Una mirada solidaria
Déjenme contarles el problema de una chica que, por cuestiones de seguridad y anonimato, vamos a llamar María. María tiene 18 años, un papá taxista y una mamá ama de casa. A ella siempre le gustaron las ciencias exactas y decidió comenzar una carrera relacionada una vez terminado el colegio secundario.

Domingo 19 de Julio de 2009

Déjenme contarles el problema de una chica que, por cuestiones de seguridad y anonimato, vamos a llamar María. María tiene 18 años, un papá taxista y una mamá ama de casa. A ella siempre le gustaron las ciencias exactas y decidió comenzar una carrera relacionada una vez terminado el colegio secundario. María tiene, desde que nació, serias dificultades motrices y necesita de mucha paciencia y andadores especiales para llegar al aula en donde dictan las materias en la facultad. Cuando tuvo que completar el formulario para anotarse en la facultad de la Universidad Nacional de Rosario, María indicó padecer de problemas motrices que le impedirían acceder a la mayoría de las aulas y laboratorios que no se encontrasen emplazados en la planta baja. Deben haber extraviado ese formulario en la facultad porque desde hace medio año que María no puede presenciar ni laboratorios ni seminarios y se queda sin poder aprobar la parte práctica de la carrera. Ella dice que si le hubieran avisado con anterioridad que no la iban a ayudar, no se hubiese inscripto en una carrera que no iba a poder cursar. Y como esta injusticia hay miles. Si María estuviera en condiciones de pagar una carrera privada, probablemente ella y su curso dictarían la totalidad de sus clases en el primer piso, o en su defecto, el edificio constaría de los elevadores necesarios para facilitarle el traslado. No creo que la disputa en cuestión se halle entre carreras públicas y privadas, o en la falta de presupuesto administrativo. Porque colocar una rampa al lado de una escalera no debe necesitar de mucho más capital que el gastado en las épocas electorales en la Facultad, y si los ascensores no son viables dentro del edificio por faltas estructurales o económicas, un simple recurso podría provenir de la secretaría en donde se asignan los salones y docentes a los alumnos; con simplemente tener en cuenta que un estudiante tiene necesidades especiales se solucionaría el asunto. Y sin ir más lejos que nuestras propias narices, el recoger los regalitos que nuestras mascotas dejan por la calle, le evitaría a un no vidente tener que volver a su casa a cambiarse los zapatos, cada vez que semejante infortunio le arruine unos zapatos elegantes. Las dificultades que padezcan las personas con capacidades diferentes existen y van a existir siempre, porque la ciudad está diagramada para funcionar para la mayoría, dejando de lado ancianos, no videntes, sordos, personas con dificultades motrices y más. Me gustaría escuchar un proyecto político para la adecuación de los edificios públicos a toda la extensión de su ciudadanía, me gustaría ver más gente ayudando a cruzar la calle al anciano que mira con cara de pánico el ir y venir de vehículos, como si de atravesar la avenida dependiera su vida. Modelar un entorno más amigable y solidario para con todos los ciudadanos debiera de dejar de lado su tinte utópico para pasar a formar parte de la realidad.

María Guillermina Cei,

DNI 35.452.301