Miércoles 07 de Julio de 2010
La pirámide de la diversidad amanece manchada a la vera del río. El televisor está prendido. El mundo afuera sigue a su ritmo vertiginoso y el noticiero es compatible con el almuerzo cada día unos minutos menos. La más pequeña de la familia gana casi siempre la disputa y nos impone sus dibujos animados. Y la verdad así se come y traga mejor. Dos hombres con arroz en el pelo se casaron y la tele nos lo muestra. Un periodista le pregunta qué sienten. El portavoz de la pareja dice: la misma felicidad que pudo haber sentido cualquiera de ustedes si se casó, claro que, probablemente sin tanta lucha previa. El periodista se queda sin preguntas. El miembro mayor de la familia mira. De la boca para afuera pronuncia alguna frase que disimule las facciones que reflejan la incompatibilidad de lo que ve, con lo que para ella es. La expresión de su cara trasciende las palabras y yo sé que mientras mira piensa. El matrimonio es entre un hombre y una mujer. Premisa básica, certeza constituyente como dos más dos o como que los perros tienen 4 patas. El narcisismo de las pequeñas diferencias se le filtra como la mugre que no puede tapar una alfombra. Yo no la juzgo. Yo no comparto lo que le pasa. Yo la entiendo. En debate están la unión civil entre dos personas biológicamente del mismo sexo y sus derechos. El amor entre ellas, no. Porque existe. Porque es independiente de que el mundo se levante y marche o se llenen miles de hojas llenas de firmas. Y es tan humano como el repudio que no deja ver que los homosexuales seguirán existiendo, seguirán siendo hijos de parejas heterosexuales, seguirán formando pareja de acá en más. En democracia la pregunta apunta al cómo.
Monserrat Chaves,
monserratchaves@hotmail.com