Una mujer y sus hijos vivieron media hora de miedo en manos de ladrones
"Está bien, perdimos", dijeron los tres hombres armados cuando la policía los atrapó el lunes a la noche en medio de un atraco, dentro de una casa de Fisherton. Los intrusos habían inmovilizado a una mujer y a sus dos hijos y esperaban que un cómplice arribara a buscarlos en un auto para irse con un botín de mil pesos.

Miércoles 17 de Junio de 2009

"Está bien, perdimos", dijeron los tres hombres armados cuando la policía los atrapó el lunes a la noche en medio de un atraco, dentro de una casa de Fisherton. Los intrusos habían inmovilizado a una mujer y a sus dos hijos y esperaban que un cómplice arribara a buscarlos en un auto para irse con un botín de mil pesos.

Débora Altamirano tiene 28 años y vive con sus hijos, Marylin, de 10, y Braiton, de 6, en Nazca al 8100, una arteria de una sola cuadra que está bordeada por González del Solar y Wilde. La propiedad tiene un patio delantero y, tapial mediante, una hermana de la mujer levanta su propia casa.

Ayer, cuando ya habían aparecido las primeras sombras de la noche en esa cuadra de Fisherton con escasa iluminación pública, Débora lucía tranquila y contó el trance vivido.

Sorprendida. Habían transcurrido 15 minutos de las 9 de la noche del lunes cuando los ladridos incesantes de la perra de la familia inquietaron a Débora. Casi al mismo tiempo, su sobrino tocó el timbre de la casa y ella acudió a abrirle la puerta. Al ir caminando por el patio delantero de la propiedad, tres hombres armados aparecieron de sorpresa y la emboscaron. Los desconocidos, dijo la mujer, escalaron la medianera que la separa de su hermana.

"Vamos para adentro", le exclamó uno de los maleantes y la chica no opuso resistencia, aunque el miedo se apoderó de ella ya que adentro estaban sus hijos. Una vez en la casa, los intrusos le exigieron dinero.

La mujer les respondió que no tenía nada de plata, pero los ladrones no le creyeron y no sólo la encañonaron a ella con las armas de fuego que portaban, sino que también amenazaron a sus hijos y los obligaron a encerrarse en una de las habitaciones. "Decinos dónde está la plata", insitió con arrogancia uno de los intrusos y, temerosa por la suerte que podían correr, Débora le indicó el sitio donde guardaba unos pocos ahorros para terminar la construcción de su casa: en un ropero había mil pesos atesorados durante los últimos meses.

Los maleantes no se conformaron con ese botín y, mientras Débora y sus hijos seguían encerrados en una pieza, continuaron buscando más efectivo y desordenando todo lo que encontraban en su paso. Media hora después decidieron que el atraco había llegado a su fin.

Fin de la tarea. Entonces, uno de los delincuentes se contactó a través de un teléfono celular con un cómplice: "Pasanos a buscar que ya tenemos la plata", le dijo a su interlocutor.

Así las cosas, los tres hombres se sentaron con tranquilidad en el comedor de la casa a esperar el arribo de su cómplice. Ya para entonces, el sobrino de Débora había distinguido la irrupción de los maleantes. "Mamá, me parece que le están robando a la tía", le dijo preocupado el muchacho a la hermana de la víctima, y la mujer se contactó con el teléfono 911 de emergencias. Mientras esperaban la llegada del patrullero, la hermana de Débora, a través del tapial, le preguntó insistentemente si estaba bien.

"Cuando la policía llegó, uno de los ladrones recibió un llamado al celular en el que le dijeron que no los iban a buscar porque estaba la cana", recordó Débora. En tanto, los uniformados atravesaron el tapial y, ya frente a la puerta, les pidieron a los ladrones que se entregaran. No hubo resistencia, arrojaron sus armas y se tiraron al suelo.

Con la situación controlada, los tres hombres fueron detenidos y trasladados a la seccional 17ª, donde los identificaron como Damián del Pino, de 29 años; Roberto Santillán, de 37, y Juan Héctor Martínez, de 29.

Sin embargo, la policía fue alertada por una vecina. Los tres asaltantes terminaron detenidos