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Una librería de usados cierra sus puertas tras 57 años de historia

En una librería de ubicación inesperada a metros de la Terminal de Omnibus las pilas de libros usados resisten el paso del tiempo en caótica convivencia con enciclopedias antiguas, revistas...

Jueves 30 de Agosto de 2012

En una librería de ubicación inesperada a metros de la Terminal de Omnibus las pilas de libros usados resisten el paso del tiempo en caótica convivencia con enciclopedias antiguas, revistas amarillentas, monedas extranjeras, boletos capicúa, cajas de cigarrillos y sobres de figuritas que nunca completaron el álbum de la infancia. Ese bazar de papel, delicia de coleccionistas, está a punto decir adiós a 57 años de historia: a un año de la muerte de su fundador, sus descendientes decidieron cerrar el negocio donde el pasado respira en forma de discos y estampillas.

La liquidación de esos objetos a precios módicos, de entre 3 y 20 pesos, movilizó en los últimos días a una curiosa clientela que bucea entre los estantes de la librería Balcarce, de San Nicolás 650.

Las mesas atestadas de libros, entre vitrinas con antigüedades y muñequitos de cerámica, le dan al local un aire de feria. Detrás del salón central se accede a cinco habitaciones con más rarezas que, pese al desorden aparente, están dispuestas con cierto método. En el fondo, un galpón polvoriento cobija colecciones de diarios y revistas que se amontonan en el piso como en un laberinto.

Ese pequeño mundo quedó sin dueño cuando el 19 julio de 2011 murió de un aneurisma José Camilo Ochoa. Tenía 79 años, fue fundador del negocio y "precursor de la venta de libros usados en Rosario", rememora sin contener las lágrimas su cuñada Inés Scalise. Ella fue una de las primeras empleadas que tuvo el negocio. Ochoa lo inició al salir del servicio militar, a los 22 años, y desde entonces no se despegó nunca de las ediciones que desempolvó, ordenó y catalogó con pasión hasta los últimos días.
  La librería abrió en 1955 en un local de Balcarce 472 —de ahí el nombre— y funcionó con éxito gracias a la venta de textos escolares usados. Luego se trasladó a España 566 pero una situación económica apremiante obligó a su dueño a vender el inmueble. Se mudó a San Lorenzo 1620 y al tiempo se trasladó cerca de allí, al 1576 de la misma calle. Desde hace siete años las colecciones de Ochoa ocupan desde el zócalo hasta el techo del inmueble de San Nicolás 650.
  Desde que falleció su creador, el negocio está en manos de su nieto Nicolás Cortéz, de 19 años. Estudia Ciencias Económicas, no tiene tiempo para sostenerlo y se turna para atenderlo con su hermana Ada, de 21, y su mamá Eva, de 46. El alto costo de alquiler y los ingresos magros lo volvieron insostenible, por eso la familia resolvió cerrarlo.
  “Desde chico mi abuelo me llevaba a Buenos Aires para comprar historietas que sólo se conseguían allá”, cuenta Nicolás mientras saca del cajón unas viejas Patoruzito aún embolsadas que lo atestiguan. Se mueve conocedor del terreno en ese bosque de objetos que alguna vez fueron nuevos, útiles, deseados.
  “Mi abuelo nunca usó una computadora. Le preguntaban por un libro y sabía la ubicación exacta. Un empleado podía estar horas buscándolo y él en un minuto lo sacaba de la galera”, cuenta en una visita guiada por los trofeos de su abuelo.
  Los familiares del fundador, que se ilusionan con algún reconocimiento por su aporte a la cultura local, lo recuerdan como un fanático de Rosario Central, lector nocturno, desprendido y “mejor comprador que vendedor”.
  Cada compartimento del local atesora cosas que la vorágine del mercado decretó obsoletas. En los estantes polvorientos ofrecen resistencia colecciones de estampillas, fotos, cajas de cigarrillos, tarjetas de colectivos y teléfonos y boletos capicúa ordenados con método en cajitas rotuladas. En otra habitación se apilan revistas Corsa y El Gráfico del año 45 en adelante, cómics, billetes y monedas antiguas.
  Hay pósters de películas y música contenida en 15 mil long plays, 20 mil discos de pasta, 3 mil cassettes y 2 mil CDs. Entre máquinas de escribir y botellas antiguas se ofrecen libros de medicina, un estante dedicado a códigos, partituras, ejemplares de historia, y cajones con series románticas y de cow boys.
  En un rincón perdura una colección de revistas La Espera de 1914 junto a ejemplares de Caras y Caretas de 1919. Entre las ediciones más antiguas se encuentra un libro de 1890, “Los tres reinos de la zoología”, y el primer número de la revista Hobby, de 1936. “A éste me lo quiero quedar”, confiesa Nicolás hojeando el volumen de tapa dura que le legó su abuelo, el coleccionista perpetuo. l

Por peso

La venta de libros por kilo, una modalidad que lanzó librería Ross para ejemplares antiguos o raros, encontró un público ávido de revolver: en un mes se vendieron más de 600 kilos. Entre el material para elegir hay novelas, ensayos, libros de música, poesía, autoayuda y espiritualidad, textos agotados, incunables o de editoriales que ya no existen.

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