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Una milonga por la Vigil

Recorridos. La emblemática entidad de Tablada lucha para volver a ser de la mano del trabajo solidario. La historia de un despojo y la fe en el presente  

Lunes 23 de Septiembre de 2013

El gran edificio de Gaboto 450 está en semipenumbra. Apenas una luz blanca aquí, otra roja más allá, sugieren el óvalo abierto entre las mesas de plástico, decoradas con un pequeño florero. Ese será el espacio del que más tarde tomarán posesión los bailarines, cuando el tango se adueñe de la noche. Mientras esperan que arranque la música, los concurrentes a la milonga comen empanadas, toman vino y conversan. Los rodean las altas paredes de la Vigil.

Cuatro décadas atrás, cuando el país era otro, en ese edificio se desarrollaba una actividad incansable. En el momento de su máximo esplendor, la entidad contaba con casi 20 mil socios y 650 empleados, además de escuela primaria y secundaria, universidad, dos jardines de infantes, observatorio astronómico, teatro, museo de ciencias naturales y hemeroteca. En la biblioteca había un patrimonio de cien mil libros y la editorial disponía de un catálogo de excelencia.

Después, de pronto, vino la debacle. La dictadura no perdonó a ese emblema de la cultura popular que había crecido contra viento y marea en el barrio de Tablada. Y lo aplastó con su bota implacable: no sólo se apropió de valiosos bienes materiales, sino que entre docentes, cooperadores, alumnos, empleados y socios se cuentan más de dos decenas de desaparecidos, además de numerosos detenidos y perseguidos políticos.

Marcelo Abaca, presidente de la actual comisión directiva, conoce la historia al dedillo: "Hay que dejar bien claro que la Vigil sufrió un verdadero genocidio cultural. Al decir esto estamos diciendo que toda una comunidad fue atacada por el Estado", define. Bebe un trago de su copa y sigue contando: "La intervención militar fue en febrero de 1977. Es la más larga en la historia del Inaes (el Inaes es el organismo del Estado nacional encargado de cooperativas y mutuales). Y todavía no se ha realizado una investigación profunda sobre los niveles de responsabilidad en la destrucción perpetrada, tanto por parte de quienes estaban en la conducción de la provincia como del propio Inaes".

Lo interrumpen para hacerle una consulta. No para. Pero de inmediato retoma el hilo del relato.

"La Vigil era dueña de 45 propiedades en el momento que se produce la intervención. Y eso sin contar el patrimonio intangible, como los importantísimos libros publicados. Y hay un caso emblemático: el de los terrenos que Pedro González, ya entonces intendente de Villa Gobernador Gálvez, le compró a Emilio Echen, que era el interventor dispuesto por el Inaes, gracias a fondos otorgados por la Dirección Provincial de la Vivienda, con expreso cargo de construir en el predio un plan de viviendas sociales, según decía el convenio firmado entre provincia y municipio. Pero ese plan de viviendas sociales nunca se concretó: las mejores hectáreas del terreno, que era el predio destinado al camping de la Vigil, fueron vendidas a Paladini. En ese momento, estamos hablando del año 1995, ingresan a la liquidación de la entidad quinientos mil dólares que también fueron robados".

Mientras Abaca desgrana la triste crónica del despojo, en torno suyo la milonga ha comenzado a tomar color. El Sexteto Vendaval despliega lo más selecto de su repertorio y previamente una prestigiosa docente tanguera de la ciudad, "la Roja" Mateos, ha dictado una clase de danza para principiantes. El objetivo de la movida nocturna, así como el de los encuentros artísticos de los sábados al mediodía donde participan reconocidas figuras, es recaudar fondos: la Vigil es enorme, y el estado en el cual fue devuelta a sus legítimos dueños es ruinoso.

En la boletería, Luis Tinelli controla cada movimiento con ojo avizor: cada centavo es imprescindible para construir el futuro. Descubre al cronista, le guiña un ojo y sonríe: "Vigil fue una parte importante de mi vida. Nucleaba a todo un barrio y la destruyeron porque ese era el plan: destruir todo el conocimiento. Para volver a ponerla en pie hace falta gente que labure con garra. Hay que recuperar aquel espíritu, volver a juntarnos", propone. De fondo suena un clásico de Troilo-Manzi: "Che bandoneón".

En la pista, vestido de negro, con una galera y bigotes pintados, se lo ve a Pablo Castro, habitual productor de espectáculos que incluyen el teatro, la música y la poesía en una singular hermandad. "Vigil es un pueblo, casi un Estado dentro del Estado", se entusiasma, mientras cuenta que ayuda en la reparación de techos —es zinguero de oficio— y también produce los eventos de los sábados. "Vienen muchos jóvenes", dice el creador de Ciclotimia, "pero ojo: ninguno trae camiseta".

En la pista, la fotógrafa Mariana Terrile se luce junto a un experto compañero de danza. Ella es la encargada del registro gráfico de la gesta. Cámara en mano, toma imágenes de la reconstrucción desde el primer día y las difunde en las redes sociales. Las redes, justamente, son un punto de encuentro y de convocatoria para todos aquellos que quieran dar una mano. Mano que, por supuesto, hace mucha falta.

En tanto, el baile no se detiene. Hay alegría en el ambiente, a pesar de que el telón de fondo es esa melancólica obra maestra de Dames-Manzi llamada "Fuimos". Y hay alegría porque la Vigil no es sólo luminoso pasado, sino presente en pie y futuro en gestación plena. "Fue", pero también sigue siendo. Rosario la necesita más que nunca.

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