Martes 05 de Noviembre de 2013
Caminando por las calles de mi ciudad vi algo que me produjo una enorme tristeza. Microcentro de Rosario, circulaba una Ford Ranger de la policía. En la parte trasera, sentados, dos uniformados, dos mujeres, un chico de unos 19 años y una nena de aproximadamente 4 años llorando. Esa imagen me conmovió, me dejó muy mal. No fue sencillo para mí superar ese momento en el que una niña de corta edad manifestaba a través del llanto su malestar por la situación que le tocaba vivir. Quizás percibía en ese instante que su familia, sus padres tal vez, era llevada a la comisaría por delinquir, por robar. Ella qué culpa tiene, es víctima de la pésima conducta de los adultos, de sus progenitores. Me cuesta aceptar esto, lo digo con un dolor tremendo. No puedo convencerme de que nuestros jóvenes crezcan, se desarrollen en un ambiente donde priman los delitos y la indecencia ante la falta de oportunidades de mejores condiciones de vida. No puedo entender que los chicos carezcan del afecto que debieran asegurarles sus familiares. Los problemas sociales en mi país son enormes, hay familias desintegradas; vapuleadas, desamparadas. Niñas y niños deambulan por las calles sin rumbo fijo, sin un futuro promisorio, desprovistos de amor y felicidad, sumidos en el mundo de las drogas ilegales, alejados de las escuelas y de las enseñanzas provenientes de los padres o docentes. No sé hasta cuándo los que tienen que proporcionar soluciones seguirán mirando para otro lado.
Marcelo Malvestitti