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Una ventana para entrar en la historia

“¿Qué cree que hubiera hecho si podía elegir?”, se pregunta un comandante del ejército en plena campaña. Se remonta a su infancia adulta de 14 años

Domingo 26 de Abril de 2015

“¿Qué cree que hubiera hecho si podía elegir?”, se pregunta un comandante del ejército en plena campaña. Se remonta a su infancia adulta de 14 años, cuando su padre lo enroló en la milicia de un país que todavía no estaba construido.

   La pregunta nos revela el comienzo de la aguerrida biografía de un hombre que se encuentra titubeando entre la penumbra y la tenue llama de una vela. Es sólo el comienzo de la trama de “La voluntad. Teatro a distancia”, una obra escrita por la prolífica dramaturga y directora Eva Halac, cuya versión local puede verse los sábados en el Cultural de abajo.

   El texto escrito por la hija de Ricardo Halac, uno de los grandes dramaturgos y periodistas del país, obtuvo una mención en el Concurso de Nacional de Obras para el Bicentenario que publicó el Instituto Nacional del Teatro en 2010.

   El teatro histórico perdió bastante presencia en los años 90 para asomar su cabeza nuevamente cuando el país se replanteó tras la crisis de 2001, cobrando fuerza en el contexto del Bicentenario. Pero en este nuevo teatro histórico del siglo XXI, las propuestas se corrieron de la propaganda directa y se comenzó a trabajar con materiales históricos de modos más tangenciales. Algo de eso se observa claramente en “La voluntad”.

   Dirigida por el joven Ignacio Amione, la obra se sumerge en un campamento del ejército argentino en plena marcha hacia el exterminio en la Patagonia. Podemos ubicarla en 1880, cuando el país recién comenzaba a constituirse. En ese avance, el Estado fue el responsable del genocidio mapuche y de los pueblos originarios.

   La ficción sucede una noche en el campamento, cuando un comandante (Adrián Giampani) y su oficial (Carlos Rossi) se enfrentan con una actriz (Analía Saccomanno) que quiere salvar a un desertor del ejército (Mumo Oviedo) que está a punto de ser ejecutado. Básicamente, la trama se resumió así, pero a lo largo de toda la obra, las contradicciones humanas, las dudas y las cavilaciones se van apoderando de un asentamiento militar, justamente donde la disciplina y la toma de decisiones es permanente.

   Arrasados por la peste, abombados por la fiebre, en un estado de abrumadora fragilidad de los generales, irrumpe una actriz decidida, enérgica y altisonante que intentará persuadirlos a toda costa para evitar el fusilamiento del desertor. La actriz se apiadó, se conmovió y a pura fuerza de voluntad deberá torcer el firme reglamento castrense.

   Así, “La voluntad” se convierte en una obra que implica un verdadero desafío para los actores, y para la tolerancia del público. Por un lado, porque hay que hacer creíbles a los generales y por otro, a esa actriz conmovida que en pleno siglo XIX desafía a una institución castrense. En este sentido, el trabajo de Amione y sus muchachos desborda de buenas intenciones pero todavía debe buscar una profundidad mayor en el trabajo interpretativo de un grupo de buenos actores que tiene la ventaja de reunirse alrededor de un guión de calidad.

   Por el contexto en el que se presenta, con una cartelera local que todavía no termina de asomar con la fuerza de otras temporadas, “La voluntad” sigue siendo una interesante opción para entregarse a un momento histórico, en su relación con el mismo teatro. Y nos deja reflexionar con la idea de simulacro, algo que puede ser bienvenido para mantener la dignidad del hombre.

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