión policial de diciembre de 2001. Desde ese espacio, que cobija distintas actividades para los habitantes de barrio Ludueña, lo primero que hicieron fue dar respuesta a las necesidades que fueron surgiendo producto de la pandemia. Sobre todo —dice— ante la suspensión de los trabajos informales, que motivó que “muchos compañeros y compañeras que no tengan para morfar”.

   “Lo primero fue identificar entre vecinos y vecinas qué compañeros y compañeras estaban en esa situación. Y después está la memoria histórica de los barrios y de los pueblos que, ante determinadas situaciones, la respuesta es la solidaridad”, dice la joven. Así, comenzaron a surgir distintas ollas populares llevadas adelante por vecinos y comunidades de base del barrio, además de la asistencia que se brinda desde siempre en el Centro Comunitario San Cayetano. Movidas a las que los pibes y pibas de Ludueña también se fueron sumando. Articulando en red y organizando la solidaridad para que a nadie le falte la comida ni la merienda.

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   Mariano Romero (Movimiento Evita), destaca también que, en paralelo al trabajo de las organizaciones, en muchas esquinas se fueron armado ollas populares. Algunas de los propios vecinos y otras en torno a entidades como los clubes de barrio. “En estos días estamos muy activos más que nada con el tema alimentario, que es lo prioritario. Se nos triplicó la demanda en todos los lugares y vemos personas que no viven en asentamientos y que están viniendo a pedir también. Pero también es la propia gente de los asentamientos la que dona alimentos y teje redes de solidaridad muy interesantes”, cuenta Mariano Romero, el joven que junto a sus compañeros y compañeras del Movimiento Evita desarrolla actividades en Saladillo, Tablada y Puente Gallego, entre otros barrios.

   El día que habló con La Capital, Facundo Peralta (Causa) tuvo una intensa jornada de trabajo en Villa Banana, donde el espacio en el que milita cuenta con la Banateca, la biblioteca popular del barrio que hoy viró sus actividades hacia la asistencia alimentaria: “Hoy todas esas mamás que estaban trabajando en el espacio de cuidados que funcionaba en la Banateca están cocinando allí”. En la zona, además de las las ollas populares, trabajan en el club 27 de febrero, un espacio recuperado donde por estos días levantan dos salones, uno para la formación en oficios de adolescentes y jóvenes, y el otro para mudar allí el lugar de cuidados de la Banateca. Desde Causa, el joven militante forma parte además de la Liga de las Organizaciones Sociales del Gran Rosario, un frente conformado por 17 centros comunitarios de distintos barrios de Rosario y Pérez. “Desde ese lugar —agrega— estamos apuntalando actividades que ya existían antes de la pandemia y creando otras nuevas, porque con esto se nos multiplicó la demanda sobre todo en lo que respecta a alimento”.

La memoria histórica de los barrios y de los pueblos hace que, ante determinadas situaciones, la respuesta sea la solidaridad

   Pero además, cuenta que muchos pibes y pibas se están sumando al trabajo en las ollas populares. “En todos los lugares donde tenemos centros comunitarios, copas de leche o comedor —dice Peralta— están empezando a participar. Están reinventando las formas de llevar adelante la vida. Acompañados y acompañadas por los movimientos sociales e instituciones de los barrios que tratan de colaborar en esa tarea de reinventar sus vidas, porque son los mas afectados de todos”.

   Alejo Iztegui forma parte de Cruzando Vías, una organización social hermana de Causa que funciona desde hace casi tres años en el barrio Cabín 9, en el límite entre Rosario y Pérez. Son cerca de 40 adolescentes y jóvenes que comenzaron a trabajar en su momento con el programa Nueva Oportunidad de la provincia, mediante talleres y capacitación en oficios.

   “La pandemia y la cuarentena vino a golpear muy fuerte y a vulnerar aún más un montón de situaciones dentro de cada familia, porque muchos de los jóvenes que participaban de los cursos hacían changas o trabajo de albañilería y eso se paró todo”, cuenta. Ante esta necesidad, dice que muchos se han sumado a colaborar en el comedor y el merendero: “Son las mismas familias y los pibes los que, al ver esas demandas, buscan la forma de parar las ollas y organizarse para paliar esta situación. Por eso creo también que lo que más deja la cuarentena en estos sectores es el gran sentido de solidaridad, que se está viendo muchísimo”.

   “La desigualdad, la injusticia social y la falta de acceso a cuestiones básicas como el agua potable —agrega Iztegui— hacen que en estos momentos todo se recrudezca aún más y las situaciones sean mucho más difíciles de afrontar. Pero en estos sectores también surgen los lazos solidarios y esas iniciativas que vienen bien desde abajo, de juntarse con un vecino y decir «vamos para adelante»”.

