Sábado 13 de Junio de 2020
“Un día, cuando el hombre sea libre, la política será una canción” (Walt Whitman)
A fines de mayo, el filósofo italiano Giorgio Agamben publicó un texto titulado “Réquiem por los estudiantes”, donde cuestiona lo que denomina “la barbarie tecnológica” por la suspensión de clases presenciales y anuncia por ello “el fin del estudiantado como forma de vida”. Además acusa a los profesores “que aceptan someterse a la nueva dictadura telemática” de ser equivalentes “a los docentes universitarios que juraron lealtad al régimen fascista en 1931”.
Decretar la muerte de lxs estudiantes —o al menos aludir a una de sus instituciones fundantes que nos nuclean— como es el caso de la universidad en este especial contexto global de pandemia, me lleva, como parte de un colectivo docente del sur global, a tener que “recoger el guante” desde ese otro lugar de enunciación olvidado también al otro lado del virus. Lo anterior, en un contexto en donde hasta el mismo Banco de Desarrollo para América Latina (CAF), dentro de sus muchas actividades —algunas interesantes, seguramente— promueve socializar la experiencia europea en la gestión de la crisis del Covid-19 imponiendo reflexiones para América Latina.
La sutileza semántica con la cual finalmente el subalterno es nuevamente desplazado y excluido de toda posibilidad de aquel diálogo propuesto, reedita en estas latitudes la pregunta de la filósofa india Gayatari Spivak acerca de las condiciones de posibilidad de estxs hablantes en circuitos lingüístico-históricos de clausura que no solo nos rodean, sino en donde fundamentalmente seguimos rodeados.
De aquí que más allá de los innegables aportes de Agamben al campo filosófico —que no me corresponde ni podría poner en disputa— sí en cambio puedo hacerlo en referencia a su búsqueda de pretensión de universalidad —tan sesgadamente eurocéntrica— con la cual manifiesta e inviste sus últimos escritos relacionados con la educación y la pandemia. Más aún, en lo referido a sus concepciones pedagógicas que lo llevan a ponderar, a la educación y a lxs estudiantes, meramente como a simples engranajes de una trama argumentativa que nos ubican —y fijan— “in memoriam” para justificar su réquiem.
En este sentido, desde mi humilde pero potente lugar de maestro de escuelas y profesor de universidades públicas en este registro del mundo, me atrevo a levantar mi propia mano para manifestar una serie de desacuerdos. El primero de ellos tiene que ver con la reconfirmación de la desilusión. Puesto que si ya antes, en pleno siglo XIX, Hegel nos había dejado junto con África y algunos pueblos de Asia “por fuera de la historia”, el profesor Agamben, lejos de aportar a la suturación de la herida colonial, insiste con ella. Ya que si Europa, parafraseando al pensador alemán es la “partida y la llegada” solipsista de la historia, hubiera sido más interesante que una autoridad como la que él representa, en vez de extender y buscar legislar con su propio pensamiento la totalidad del mundo educativo (por otra parte, algo más esperable del ala de la extrema derecha) como filósofo, se permitiera dudar si aquello serviría o no para replicar universalmente su horizonte cognitivo y político en toda la faz de la tierra. Sobre todo, cuando aquello que entiende por universidad excluye sin valorar la real existencia de todo un tipo de prácticas educativas filosóficas solidarias en contextos que son las que aquí operan efectivamente en plena pandemia.
En oposición a esto, creemos que podría haber sido una buena oportunidad para indagar en búsquedas narrativas que no subrayaran únicamente el desaire al cual tan acostumbrados nos tiene el Viejo Continente. Tampoco desconocer ni impugnar los propios esfuerzos de Latinoamérica como algunas partes de Europa, en la lucha por la concepción y reconstrucción de universidades más justas, progresistas, territoriales y democráticas, que no son las que precisamente aparecen o está añorando en sus relatos.
De esta manera, la sistemática exclusión como forma dominante junto a la racionalidad jurídica que, en nombre de voces “autorizadas”, habilita qué se piensa y quiénes merecen ser pensados, constituyen el elemento o motivos principales para componer su réquiem pero a costa de no incluir voces protagonistas disonantes a ese continente o relegando la mayoría de ellas a la “sala de espera de la historia”, como dice el historiador bengalí Dipesh Chakrabarty.
Y por eso entonces mi disconformidad nuevamente para con Agamben, a quien habría que advertirle tal como sucede en la obra novohispana La verdad sospechosa (1630), que los “muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Y mucho más aún, en lo que concierne a la labor que vienen llevando a cabo maestras, estudiantes, docentes, escuelas y universidades públicas en territorio de toda la República Argentina y en muchos otros países del mundo también.
Porque si algo hemos aprendido en estos más de quinientos años de doblegamiento, es que el esfuerzo por ser borrados o ignorados de la narrativa oficial, de los esquemas de pensamiento, paradójicamente, tarde o temprano incrementa —o potencia diría Agamben— la pregunta por esas mismas ausencias.
En virtud de esto, y en oposición al réquiem que canta y exalta a la muerte, maestrxs de este lado del mapa optamos por componer, transmitir e interpelar a lxs estudiantes, con cantos y versos en clave política, que contengan todas formas de vida como último destino. En este escenario, quizás tampoco estaría de más recordar que su par intelectual Primo Levi (1958) dio cuenta en forma conmovedora cómo lxs maestrxs, en los lagers o campos de concentración, lo primero que hacían era fundar una escuela y dar allí clases amorosamente hasta el último día, inclusive cuando ya sabían de que al siguiente habrían de morir. Por eso, sugerir y afirmar que quienes trabajamos como docentes en contexto de pandemia somos funcionales a los principios totalitarios por venir, desaloja toda posibilidad de pensarse en relación a prácticas contrahegemónicas y nuevas alianzas que, también, otro intelectual inmenso de su tierra, Gramsci, poderosamente ha señalado. Trabajar en pandemia no nos convierte en fascistas, profesor Agamben.
Y para no hacer demasiado extensos los motivos que me llevaron a compartir esta cantata descolonial, quisiera finalizar la misma contándole que, en estas latitudes, los hitos de la escuela y de la universidad pública no pasan por las reconstrucciones y/o búsquedas de imposición de narrativas heroicas para pensarnos en la historia, ni tampoco en la performance de los índices de las pruebas estandarizadas. Sino, más bien, por el valor y el coraje de personas comunes, mayormente mujeres en las escuelas, docentes, profesorxs y trabajadorxs de nuestras universidades y comunidades, quienes se animan a habitar cotidianamente la vida desde nuevos lugares y horizontes de enunciación posibles para alivianar la carga de modos de existencias con origen muy desiguales.
“Nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento”, decía Primo Levi. Allí reside nuestra tarea de ser docentes en contextos de pandemia: en rehusarnos a una vida despojada de toda esperanza y de dignidad suficiente para impedir pensar como usted; que el reencuentro en las aulas, en la vida misma (y en la lucha por un mundo más ético), no volverá a ser nunca posible. Puesto que para nosotrxs, estos versos, junto con la idea de paz y justicia para todos nuestros pueblos, son las únicas dulces melodías que construyen nuestra cantata mejor.