Jueves 16 de Enero de 2014
En los primeros días de noviembre, mi hijo, de 19 años, se trasladó mil kilómetros desde el lugar en que vivimos para realizar una prueba futbolística en un equipo que participa en el torneo Nacional B. Al cabo de dos semanas, le dijeron que su nivel está a la misma altura de los jugadores que tiene el club y que, ante esta situación, ellos se inclinan por los jugadores locales, porque los jóvenes que vienen desde el interior tienen un costo económico que el club no puede abordar. Hasta aquí, todo me parece justo y razonable. Lo que quiero poner a consideración de la opinión pública es un hecho que tanto el director técnico que le hizo la prueba, como el preparador físico que lo acompañaba, admitieron por separado ante mi hijo. Se trata de que durante las practicas "los chicos del lugar no les dan pases a los que llegan desde afuera". A favor de un mejor futuro para el fútbol argentino es que hago público este suceso, ya que el mayor desencanto de mi hijo se produjo porque en su mochila llevó hasta el club en el cual fue probado tres valores que tiene incorporados desde niño y que, pareciera ser, en casi ningún centro deportivo se cultivan. Ellos son: la importancia superlativa que tienen las instituciones, el respeto por las reglas de convivencia y la buena disposición para el trabajo en conjunto.
Daniel E. Chávez