Vecinos de Caballito buscan su historia y sus fantasmas
En el barrio porteño de Caballito hay gente que cree en fantasmas, al menos como entidades poéticas, y hasta organiza visitas nocturnas para ir a buscarlos bajo el ombú del parque Rivadavia y en insospechados recovecos en las cordilleras de cemento que bordean esa avenida.

Lunes 10 de Noviembre de 2008

En el barrio porteño de Caballito hay gente que cree en fantasmas, al menos como entidades poéticas, y hasta organiza visitas nocturnas para ir a buscarlos bajo el ombú del parque Rivadavia y en insospechados recovecos en las cordilleras de cemento que bordean esa avenida.

Los primeros sábados de cada mes, la expedición convoca a vecinos del barrio de Caballito. Generalmente de 50 años para arriba y con más curiosidad que espíritu aventurero.

La caminata y memoria es guiada por Marina Bussio y Héctor Núñez Castro, quienes desde hace 15 años editan el mensuario Horizonte (www.caballitotequiero.com.ar).

"Nuestra pasión es el barrio", sostiene Héctor, como si hiciera falta, después de haberse casado en el tranvía histórico de Caballito. "La gente debe conocer el barrio para quererlo", dice Marina. Ambos organizan una exposición de fotos históricas en el Club Italiano, para la Noche de los Museos, el 15 de este mes.

De esa barriada son el primer tren (La Porteña), el primer subte (A), el primer colectivo (1), el primer edificio inteligente y el primer supermercado porteño. Allí estudiaron Juan Perón y Charly García, se entrenaba José Angel Firpo, ensayaba Manal y Severino di Giovanni se reunía en secreto con su amada América Scarfó, alumna del Normal 4.

En dos horas, el paseo recorre calles y relatos, como la del genovés Nicolás Vila, que en 1821 compró una posta de carretas (Rivadavia y Emilio Mitre), la transformó en pulpería y puso la famosa veleta de latón con forma de caballito, referencia de la zona. Retoman la tragedia en casa de los Lezica, cuando una atractiva planchadora negra encandiló al hijo del patrón: ella fue degollada y el joven colgado de un eucaliptus, regalo de Sarmiento a la familia.

En José María Moreno y Rivadavia, Cayetano Santos Godino, El Petiso Orejudo), no tenía aún diez años cuando ahorcó en 1906 a una nena de tres años.l (Télam)