Reforma universitaria

Claves para repensar el nivel superior en el ámbito público

El desafío imperioso es incrementar procesos de mutuo reconocimiento entre universidades y profesorados.

Sábado 16 de Junio de 2018

El cumplimiento de los 100 años de la Reforma Universitaria, movimiento que tuvo su origen en Córdoba en 1918, en confrontación con las actuales políticas previstas para la universidad en particular y para el nivel superior en general, nos invita a realizar una mirada retrospectiva que apunte a la comprensión de algunos procesos de la historia reciente y que, a su vez, permita delinear puntos de acuerdos en defensa de la educación pública. ¿Por qué homenajear ese acontecimiento? Porque se trató de un movimiento revolucionario que se alzó contra un orden largamente instituido en una institución emblemática para la formación de ciudadanía, cuyo modelo persistentemente tradicional, opresivo, dogmático, en manos de los más rancios sectores clericales y de poder atentaba contra el libre pensamiento y el desarrollo de la ciencia y de las ideas progresistas. También fue revolucionario porque fue la juventud, cansada de manejos viciados de estrechos dogmatismos por parte de autoridades y profesores, la que decidió levantar su voz y tomar en sus manos el nuevo rumbo que habría que darle a la universidad. Tal como se expresa en el manifiesto reformista, la juventud universitaria de Córdoba "se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad". Es decir, todas las dimensiones institucionales fueron puestas en cuestión. No se pidieron reformas parciales sino que se exigió que se reconozca el derecho a la plena participación en las decisiones institucionales. Y, si bien se trató de un movimiento que puede considerarse focalizado en el ámbito universitario, esos jóvenes, a través del llamamiento a toda la juventud universitaria de América, se constituyeron en un faro para otros movimientos similares. Por otra parte, el poder demostrado por una juventud cansada de "soportar a los tiranos" y organizada repercutió en diversos órdenes de la sociedad.

   Explicitada la importancia del movimiento reformista, organizaré este aporte tomando dos conceptos clave para analizar ese proceso y las encrucijadas actuales del nivel superior (universitario y no universitario). Se trata del concepto de democratización interna de las instituciones educativas y del de democratización externa. Considero que ambos permiten echar luz sobre ese momento histórico y posibilita, además, esclarecer el rumbo que debemos exigir a las políticas educativas actuales. Entendemos por democratización interna de las instituciones educativas a los procesos de gestión institucional que garantizan una amplia participación de los diversos grupos que conforman la vida institucional en la toma de decisiones. Entendemos por democratización externa del sistema educativo y de las distintas instituciones que lo componen al proceso a través del cual se garantiza el ingreso, permanencia y egreso de sectores más amplios de la sociedad a instituciones educativas que ofrezcan experiencias de aprendizajes que posibiliten continuar estudios e insertarse en la sociedad y en el mundo del trabajo en un plano de igualdad. Es decir que, el sistema educativo es democrático —externamente— cuando la institución educativa cumple una función compensadora de las diferencias generadas por un sistema injusto en lo socioeconómico.

   Si analizamos el proceso reformista a la luz de esos conceptos podríamos decir que la necesidad contextual llevó a poner el foco en la urgencia de dar un vuelco no sólo en el gobierno de la universidad, sino también en lo administrativo y académico. Tampoco dejó fuera la dimensión social, por cuanto uno de los principios reformistas apuntaba a modificar radicalmente la función social que debía cumplir la universidad y su relación con la sociedad. No obstante, podría afirmarse que el foco estuvo puesto en la democratización interna de la universidad, lo que de ninguna manera desmerece el proceso ni los efectos revolucionarios que el movimiento tuvo. Porque en definitiva ambos procesos se implican mutuamente, aunque en determinados momentos políticos se haya puesto más énfasis en alguno de ellos. Algunas políticas educativas durante los procesos democráticos han puesto mayor atención en favorecer la democratización externa del sistema educativo, otras en incrementar los procesos de democratización interna, muchas intentaron apoyar ambos procesos.

