Vida y martirio de Jesús
En cuestión de días la humanidad recordará el nacimiento de una figura extraordinaria: Jesús. Pocas veces en la historia se dio el caso de un liderazgo carismático de la envergadura del de Jesús. Deambulando por el desierto se acercó a los hombres y mujeres para decirles que la igualdad del género humano lejos estaba de ser una fantasía.

Miércoles 16 de Diciembre de 2009

En cuestión de días la humanidad recordará el nacimiento de una figura extraordinaria: Jesús. Pocas veces en la historia se dio el caso de un liderazgo carismático de la envergadura del de Jesús. Deambulando por el desierto se acercó a los hombres y mujeres para decirles que la igualdad del género humano lejos estaba de ser una fantasía. Para Jesús cada hombre era importante ya que era poseedor de una dignidad que ningún poder, por más omnímodo que fuera, podía ultrajar. Estaba convencido de que los pueblos podían, si se lo proponían, liberarse de las cadenas que los oprimían. Se acercó a los desposeídos y a los hambrientos, víctimas preferidas de los tiranos. Les hizo ver que la resistencia a la opresión nacía en el interior de cada uno y que no había poder en la tierra capaz de quebrarla si estaban convencidos de su legitimidad. Les hizo tomar conciencia de que todos juntos podrían hacer temblar al imperio. Se presentó como el hijo de Dios y las masas le creyeron. Roma se estremeció. El suplicio a que fue sometido fue el mensaje del orden estatuido a quien tuviera la osadía de desafiarlo en el futuro. Su muerte en la cruz habrá hecho respirar aliviados a los dueños romanos. "Por fin", habrán exclamado, "se logró extirpar de la sociedad este virus que amenazaba con extinguir el sistema de valores y creencias sobre el que se sustenta nuestra dominación". Se equivocaron. El ejemplo de Jesús fue continuado por sus seguidores. Su mensaje de paz, buena voluntad y amor, se transformó en una antorcha inextinguible. La vida y el martirio de Jesús ejemplifican de manera harto elocuente que el hombre es capaz de torcer el rumbo de la historia, que no existe orden social, político y económico al que no se lo pueda sustituir por otro si las masas lo desean. Su vida y su martirio enseñan que es posible una revolución pacífica, que el hombre no está condenado a ser un esclavo. Su vida y su martirio brindan una lección de coraje, de conducta consecuente, de lealtad. Jesús jamás se traicionó y jamás traicionó a sus seguidores. Su espíritu de rebeldía no pudo ser domesticado por la autocracia imperante. Por eso lo mataron. Había cruzado esa delgada línea que separa lo tolerable de lo intolerable, lo que merece vivir de lo que merece morir. ¿Fue realmente el hijo de Dios o un hombre de carne y hueso que tuvo el coraje de vivir según sus convicciones? Poco importa, a mi entender, descifrar ese enigma. Lo que sí merece ser destacado, en la víspera de una nueva Navidad, es que esta figura de excepción continúa iluminando el camino que deben seguir los hombres y las mujeres para lograr la liberación soñada desde siempre.

Hernán Andrés Kruse,

hkruse@fibertel.com.ar