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Vivir para contarla

En 2011, a Nicolás Acosta le diagnosticaron un tumor maligno por el que tuvo que asumir un tratamiento intenso. El hockey se convirtió en un cable a tierra y su hermana Julieta, también jugadora, en la fuente de inspiración.

Martes 28 de Abril de 2015

Se entienden con los ojos, se asocian con las risas. Se quieren de manera incondicional. Por eso, cuando uno habla, el otro atiende sabiendo qué va a escuchar. Y se complementan, porque se conocen demasiado. Son Nicolás (19 años) y Julieta Acosta (22), que llegan a la entrevista con Ovación como no podía ser de otra manera: juntos. Nico es el protagonista de esta historia y Juli algo así como la musa inspiradora. Por eso, la misma historia no puede prescindir de ninguno. Son uno, el otro y un deporte que los atraviesa, el hockey, la pasión de ambos, la que despuntan cada fin de semana. El en Jockey, ella en Provincial. Hasta acá todo bastante normal, salvo si se retrocede cuatro años en la línea de tiempo de sus vidas y se detiene en lo inesperado.
  En 2011 a Nicolás le diagnosticaron sarcoma de Ewing, un tumor maligno que se le alojó en la cabeza y que lo obligó a un tratamiento intenso de ocho meses para combatirlo, con operación y quimioterapia. La familia, y en especial Julieta, fueron los pilares fundamentales de la recuperación. Y el hockey, el tubo de oxígeno, el cable a tierra, el factor de disfrute a pesar del momento. Ese juego del palo y la bocha significaban su hermana, los amigos, los viajes, el club, el mundo exterior a las cuatro paredes en las que debía encerrarse cuando llegaba la internación. Y quería jugarlo, como sea. “Llegué a pedirle a mi médica que me adelantara algunas drogas para poder dejar el sanatorio antes de los domingos, que eran los días de partido. Más de una vez le dije a mi mamá que iba al club a ver a los chicos, pero en realidad ya había escondido mi funda con palos en algún lado o algún amigo me la llevaba, yo iba a jugar, no a ver. Pero no le podía contar. Si mi médica decía “no” mi mamá decía mil veces “no”, pero yo quería jugar. El deporte fue lo principal en ese transcurso de la enfermedad”, dice Nico, ya liberado de los miedos. No por la enfermedad, sino porque lo descubrieran haciendo lo que los papeles decían que no debía.
  Por entonces, Nico tenía un stend colocado en el pecho, por el tratamiento. Y ese era el principal impedimento para que se metiera a una cancha de hockey. Un golpe, en un deporte que tiene roce, podía decantar en un problema. Sin embargo, esa inconsciencia con la que tantas veces los chicos o adolescentes enfrentan enfermedades de este tipo fue lo que le permitió ir por más. Sufría los sábados viendo a Julieta jugar en Provincial. No podía entrenar pero ir a los partidos de su hermana eran igualmente un aliciente: “Siempre lo dije. Juli es mi Lucha Aymar, la miraba fascinado, me moría de ganas de jugar como ella, mucho más si sabía que el lunes tenía que internarme”, arranca Nico. Y ella baja la mirada. Hay un orgullo instalado en ese gesto de humildad. La Negra, como la conocen en el ambiente del hockey, estuvo en todo momento. Lo acompañó en las internaciones, lo cuidó en casa cuando la familia quedaba un poco disgregada por trabajo y responsabilidad y el vínculo se hizo innegociable. Sin embargo, Juli no sabe si en ese momento en el que su hermano se escapaba para jugar lo hubiese aceptado: “Me enteré de todo lo que hizo para poder jugar cuando terminó el tratamiento, mi papá fue cómplice, él sabía y lo ayudaba, pero con mamá no sabíamos. Fue raro, creo que si me lo decía antes me hubiese dado miedo. Pero si bien fue un riesgo tremendo el que tomó supongo que se debe haber sentido responsable de poder hacerlo. Sé que el hockey fue un factor para salir adelante como salió”, dice.
  Cuenta Nico que las internaciones variaban, que a veces tocaba quedarse tres días en el sanatorio y a veces siete. Y ahí empezaban las matemáticas, sacar cuentas para ver si se llegaba al partido del fin de semana, aunque habitualmente no entrenase por cuestiones obvias. Y también empezaban los tira y afloje con la doctora. “Algunas medicaciones tardaban toda la noche en pasar al cuerpo, yo lo que pedía era que me las adelantara cuatro horas, más o menos ya sabía qué efecto hacía cada una. Y así, cuatro horas una, cuatro la otra, podía llegar al domingo. Creo que la doctora pensaba que yo estaba loco, me decía que no lo podía entender, que en la sala de al lado tenía chicos que no tenían ni ganas de caminar. Y yo con esto...”. No es que justifique esos pedidos, las mentiras cuasi piadosas a su mamá. Pero Nicolás lo necesitaba: “Una vez viajé a Buenos Aires y jugué, les pedí por favor a todos que no sacaran fotos o que no las subieran a Facebook (risas). Mi entrenador en ese momento, Tomás Alonso, que es como mi segundo papá, me veía con ganas y era imposible que no me pusiera aunque sea un ratito. En realidad yo ni pretendía ser titular, si ni practicaba, yo quería hacer la entrada en calor con los chicos, estar en el ambiente, ya con eso era suficiente. Aunque si podía jugar mucho mejor”.
  Superado el proceso de tratamiento por el sarcoma, Nicolás tomó aún más al hockey. Y también retomó el colegio. Estaba en segundo año cuando tuvo que interrumpir el cursado, pero no perdió el año gracias a que se preparó con maestras particulares. Paradoja: Patricia Clement, la madre de Nico, es directora de escuela domiciliaria y hospitalaria, modalidad que asiste a aquellos chicos en tratamiento que no pueden ir a la escuela. De pronto uno de esos alumnos era su hijo, el que hoy tiene un presente impecable, de estudio, proyectos y expectativas, incluso en el seleccionado argentino Sub 21 (ver aparte). Julieta es quien mejor interpreta esto, por aquello: “Cuando pasó lo que pasó fue muy duro, porque él era el más chiquito de la familia (son cinco hermanos, ella la única mujer y ambos los únicos que aún viven con los padres, con mucha diferencia de edad con los hermanos mayores). Pero esa fortaleza que él tenía hizo que todos pudiésemos llevar el tema mejor de lo que parecía. Después, cuando empiezo a verlo de nuevo adentro de la cancha, hoy más grande, maduro, jugando en primera división y con la capacidad para hacer lo que quiere, está buenísimo. Me encanta verlo así. Seguramente esa fuerza que lo hizo recuperar en ese momento hace que hoy tenga los picos que tiene cuando juega, porque sabe que se puede llevar todo por delante. Ya superó algo superdifícil y puede seguir superando lo que quiera”.
  Nico también la tiene clara. Suele suceder, a veces, que tras atravesar una enfermedad riesgosa, los pacientes queden en lugar de víctimas. No es su caso: “No estoy todo el tiempo pensando en que voy a hacer esto porque me pasó aquello. Claro que lo que pasó está en la cabeza, que en momentos te lo recuerda y que por supuesto dejó marcas que hace que cuando uno las mira tome conciencia. Pero no lo pienso tanto”.
  En este 2015, aquel 2011 ya es historia. Dicen los chicos que parece que fue ayer que pasó todo, por la lentitud del proceso, por la intensidad de las emociones. Pero pasó. Y qué mejor que vivir para contarla.