Políticas educativas autoritarias

Las políticas educativas autoritarias —procesos militares y neoliberales— se preocupan muy cuidadosamente por cercenar ambos procesos de democratización, precisamente porque saben muy bien que, a corto o largo plazo, se implican mutuamente. Y saben muy bien que los procesos democráticos institucionales generan procesos democráticos sociales y la democracia atenta contra los intereses económicos que esas políticas defienden. Sería motivo de otro análisis, muy interesante por cierto para comprender los conflictos actuales, mostrar que los principios de la democracia son absolutamente contradictorios con los intereses económicos del capitalismo financiero. No nos detendremos en los múltiples ejemplos históricos que demuestran la afirmación inicial de este párrafo. Sólo basta recordar la intervención de las universidades y el establecimiento de cupos durante las dictaduras militares y otras formas encubiertas —amparadas en supuestos procesos de modernización y eficiencia— de avance sobre las autonomías universitarias y de achicamiento de la educación pública, durante los gobiernos neoliberales.

   Basta el análisis de dos hechos actuales para desenmascarar las políticas educativas del gobierno nacional. No se puede dejar de mencionar las lamentables declaraciones de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires cuando afirmó, en el ámbito del Rotary Club, que considera un despropósito haber creado, en las últimas décadas, tantas universidades en su provincia porque, según sus propias palabras, "todos aquí (en el Rotary) sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad". La crudeza de esa declaración, desmentida por la realidad de las universidades referidas, pone en evidencia que la política educativa nacional ha decidido abiertamente avanzar contra la democratización externa del sistema universitario. Me permito recomendarle a la Sra. gobernadora y a todos los que piensan como ella, la lectura del clásico libro de Florencio Sánchez "M'hijo el dotor", escrito en 1903, en el que se da cuenta de cómo la educación pública de la región permitió cumplir, ya en esa época, con la aspiración de ascenso social de grandes sectores de clase media y clase media baja. Es decir que quienes dicen venir a instalar el cambio para el progreso están intentando retrotraer las aspiraciones sociales más allá de principios del siglo XX.

   También la decisión de pulverizar los 29 Institutos de Formación Docente de la CABA para reemplazarlos por una sola universidad —la UniCABA—, proyecto totalmente inconsulto, sin fundamentos teóricos ni empíricos, anunciado en los medios cuando todavía no se tenía una sola letra escrita sobre el mismo ni el más mínimo diagnóstico de situación, da cuenta del avance sobre la democratización del sistema educativo, muestra parte de las políticas de este gobierno y se diferencia de otras experiencias. Quienes conocemos ambos subsistemas del nivel superior argentino, sabemos muy bien de las fortalezas tanto de la universidad como de los Institutos de Formación Docente. Estos Institutos no sólo tienen una amplia y reconocida trayectoria en la formación de docentes, trayectoria que se ha profundizado y enriquecido en las últimas décadas —lo que habla de su fortaleza académica—, sino que ha cumplido una función social también muy importante, pues llegan a lugares a los que a veces la universidad no ha podido llegar, permitiendo que jóvenes de lugares alejados se queden a estudiar allí y luego se inserten a trabajar cerca de su lugar de residencia. Es decir que garantizan estudio a muchos jóvenes, además de posibilitar que los lugares alejados cuenten con docentes titulados.

   En Rosario se ha avanzado mucho en la articulación de los dos subsistemas de nivel superior, tratando de sumar fortalezas y apoyarse en dificultades. El desafío imperioso ante políticas retrógradas como las actuales consiste en incrementar procesos de mutuo reconocimiento y en avanzar con las deudas pendientes. Considero que una deuda pendiente para la universidad es la mejora de la formación del profesorado, el reconocimiento paulatino de que la formación en el campo disciplinar es fundamental pero insuficiente, que para el ejercicio de la docencia es necesario avanzar en la formación general, pedagógica y práctica. En ese sentido los Institutos de Formación Docente han concretado cambios importantes. Sería deseable que la universidad se interiorice de esos procesos. Por su parte, los Institutos de Formación Docente deberán continuar profundizando el desarrollo de la investigación, en lo cual la universidad puede muy bien colaborar. Además, los institutos tienen una deuda pendiente en relación a su modelo de gestión. Todavía hay que superar muchas resistencias para que se abandonen modelos de gestión secundarizados y endogámicos y se avance hacia procesos de democratización interna plena. El desafío es importante, pero las fortalezas de ambas instituciones y el camino recorrido permite anunciar que el recorte en la educación superior no será permitido.

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