Educación

Bolsonaro y la educación

Qué hacer desde la enseñanza para prevenir retrocesos democráticos como los que se advierten en el país hermano.

Sábado 03 de Noviembre de 2018

Poco le hemos escuchado decir al presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, sobre temas educativos. No es raro en alguien que incluye la palabra "bala" en su tríada de prioridades, y que ha hecho del autoritarismo y el elogio de la dictadura su principal herramienta de ascenso ante una sociedad a la que se hastió del espectáculo de la corrupción —no siempre cierta—, y donde las clases medias blancas se alarmaron ante el avance social (para ellos intolerable) de la gran masa de pobres afrodescendientes.


Ahora se asiste a formas larvadas de hipocresía en nuestros países. Por un lado, gobiernos y partidos que fingen "preocupación por la democracia"... sólo en torno de Venezuela!! Es decir: se ponen en sintonía con Bolsonaro, quien seguramente es una preocupación para cualquiera que piense seriamente en términos democráticos. Está claro: para muchos gobiernos lo bueno es que en Brasil ha ganado un candidato de derecha; que sea plenamente democrático o no, lo toman como problema secundario.

Lo mismo sucede con buena parte de la clase media argentina, cuyo periplo ideológico en los últimos tiempos no ha sido tan lejano al de Brasil: ruido en torno a la corrupción real o supuesta —advertida de manera unilateral como propia del gobierno anterior—, y escándalo en torno de la pretendida amenaza de las clases populares para la distinción de su clase social. Sin embargo, lo "políticamente incorrecto" de Bolsonaro molesta a este sector social que en la Argentina parece aceptar modos del autoritarismo, pero sólo si estos saben vestirse de lenguajes untuosos, y de retóricos llamados al "hagámoslo todos juntos".

Las preguntas sobre qué pasará con la educación brasileña no pueden dejar de formularse: ¿Seguirá siendo laica o se volverá mayoritariamente religiosa, incluso la estatal?¿Seguirán pudiendo mezclarse blancos y negros en las aulas, al menos como posibilidad legal? ¿Se subrayarán las redes escolares diferenciales para pobres y ricos, dentro de la alta correlación que hay entre lo étnico y lo social? ¿Se promoverá oficialmente una imagen denigratoria para lo femenino, acorde a lo que ha expresado repetidamente el candidato vencedor? ¿Caerá la educación técnica, según un modelo que parece retornar al "buey", es decir, a un Brasil agroexportador sin peso tecnológico propio? ¿Qué se dirá de los derechos humanos, o de nociones caras a la democracia como las de igualdad y solidaridad?

Mientras, entre nosotros cabe preguntar qué hacer con la educación para prevenir retrocesos democráticos como los que se advierte en el país hermano, los que —como ya hemos dicho— no son tan ajenos a lo implícito en la cultura de vastos sectores sociales argentinos en los últimos años.

Al respecto, creo necesario atender al menos a un par de principios conceptuales que no suelen orientar los procesos de formación docente, ni los de configuración de planes de estudio.

El primero, hace a qué es lo implícito en un modelo cultural como el sarmientino, propio de la escuela argentina. Modelo cultural que en mucho ha servido a la movilidad ascendente de amplios sectores sociales del país por varias generaciones, y que ha promovido un sistema público gratuito de amplia cobertura, y de calidad más que aceptable.

Pero sucede que ese Sarmiento de las escuelas, es también el del "Facundo": ambas no son sino caras opuestas de la misma moneda. La ilustración aparentemente igualitaria segrega una ideología implícita según la cual el orden, la disciplina, el esfuerzo exclusivamente personal son la base del éxito escolar y social. El orden es bueno, el desorden malo. El lenguaje formalizado de las clases medias es bueno, el de "otra gramática" de las clases populares malo. El comportamiento atildado de los sectores medios es adecuado, el de los sectores populares se advierte como rebelde y caótico, quizá irrespetuoso. Los valores que promueve la escuela implican el rechazo de los supuestos "anti-valores" del caso, según los pares de oposiciones que Foucault mostró para los dispositivos institucionales impuestos durante la modernidad.

Por ello, la escuela —sin pretenderlo, en un callado proceso de inversión— tiende a producir rechazo hacia el pobre, desprecio al marginal considerado como "vago", y tiende a presentar los logros personales de cada uno como fruto exclusivo de su personal esfuerzo. Si tengo más que el otro, es porque me lo merezco. El intenso moralismo de las clases medias para despreciar a los de abajo se basa en dicha premisa: nosotros los decentes no tenemos por qué financiar —o siquiera soportar— a quienes se percibe como lacra social, como lo contrario a lo que nos enseñó la escuela: estudio, disciplina, esfuerzo personal. Prácticas que muchos imaginan de sí mismos, aun cuando a menudo no dispongan de dosis importantes de ninguna de esas fantaseadas virtudes.

Lo segundo se liga a lo anterior: debe imponerse el principio sociológico de que "hay que tratar a los hechos sociales como cosas". Y advertir que el mundo subjetivo no es un arcano de sutiles autoinvenciones, sino el fruto preciso de una construcción social. Somos lo que la sociedad hace de nosotros: y si en algo "nos hacemos" intencionalmente es a partir de condiciones iniciales que no hemos producido ni merecido.

Nadie eligió en qué familia nacer. Nos tocó una familia rica o pobre, y cuando nos enteramos ya estábamos en el mundo. No nos hemos inventado a nosotros mismos. No somos el fruto de nuestra libérrima elección, como suele plantearlo la ideología liberal.

Es decir: si yo hubiera nacido en la condición de algunos excluidos sociales que hoy delinquen, yo sería ellos. Sería uno de ellos. Si usted hubiera nacido en esa condición, sería uno de ellos. Todos los reparos que hacemos a eso, los hacemos desde una formación diferente a la de ellos: si ellos hubieran tenido las condiciones que yo tuve, ellos serían yo. Estarían en mi lugar.

Esta radical ruptura con la visión de que "cada uno se hace a sí mismo" es decisiva, si queremos terminar con los estereotipos bipolares según los cuales los pobres y marginados son lo insoportable de la historia, las "clases peligrosas", los "vagos y malentretenidos" que perseguía el higienismo argentino de principios del siglo XX.

No serán sólo los llamados éticos a la solidaridad los que nos sacarán del racismo y clasismo que sutilmente se han instalado en la vida nacional, y que en los últimos tiempos florecen de nuevo. Se requiere una "ruptura epistemológica", un salto conceptual: entender que somos seres sociales, y somos el efecto de lo que la sociedad hace de nosotros, acorde al sitio que nos tocó en ella.

Mientras esta clave de lectura no se imponga, seguiremos llenando con moralina el vacío de entendimiento, y calificando la efectiva condición a menudo desesperante de los sectores más excluidos de la población, como si fuera expresión de una mala cualidad moral, en la que se reflejaría la intrínseca superioridad ética que adscribimos a nuestro propio sector social.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});