   Sin embargo, también hay otras situaciones que desde los barrios advierten que, pese a la cuarentena, no han cambiado. “Si pensamos en como los atraviesa esto a los y las jóvenes, no hay nada nuevo en las dinámicas barriales en cuanto a las lógicas que ya conocemos de los abusos del aparato represivo, que no han desaparecido y que son parte de las políticas de control”, advierte Erica Pereyra (Bodegón Casa de Pocho).

   Coincidente con esta mirada, Facundo Peralta (Causa) pone el foco en el control social por parte de las fuerzas de seguridad sobre los jóvenes de los barrios más humildes. Días atrás, el diputado provincial Carlos Del Frade presentó en la Legislatura un pedido de informes sobre 40 episodios de abuso policial registrados en Rosario durante la cuarentena, entre detenciones arbitrarias, apremios ilegales, vejaciones y hostigamiento, entre otros hechos.

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En Villa Banana los vecinos del barrio se organizan para paliar las necesidades de alimentos. De las acciones solidarias participan muchos jóvenes de la zona.

En Villa Banana los vecinos del barrio se organizan para paliar las necesidades de alimentos. De las acciones solidarias participan muchos jóvenes de la zona.

   

Las víctimas ocultas

   Según un reciente informe de Unicef Argentina, se estima que para fines de 2020 habrá 756 mil nuevos pobres entre niños y adolescentes por los efectos sociales del coronavirus. En base a proyecciones basadas en la caída del PBI y de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, Unicef alertó sobre el crecimiento de la pobreza infantil monetaria en la Argentina, que en el segundo semestre de 2019 afectaba al 53 por ciento de los chicos y chicas, y que podría escalar al 58,6 por ciento hacia fin de año.

   Luisa Brumana, representante del organismo en la Argentina, alertó que los datos demuestran el Covid-19 impacta con más fuerza en las poblaciones vulnerables, amplía las brechas de inequidad que ya había en el país y aumenta los niveles de pobreza entre las niñas, los niños y adolescentes, a los que considera “las víctimas ocultas de la pandemia”.

   “Preocupa la combinación de elevados niveles de pobreza monetaria y estructural. Si los niños y niñas residen en viviendas inadecuadas o están hacinados, es difícil aplicar medidas de contención efectivas”, dijo la representante de Unicef Argentina.

   Desde la realidad que se respira en Villa Banana, Facundo Peralta advierte que en el caso de los niños y niñas cobra relieve en estos días el trabajo de las escuelas “no solo como espacios de enseñanza, sino también de contención, de escucha y de acompañamiento de los trayectos de vida de las infancias”. Y agrega: “Al estar cerradas las escuelas eso no se está pudiendo hacer y está todo condensado en las casas y en el barrio, donde se hace una cuarentena más comunitaria”.

   “Lo que vemos —dice Alejo Iztegui (Cruzando Vías)— es que los más chicos han sido los más postergados en esta cuarentena, porque no son factores de riesgo y han quedado relegados en un montón de cuestiones y la están sufriendo muchísimo”. A modo de ejemplo, cita el caso de la continuidad pedagógica durante la cuarentena: “Hay lugares y sectores que han podido mantener un vínculo más cercano con lo escolar a través de las clases virtuales, pero la verdad es que en muchos barrios es más dificultoso. Entonces no están pudiendo acceder a eso y el lazo con la escuela ha quedado limitado nuevamente a la cuestión del comedor”.

   Mariano Romero (Movimiento Evita) destaca el trabajo de los comedores que funcionan en las instituciones educativas, pero que en el caso de los contenidos escolares “muchas familias no usan aplicaciones en el celular, entonces tienen que pedir el de un vecino y así se les hace muy difícil tener una continuidad con las actividades de las clases”. En Santa Fe, un 35 por ciento los hogares de la provincia no tiene banda ancha, y en esas viviendas habita el 50 por ciento de los alumnos y alumnas del sector más vulnerable de la población.

   Erica Pereyra dice que si bien las salidas recreativas habilitadas desde la semana pasada trajeron un pequeño alivio a las infancias en cuarentena, el aislamiento social en los barrios detonó situaciones de angustia en los chicos y sus familias: “Esto, y también lo digo como mamá de un nene de 10 años, ha generado mucha angustia en ellos, de no entender muy bien qué esta pasando, por qué están tanto tiempo encerrados y no pueden ver a sus abuelos o a sus amigos de la escuela”.

   Para Iztegui (Cruzando Vías) también es clave comenzar a preguntarse qué otras cosas se les ofrecen a los chicos más allá de lo básico que es la alimentación: “Nos está costando llegar a ellos de otra manera y son los niños los que ahora están obligados a estar en sus casas, donde a veces las familias entran en un grado de complejidad muy fuerte, porque no pueden ir a laburar todos los días o porque emergen casos de violencia en el hogar. Y en este sentido también los niños son los principales perjudicados”.

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