Jueves 10 de Diciembre de 2015
Las elecciones en Venezuela fueron un buen termómetro para medirle la temperatura a la revolución bolivariana. Para uno de los creadores del famoso “Socialismo del siglo XXI”, Heinz Dietrich, el régimen venezolano está viviendo una crisis política terminal.
El desabastecimiento de productos básicos, la inflación galopante, el déficit fiscal creciente, la destrucción del aparato productivo, la insostenible deuda externa, la inseguridad y la desaparición de la inversión extranjera en el país han sido los aliados fundamentales de una oposición que debe organizarse. Su triunfo dependió más de los defectos del oficialismo que de sus virtudes.
El presidente Nicolás Maduro está acabando lo que queda del régimen bolivariano, que utilizó, como lo recuerda el gran libro del constitucionalista Allan Brewer-Carías, la mentira como política de Estado.
El gran problema de la Venezuela chavista se encuentra en que se confunde la burocracia estatal con la burocracia partidista. Es decir que a partir del proyecto bolivariano se ha construido una política de exclusión del opositor, de alteración de la historia, de apropiación de los símbolos patrios y de persecución política, todo ello acompañado de una confusión entre Estado y partido que recuerda los momentos totalitarios de la Europa de mediados de siglo pasado.
Ante este panorama, debe pensarse en una salida para lo que ocurre en el país vecino. La única alternativa será la transición política y el acuerdo entre opositores y oficialismo. Esta transición deberá también darse dentro del chavismo y la oposición. Los puntos de inflexión deberán ceder para permitir que ese país despierte de la pesadilla en la que se encuentra.
Recordemos que Venezuela es y ha sido una nación pactista. En 1947 se expide una Constitución que deja atrás la dictadura de Juan Vicente Gómez y los gobiernos de Eleazar López Contreras e Isaías Medina, que no hicieron una limpia transición con el dictador. Solo desde ese año se permite la elección directa del presidente de la República. Ese pacto permite pasar de un Estado centralizado autocrático a un Estado centralizado democrático.
En 1958, los partidos políticos –AD, Copei y Unión Republicana Democrática– se ponen de acuerdo y realizan el Pacto de Punto Fijo para reconducir la democracia venezolana, dejando atrás la dictadura de Marcos Pérez Jiménez –1953-58–. Este acuerdo, que persiste hasta 1998 con la elección del coronel Hugo Chávez, permite en un principio evitar las dictaduras, pero luego degenera en una terrible partidocracia que le abre el escenario a la revolución bolivariana.
Teniendo estos hechos históricos presentes, Nicolás Maduro debe entender que la transición es el único camino para deshacer los entuertos políticos de su país. La situación que vive no es la mejor. Hugo Chávez enfrentó muchos desafíos, incluso la derrota de su referendo reformatorio de la Constitución Bolivariana de 1999 en el año 2007 con el cual pretendía establecer el ‘Estado comunal’ o el ‘Estado socialista centralizado’. En aquel momento, el comandante Chávez tenía el barril de petróleo a más de uS$ 100 y una Asamblea Nacional mayoritariamente chavista. Con esos dos escenarios, Chávez siguió entregándoles recursos a sus aliados internacionales, alimentando la revolución a través de subsidios directos y sacando adelante las propuestas rechazadas en las urnas a través de la Asamblea Nacional o de decretos-leyes.
Estas disposiciones legales no tuvieron control alguno por parte de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo, que ni siquiera recibió las acciones de constitucionalidad. De hecho, ese Tribunal ha estado al servicio de la revolución bolivariana, como un apéndice más del Estado partidista venezolano. Un símbolo de lo que se conoce en la doctrina especializada como “constitucionalismo abusivo”.
Las elecciones de este domingo permitieron entender que, más allá de la tabula rasa que debe hacerse entre unos y otros, Venezuela requiere un nuevo pacto de punto fijo entre la oposición y el chavismo moderado.
Ese acuerdo tiene que hacerse respetando y reconociendo los defectos y las virtudes de cada uno, sin generar mayores exclusiones.
Por lo pronto, un primer tema de discusión entre las partes debe resolver la suerte de los presos políticos, entre quienes se encuentran Leopoldo López y el exalcalde de Caracas Antonio Ledezma.
El camino que le queda a Maduro es permitir una transición política adecuada. De lo contrario, la revolución bolivariana será ubicada al lado de la remembranza autoritaria de Antonio Guzmán Blanco o de los sátrapas Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez. La campaña presidencial empezó.
Francisco Barbosa / El Tiempo (Colombia)