Miércoles 29 de Julio de 2009
El pasado viernes salí a dar una vuelta por el centro a buscar un poco de dispersión. Encontré muchos carteles con llamativos descuentos, pero fue otra cosa que llamó mi atención: la falta de sonrisas en la cara de la gente. Entre las angustias de una pandemia, la crisis económica y un clima bastante frío, las personas parecen haber olvidado cómo sonreír. Tuve contacto con quiosqueros, revisteros e incluso personal de locales comerciales, y nadie me pudo ofrecer esa expresión que me trasmitiese simpatía. De regreso a casa, cruzando una esquina, sentí que me alejaba del sonido placentero de un guitarreo. Regresé para saber de dónde provenía. Era un muchacho humilde, con evidentes discapacidades físicas, cantando con una guitarra gastada entre brazos. La escena me resultó conmovedora, por lo que me acerqué a dejarle un billete de dos pesos. Como muestra de agradecimiento, se dibujó una sonrisa en su cara. El no tenía más razones para sonreír que el resto de nosotros. Sin embargo, para mi sorpresa, me contagió con ese gesto, aunque sea por un momento, de alegría. Esto demuestra que nadie es tan pobre como para no regalar una sonrisa, ni nadie tan rico como para no necesitarla.
Emmanuelle Rivera Sikaffy,
emmanuello_774@hotmail.com