Domingo 28 de Diciembre de 2008
Toqué el timbre de su casa una tardecita de 1971 para pedirle si Arielito, de sólo 7 años, podía formar parte de mis equipos de fútbol infantil. Sorprendido, sonrió con picardía. ¿No sería algo imprudente que su pequeño hijo fuera dirigido por un pibe de sólo 13 años? Pero Osvaldo tenía una calidez y una percepción muy especiales y aceptó con agrado. La mayoría de las veces nos acompañaba cuando jugábamos los partidos en el Ateneo Paulo VI. Con la roja de Virgen del Rosario o la azulgrana de La Rocca, Osvaldo estaba ahí cuidando a su hijo, a sus compañeritos y a mí. Así entró al mundo del fútbol infantil y junto con otros pocos padres, íntegros y afectuosos, me llevaban después de cada partido a comer, ayudaban con la ropa, pagaban los viajes en colectivo, me llevaban a pasear por la ciudad, algo prohibitivo para el hijo de un obrero. El talento de Ariel, y la historia, lo hicieron uno de los más grandes goleadores de la historia de Newell's. Osvaldo respiraba fútbol y no lo pudo dejar más. Después llegó El Torito, viajes desde el barrio Rucci hasta la Asociación Rosarina casi a diario. Buscar jugadores, alquilar canchas (algún burócrata de turno decidió mutilar la de once), estar presente en las prácticas, pelear por la economía de un club pobre, que gracias a él, a Ariel y a otras pocas personas, hoy todavía existe. Después vinieron los nietos. Recuerdo sus ojos vidriosos cuando hablaba de uno de ellos y hasta se atrevía a compararlo con el padre. En diciembre del año pasado me regaló fotos de mis equipos de la década del 70 y le entregué otras que el no tenía, para su "preciado" álbum. No pudo ver a su querido Newell's volver a la democracia, pero doy fe que tanto él como su hijo venían luchando con mucho coraje, dando la cara desde hace muchos años, por este cambio que no podrá disfrutar. Osvaldo Juan Cozzoni fue un gran trabajador del fútbol de menores, una persona honesta, transparente y humilde, de los que no tienen prensa, de los que no transan. Uno de tantos anónimos que hicieron grande el fútbol infantil de la ciudad, casi sin medios, pero con esfuerzo, con respeto al niño y al joven, con un proyecto de vida que motivaba al "pibe" a jugar con alegría a la pelota y no veía en él un objeto para hacer negocios. Gracias por cuidarme. Su familia, sus miles de amigos, La Rocca, El Torito, los jugadores y las paredes de la Asociación Rosarina lo vamos a extrañar.
Ricardo Héctor Castello
DNI 12.700.371