Domingo 20 de Septiembre de 2009
Vigilar y castigar parece ser la consigna que alienta a las autoridades a la hora de responder a las demandas y reclamos de los sectores más desfavorecidos. Más allá de todo discurso, las acciones hablan por sí mismas y la ferocidad con que se reprimió a un grupo de pescadores es elocuente, mucho más que cualquier argumentación discursiva. La permisividad que suelen exhibir ante verdaderos predadores de la sociedad, contrasta de modo notable con la lamentable presteza a la hora de ejercer una violencia explícita contra un grupo de trabajadores que reclaman su legítimo derecho a obtener el sustento. Desalojos de pobladores, intimidaciones a activistas sociales, balacera contra manifestantes que claman por su dignidad. Todo un estilo de prepotencia orientada en dirección hacia los excluidos del festín de unos pocos ahítos de privilegios. Cabe preguntarse en qué escala de disvalores se sustenta una sociedad que construye enemigos internos y a los que claman por obtener alimentos, vivienda, educación y salud para todos le responde con castigos y humillación. Quienes vuelcan deshechos tóxicos a las aguas y desparraman polución por los aires destruyendo la biodiversidad y generando enfermedades cuentan con la venia de los poderosos. A la hora de la búsqueda de soluciones concretas para las mayorías debe primar la solidaridad, el egoísmo tanático enquistado en la sociedad desde hace años sólo es el fundamento de una cultura que aniquila vidas de uno u otro modo, conduciendo hacia el abismo. Frente a todo esto resulta imposible ser indiferentes.
Carlos A. Solero
casolero_1@hotmail.com