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Violencia y gran tensión en el teatro como en el cine

“Brisas heladas”, del realizador audiovisual rosarino Gustavo Postiglione, combina comedia con realismo duro, casi un tributo al director norteamericano, Quentin tarantino.

Domingo 21 de Abril de 2013

La copa de vidrio vuela por el aire, rebota un par de veces contra el piso, y en movimiento rectilíneo uniforme se va haciendo trizas. Un teléfono celular correrá la misma suerte, también estalla en mil pedazos. La barra esquinera del departamento de Bruno es cómplice y testigo de todos estos movimientos.

   Bruno es rubio, su hermana Mabel también. Son como dos huérfanos rubios que se marcan territorio a cada paso. Ninguno está dispuesto a ceder en la lucha de egos: nadie va a detener la arrolladora intención de Mabel de pasar la noche en esa casa, en medio de la locura de alguna urbe salvaje. En la valija están los juguetes y el oso de peluche que será testigo silencioso y directo de todo.

   Esta relación a los gritos entre dos hermanos, interpretados por María Celia Ferrero y Juan Nemirovsky, son la columna vertebral del relato sobre el que se construye “Brisas heladas”, la nueva obra de teatro que escribió y dirige Gustavo Postiglione, y que sube a escena los viernes en Arteón.

   Luego del hiperrealismo que se conoció en “Algo sobre el amor”, el director propone seguir en esa línea que tiene por ingrediente sustancial mayores dosis de violencia y cuadros de gran tensión. Con las referencias de “Torrentes de amor”, de John Casavettes y “Perros de la calle”, de Quentin Tarantino, la propuesta hace de ese “realismo duro” un viraje hacia el policial negro.

   Pero la irrupción de Mabel en escena no es inocente. Minutos antes Bruno intercambia un bolso y algunos besos clandestinos con una mujer casada, interpretada por Adriana Frodella. El bolso amarillo se pasea de la sala al comedor y esconde la verdadera tragedia de esta historia.

   La violencia escénica va subiendo de tono y comienza a llegar al paroxismo, podría pensarse como un homenaje a Tarantino. Y acá está lo rico de todo esto: un director de cine que trata de transplantar algunas poéticas que suelen brillar y acomodarse al ojo de la cámara son llevadas hacia un territorio de pura verdad como el teatro. Más allá de algunas incongruencias, el desafío es para destacar. Si no hay espacios de riesgo en la creación artística, en el territorio teatral, entonces la escena local no estaría tan viva.

   La solidez interpretativa de la historia pivotea sobre el trabajo de Juan Nemirovsky. María Celia Ferrero juega un personaje que aparece con muchos toques de comedia y va develando un monstruo que crece a cada minuto, es un gran salto desde “Algo sobre el amor”, pero amaga con esfumarse en esos momentos dialogados donde los hermanos rememoran el pasado familiar.

   Los rubios van moviendo el amperímetro dentro del realismo, y se combinan con un registro más compositivo, bien moderado para evitar los desbordes que podrían descomponer el clima. Para articular las escenas, aparece una especie de investigadora, interpretada por Eugenia Solana, que aportará ambigüedad.

   Con un estreno a sala llena, “Brisas heladas” llegó para aportar otra cosa a la escena local, una dosis de riesgo que suma, pese a ciertas disparidades en los modos de abordar los personajes.

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