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Yo en realidad no me quiero casar, ¿y usted?

Domingo 25 de Enero de 2009

Tengo 30 y pico y soy una mujer divorciada "con los papeles en regla". Supe tener mi vestido blanco largo, una extensa lista de casamiento, fiesta con cotillón y animadores y una luna de miel digna del "1 a 1". El sueño de cualquier chica "de buena familia". De esos tiempos no tan lejanos me quedaron recuerdos buenos y de los otros, un vestido que —obviamente— me queda chico, y como canta Lerner "varias fotos viejas y una vaga sensación de antigua felicidad adolescente".

Soy una mujer —decía— de 30 y tantos, que por decisión de una honorable señora jueza, ha asistido a la disolución de su matrimonio. Y, por lo tanto, está libre de volver a contraer nupcias.

Pensándolo serenamente, yo no me quiero casar. Al menos no nuevamente en esta vida. Si me enamoro y soy correspondida, haría una megafiesta para celebrar y tiraría la casa por la ventana. Un viaje a Grecia y Turquía para saldar un viejo deseo irrealizado. Y, ¿por qué no?, una nueva lista en algún bazar de diseño para renovar mi stock doméstico.

Pero no me quiero casar. Mi turno para el Civil se lo cedo a alguna joven pareja de tortolitos que quiera enterarse de qué son los bienes gananciales. Si eventualmente lo necesitaran, puedo recomendarles a excelentes expertos en derecho de familia.

Basta para mí. Si el amor toca a mi puerta, quiero tener la libertad de hacer y deshacer sin tener que pasar por los Tribunales. Y ojo que no me niego a Cupido; de hecho escribo libros sobre cómo encontrarlo, por ejemplo, a través de internet. Pero una cosa es el amor y otra, muy otra, el casamiento. No se ofenda, querido señor, querida señora: yo no me quiero casar. ¿Y usted?.

                                                                                                                        (*) Periodista, autora de "Enredados. sexo y humor en la web"

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