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Una visita pactada que no se produjo y salvó la vida de dos estudiantes

Alain vivía en el 4º B del edificio de Salta 2141. Había estudiado toda la noche y ese día, a las 9, se despertó para esperar al plomero. La vereda, cuatro pasos apresurados, la explosión. Y el milagro.

Domingo 25 de Agosto de 2013

En la helada tarde rosarina, Colombia parece estar lejos. Igual de lejos quedan los abrazos que Alain necesita ahora de su madre y de su hermano Gregorio, a quienes dejó en Santa Marta, la ciudad de las bellas bahías de arenas blancas. Pero acá tiene amigos y una familia del corazón que están para lo que necesite, por ejemplo reconstruir la vida cotidiana que le estalló junto con la explosión de la calle Salta 2141, donde junto a su compatriota Ernesto ocupaban el cuarto piso B. Ese día bajaron del edificio entre el zumbido a turbina pensando que se iban por un rato hasta que pasara el olor pesado que estaba inundando todo. La vereda, cuatro pasos apresurados, la explosión. Y el milagro.

   Alain José Freyle Fajardo tiene 26 años y hace tres está en Rosario estudiando medicina en la Universidad Abierta Interamericana. Vivió en una pensión y en los primeros días de julio junto con otro colombiano, Ernesto, se mudaron a la torre del edificio de Salta 2141 que daba sobre la vereda. “Cuando llegué, recorrí los departamentos del piso y los saludé a todos, algunos se alegraron y esa noche me convidaron empanadas”, relata. Con su metro noventa y sonrisa franca no es difícil imaginarlo de mano tendida.

   El 6 de agosto Alain tenía que rendir Medicina Interna, una materia brava que lo había desvelado hasta la madrugada. Cuando a las 5 llegó Ernesto, (que estudia para ser chef) de su trabajo en el casino, acordaron poner el reloj a las 9 porque esperaban un plomero que iría a hacer arreglos en su departamento. El que tenía que despertar era su amigo, él iba a dormir hasta el mediodía para dar examen a la tarde.

Huele a gas. A las 9, Ernesto lo despertó. “Me preguntó si había cerrado la llave del gas, le dije que si, que nos habían anoticiado que llegaría un gasista”, relata el joven. Ese día ya no volvió a dormirse porque un olor acre se volvía más y más insistente. Salieron al balcón y desde el edificio del frente les hicieron señas para que miraran hacia abajo. No vieron nada y salieron al palier.

   Allí los asombró una nube blanca que ascendía por la escalera. Alain tocó con fuerza la puerta de su vecina y le dijo “huele a gas”. La mujer fue categórica, “entonces hay que salir”, cuenta que le dijo. Pero no asociaron el zumbido y el olor con algo grave y por eso se cepilló los dientes, se vistió, buscó el celular y la billetera para comprar leche para el desayuno. Se iban un rato afuera, como haría alguien cuando están fumigando.

   Los dos ascensores estaban en el 4º piso y eso les facilitó el descenso. Pero allí mismo comenzaron las malas señales. Ese humo blanco que parecía estar animado ya había ganado todos los espacios posibles. Más aún, formaba una cortina tan espesa que no se veía la puerta de salida. Y el zumbido, que ya tenía forma de un chorro imparable que cruzaba de costado el ingreso de lo que pronto sería el escenario de llamas que las imágenes multiplicaron en la ciudad y el mundo.

   Todo estaba a un paso de desgarrar la mañana. El joven dudó. Algo en su interior lo animó a cruzar el chorro silbante que metía miedo. Se animó y corrió unos metros. Ahí sucedió. Un estruendo lo azotó contra el suelo que a su vez lo eyectó. Comenzó a correr hacia el río. “Iba a tirarme, pero cuando llegué no estaba el agua tan a mano, estaban los arbustos, me aferré a la baranda y comencé a llorar sin poder parar, sólo sentía una mano en la espalda que me decía tranquilo, tranquilo, era una mujer que después no volví a ver, temblaba y tenía la mente en blanco”, recordó.

El desastre. Cuando pudo volvió la cabeza y fue testigo del infierno. Sirenas, confusión, escombros y “oliendo a candela”, relata sobre el incendio de tres horas en el lugar que él había atravesado casi siguiendo una voz interior. Ahora piensa en esa contingencia y nombra a Dios. Dice que estuvo presente. Tal vez fue la inquietud que cruzó el corazón de su madre cuando en una peluquería de Colombia alguien le dijo que en una ciudad Argentina había explotado un edificio.

   Con lo puesto, aturdido, se sentó en un bar y escribió la primera frase a uno de sus amigos. “Hubo una explosión”. A los pocos minutos los tenía a su lado. “Esa contención fue todo para mi, ahí comenzó a llamarme mi padre del corazón en Argentina, un médico de Rafaela, Luis María Barreiro, y su familia, que al día siguiente estaban en Rosario y que me llamaban cada diez minutos, me decían: «Hijo, ¿estás bien?»”.

   A horas de la explosión encontró a Ernesto, su compañero de departamento, que salió tras sus pasos y la onda expansiva había desvanecido en la vereda. “Lo internaron para ponerle oxígeno pero no tuvo ninguna herida, en el hotel también vi a la familia de la vecina que le toque la puerta”, relata. Pero también tenía vecinos con los que se saludaba que no lograron salir: “Contribunale, Laguia y la nena Down”, dice y cuenta que una profunda tristeza quedó agazapada en su interior y sale cuando menos lo espera.

   A miles de kilómetros, Suri, su mamá, supo de la tragedia y comenzó a rezar. A la distancia la angustia se hacía inmanejable. Acá Luis Barreiro con su familia, sus amigos y compañeros de curso le hicieron sentir que no estaba solo. Que la nobleza y la calidez que aprendió desde pequeño, cuando desafió al destino, huérfano de padre quiso estudiar con todo su esfuerzo, estaba dando sus mejores frutos (ver aparte). Ese día el plomero avisó a la inmobiliaria que iba a llegar una hora después, sin saber que su cita fallida había salvado dos vidas.

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