Lunes 05 de Diciembre de 2011
Vamos a referirnos a alguien que es una pequeña y gran heroína de estos días. Tengo la fortuna de conocerla y aunque no le pedí autorización voy a escribir sobre ella. Es una pequeña y gran mujer a la que llamaremos María. Hace tres meses me dijo: "Me encontré una pequeña protuberancia cerca de mi pecho izquierdo. Vos sabes que fui al médico y creo que tengo un tumor." Días después me confirmó, casi con una sonrisa, "Dios sabrá por qué, creo que es maligno". María ha seguido trabajando en sus tareas habituales desde ese instante hasta estos días, haciéndose la quimio, y sintiendo dolores que a veces no le permiten conciliar el sueño en toda la noche. Sin embargo ella está allí, repartiendo sonrisas, dando su amor y ayudando a los pobres. A todos los pobres: a los pobres de dinero, a los pobres de amor y a los pobres de corazón. Infaltablemente todos los domingos concurre a la misa, orienta a sus hijos, conforta a su marido, comprende a su hermano y sus rabietas y solícita sigue impertérrita trabajando por día 10, 12 horas. María es dueña de un negocio, pero de lo que más es dueña es de su propia libertad. Yo la admiro a María, a veces con tonta prevención. Porque ella en su disenso y su lucha constante ignora que es libre. Es esa libertad que se ejerce por sobre todas las dificultades y por sobre todos los dolores. Ella es un espíritu libre, es un espíritu bueno y me animaría a decirle que es un espíritu santo. En la mejor de las acepciones de la espiritualidad, pues nada la puede. Ni el dolor de su cuerpo, ni el cansancio de su trabajo, ni la sintomatología de su enfermedad que trata de apagarla. Yo te saludo María y te admiro, pues sos la señal más bella de que la vida continúa. Entre nosotros y por sobre nosotros.
Héctor Rivero