Entre Provincial, Jockey y los colores de la selección nacional

Nicolás Acosta es parte del proceso del seleccionado argentino Sub 21, por lo cual hace frecuentes concentraciones en el Cenard de Buenos Aires. El camino lo recorre junto a su mejor amigo, Lucas Stramazzo, hoy los dos jugadores de Jockey. El Mundial de la categoría en 2016 es el objetivo a largo plazo, mientras va haciendo camino al andar. Este año, por ejemplo, fue uno de los Sub 21 elegidos para hacer la pretemporada en Mar Del Plata junto al seleccionado mayor, Los Leones. De la misma participaron 36 jugadores, entre ellos lo que militan en el ámbito europeo.

Julieta fue Leoncita. También estuvo en camino hacia el Mundial Sub 21, que en 2013 se proyectaba en Monchengladbach, Alemania, pero quedó afuera en la recta final. Asimismo participó del Panamericano de Guadalajara con el que justamente clasificaron a la cita ecuménica tras ganar el título en 2012. En México, Julieta compartió equipo con otras dos rosarinas, Sofía Villarroya y Florencia Zappulla. El año anterior a esa competencia se descubrió la enfermedad de Nicolás, por eso quienes la ven más de cerca habitualmente dicen que entonces ella empezó a bajar su nivel hockístico. Julieta lo reconoce y reafirma esta idea. Apenas tiene flashes de lo que fue el paso por el seleccionado. Lo que la mente hace y los psicólogos explican: la selección natural en momentos de intenso dolor. "Cuando Nico se enferma pasa a estar casi todo el tiempo internado, y eran poquitos los días que estaba en casa. Yo me encargaba mucho de eso, de acompañarlo en el sanatorio o de cuidarlo en casa, ayudando a mamá en esto, pero además tenía la escuela (estaba en quinto año) y viajaba a las concentraciones de Las Leoncitas. Si hoy me preguntan cómo era todo aquello del seleccionado, no me acuerdo, no puedo contar casi nada. Es que yo estaba allá, pero mi cabeza estaba acá, con mi hermano", cuenta Julieta. Olvidar también sirve para actuar con madurez frente a la adversidad.

Nicolás y Julieta se iniciaron deportivamente en Provincial. Ella jugaba al tenis hasta que se copó con el deporte en equipo a los 11 años. El, que la iba a ver, otra vez se inspiró en ella y quiso jugar. Son socios del club "desde que estábamos en la panza", dice Julieta, aunque hoy Nicolás juega en Jockey, el club que le abrió las puertas cuando en la institución de barrio Cura se disolvieron las categorías inferiores de hockey. "Al principio me metía a entrenar con las chicas en cualquier división, después decidí que tenía que buscar un club. En la selección del Litoral conocí a Facundo Basterra, que siempre nos hablaba de Jockey y un poco así se fue dando mi llegada al club. Tomás Alonso, el DT, supo que no tenía dónde jugar y me llamó. Siempre voy a estar agradecido a Jockey, soy uno de los pocos casos de jugadores que está en el club sin ser socio (es sólo socio deportivo) y me tratan muy bien", dice Nicolás, el pibe 10 de la primera división.

Julieta es la última goleadora del campeón vigente del Torneo del Litoral, Provincial, y una de las mejores delanteras del hockey rosarino. De ella, líder absoluta en la cancha, no hay mucho más que decir.

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