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Una oposición sin liderazgos creíbles y perdurables

Las fuerzas de la minoría siempre estuvieron desarticuladas, sin ideas directrices y corriendo de atrás a los proyectos de la Casa Rosada.    

Domingo 26 de Mayo de 2013

El escenario político de la oposición, a diez años de la irrupción del kirchnerismo, sigue desarticulado, sin ideas fuerza y con liderazgos módicos, corriendo casi siempre de atrás a los acontecimientos que emanan de la usina de la Casa Rosada, que cuenta para ello con el poder de la caja y una disciplina política que se ha mantenido férrea aun con el paso del tiempo.

   Desde aquel Congreso de “alta peluquería” del PJ, en 2005, cuando la entonces senadora Cristina Fernández clava una pica en el corazón del conurbano y denosta a Chiche Duhalde, el kirchnerismo comienza a mostrar sus verdaderas cartas a lo que Néstor llamaba “pejotismo”: lo desarma, lo recrea a su antojo y lo encolumna detrás del “modelo”.

   La crisis de representación de los partidos políticos que estalló en 2001 afectó, sobre todo, a las estructuras que no supieron visualizar los cambios de paradigmas y el comienzo de otro clima de época. Kirchner se quedó con el sello PJ, incluso asumió la titularidad, pero le imprimió una elasticidad social que el resto del peronismo orgánico (luego Peronismo Federal) no supo representar. En esa lógica interna del peronismo se sigue consumiendo la oposición.

   En las elecciones presidenciales de 2003 Elisa Carrió salió detrás de Kirchner (a los comicios los ganó Carlos Menem). La indómita Lilita fue un producto emergente del estallido. Volvió a revalidar títulos en 2007, ocupando el segundo lugar, detrás de Cristina. En el 2011 no llegó a pasar el dos por ciento de los votos. El derrotero de Carrió es un caso testigo de la evanescencia opositora.

   La hegemonía y centralidad del kirchnerismo en el teatro electoral fue puesto en jaque en 2009, donde el propio Kirchner pierde a manos de Francisco De Narváez en provincia de Buenos Aires, en alianza con Mauricio Macri y Felipe Solá. En paralelo, la UCR, con el socialismo y la Coalición Cívica, forma el Acuerdo Cívico y Social, que sale segundo a nivel nacional.

   Estas dos alianzas se formaron al calor de la lucha del campo con el gobierno, en 2008, donde el kirchnerismo sufrió una severa derrota en el Senado, propinada por el vicepresidente de Cristina, el radical Julio Cobos.

   Sin embargo, ambas experiencias naufragaron al poco tiempo. Ni en el ámbito del Parlamento, con la conformación del Grupo A, la oposición pudo imponer su agenda legislativa.

   Errores propios, con cierta dosis de vedetismo, más algunos aciertos del gobierno volcaron el panorama nuevamente para el lado del oficialismo. El Acuerdo Cívico se desgranó y el Peronismo Federal comenzó a desaparecer a partir de la muerte de Néstor Kirchner, en octubre de 2010.

   El PRO, de Mauricio Macri, en tanto, siguió defendiendo su feudo de Capital Federal, donde es gobierno desde 2007, pero tiene escasa incidencia en el resto del territorio, salvo en Santa Fe, en la que apareció la figura del Miguel Del Sel con algunas posibilidades de poder.

   Los ensayos de alianzas y alquimias electorales volvieron en 2011 para enfrentar la reelección de Cristina.

   El radicalismo, que en 2007 llevó a Roberto Lavagna como candidato, esta vez se inclinó por Ricardo Alfonsín, quien a su vez mentó un pacto con De Narváez en provincia de Buenos Aires que espantó un acuerdo embrionario con el socialismo de Hermes Binner.

   La UCR, el partido más afectado por la crisis de 2001, sigue sin encontrar un liderazgo que lo vuelva a acercar al electorado.

   Lo más novedoso, pero todavía muy endeble, se encuentra por el lado del Frente Amplio Progresista (FAP). Al menos este espacio resistió una derrota electoral y los líderes de los partidos que lo conforman (socialismo, GEN, Libres del Sur, Unidad Popular y Frente Cívico de Córdoba) aun mantienen reuniones periódicas y estamparon sus ideas en un programa.

   El desafío de la oposición, al cumplirse una década de vigencia kirchnerista, sigue siendo el mismo: encontrar liderazgos creíbles y perdurables.

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